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    “La leyenda dorada”, por Santiago de la Vorágine

    Por muy disparatado que nos parezca el contenido de “La leyenda dorada”, en su tiempo fue recibido con júbilo y creído al pie de la letra por miles de europeos.

    EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 17 DE NOVIEMBRE DE 2017 09:10 h

    Más que ante un clásico de la literatura católica, estamos ante un libro antiguo, anterior en dos siglos a la invención de la imprenta por Juan G. Gutenberg.



    Santiago de la Vorágine nació en Varazze, en la costa genovesa, en la Italia del Dante en torno al año 1230. Fraile dominico, en 1292 fue nombrado obispo de Génova. Murió en 1298 y cinco siglos después fue beatificado por el papa Pío VII.



    Este tomo de “La leyenda dorada” biografía las vidas de 35 hombres y mujeres elevados a los altares de la santidad, según la terminología de la Iglesia católica. Para el jesuita Lamberto de Echevarría “la santidad es una realidad escatológica”.



    Entre las 35 vidas de santos, De la Vorágine incluye a María Magdalena.



    En aquél oscurantismo católico de la Edad Media esta vida de supuestos santos fue recibida como un mensaje del cielo. Después de la invención de la imprenta fueron publicadas cientos de ediciones en el original latino y en las principales lenguas de Europa.



    En esta sección mía de Protestante Digital he comentado hasta el día de hoy 30 libros escritos por otros tantos autores sobre María Magdalena. Este del obispo Santiago de la Vorágine es el más fabulador de todos. El más falso, el más embustero, el más lunático, el más fantástico, el más imaginativo que he leído sobre el tema. No me disculpo por el torrente de adjetivos aquí utilizado. Podría añadir cincuenta más. Mi impresión es que el obispo de Génova nunca leyó el Nuevo Testamento. Y si lo hizo fue con ojos torcidos. Porque las barbaridades que escribe no se le ocurren ni a un estudiante de primero en teología bíblica.



    Para él, María Magdalena y María de Betania, hermana de Marta y de Lázaro, eran una misma persona. A tal punto lo cree que a María de Betania la llama María Magdalena, opinión que no se sostiene en la lectura de los cuatro Evangelios.



    Dice el autor de “La leyenda dorada”: “María, llamada también Magdalena, por el castillo de Magdala en que vivió, perteneció a una familia descendiente de reyes; por tanto, de mucho abolengo”.



    La primera noticia que me llega sobre la ascendencia real de la Magdalena, a no ser que se refiera al rey David, de quienes claman descender todos los habitantes de la tribu de Judá.



    Le sube la fiebre interpretativa al señor obispo. Y escribe esta salvajada: “el castillo de Magdala estaba situado en Betania, localidad próxima a Jerusalén. María y sus hermanos, Lázaro y Marta, a la muerte de sus padres poseyeron durante algún tiempo en común la citada fortaleza y gran parte de la ciudad de Jerusalén; pero luego, al dividir entre sí el abundante patrimonio que sus progenitores les legaron, a María le correspondió el mencionado castillo de Magdala; de ahí su sobrenombre de Magdalena”.



    Pero ¿qué dice éste hombre? ¿Dónde se ha informado? ¿De qué escritos canónicos o apócrifos ha tomado semejantes ideas? Así, de un plumazo, como se dice, aunque en sus tiempos las plumas no eran lo que hoy, anula la existencia de la auténtica María Magdalena, la fiel discípula de Jesús, y la encarna en María hermana de Marta y de Lázaro.



    En la escena de Juan 12:1-8, donde Jesús visita la casa de los tres hermanos y María se arrodilla a sus pies, a la hermana pequeña de Marta y Lázaro le adjudica el nombre de Magdalena. ¿Habrase visto mayor disparate? Dice el señor obispo: “María Magdalena, con sus lágrimas, lavó los pies del Señor, los limpió con sus cabellos, los ungió con ungüento oloroso y fue la primera que en aquél tiempo de gracia hizo solemne y pública penitencia; ella fue también la que eligió la mejor parte… la que permaneció junto a la cruz de Cristo, la primera a quien Jesús resucitado se apareció y la encargada por Él de comunicar su resurrección a los demás”.



    ¡En menudo lío nos mete el autor de “¡La leyenda dorada”! La mujer que ungió los pies de Jesús en la casa de Betania, ¿era la María Magdalena de cuyo cuerpo el Señor expulsó siete demonios? La primera persona que vio a Jesús resucitado ¿era María de Betania? En este conflicto mete a sus lectores el señor obispo y no aporta solución alguna. No la tiene. Está hecho un lío.



    Como buen hijo de la Iglesia católica, unido por votos de obediencia a la curia papal, Santiago de la Vorágine sigue la interpretación que el papa Gregorio I expuso sobre la figura de Magdalena en el siglo VI y la llama mujer pecadora. Escribe que María (¿cuál de las dos?), era rica y muy bella. Esto motivó, según él, que se entregara a los apetitos de la carne de tal modo que la gente la llamaba “mujer pecadora”. El papa Gregorio I la calificó de “prostituta” y “fornicaria”.



    Donde la imaginación del obispo italiano se dispara hasta límites insospechados es cuando entra a narrar la salida de Magdalena de su territorio judío. Su alucinación lleva a Magdalena a huir en una barca acompañada de sus supuestos hermanos Marta, Lázaro, la criada Martilla, Cedonio, el también supuesto ciego curado por Jesús y un tal Maximino, quien llega a ser obispo en Francia, según lo concibe De la Vorágine. Los enemigos del grupo, que los guiaron hasta alta mar, abandonaron la barca dejándola sin remos y sin vela con la idea de que todos los pasajeros murieran ahogados. Como parecía preceptivo, la escritura del obispo italiano despierta a Dios y le pide su intervención, que se produce con este resultado: “Dios se encargó de conducir milagrosamente sobre las aguas del mar a los expedicionarios, haciendo que la maltrecha embarcación arribara a las costas de Marsella, en cuyo puerto desembarcaron los expedicionarios”.



    ¡Dios! ¡Vaya por Dios!



    Allí, en Marsella, Magdalena se dedica a predicar a los paganos la doctrina de Cristo. Algunos años después el autor de “La leyenda dorada” la cambia de lugar. “Deseando Magdalena= María de Betania-, entregarse plenamente a las cosas divinas, se retiró a un desierto austerísimo, se alojó en una celda previamente preparada para ella por los ángeles (¿?) y en dicha celda vivió durante treinta años totalmente apartada del mundo y aislada del resto de la gente”.



    Observa el autor que en aquél desierto no había fuentes, ni árboles, ni siquiera yerba fácil, lo que le lleva a decir “que la santa no se nutrió con alimentos terrenos de ninguna clase”. Entonces, ¿cómo sobrevivió Magdalena a lo largo de 30 años? El obispo italiano resuelve el dilema como hace en todo este capítulo de su libro, echándole mucha imaginación y escribiendo una historia inverosímil. Esto dice: “todos los días en los siete tiempos correspondientes a las horas canónicas, los ángeles la transportaban al cielo para que asistiera a los oficios divinos que allí celebraban -¿oficios divinos y católicos en el cielo?- los bienaventurados….al concluir las siete horas canónicas del oficio, la bajaban nuevamente al desierto, no sintiera la menor necesidad de tomar alimentos ni bebidas terrenales”. Ni la fantástica invención del navarro Juan José Benítez en sus caballos de Troya ha igualado a la del obispo italiano.



    Hay más. Dice De la Vorágine que cierto día un sacerdote llegó a la cueva donde vivía la supuesta María Magdalena y le gritó: “¡Eh, tú, quienquiera que seas! ¡Sal de la cueva en que te escondes y escúchame! ¡En nombre de Dios te exijo que me digas si eres un ser humano o alguna otra especie de criatura racional, y que respondas con verdad a mi pregunta!”.



    Desde dentro de la cueva la voz responde: “Yo soy la famosa pecadora que lavó con sus lágrimas los pies del Salvador y se los enjugó con sus cabellos…Desde hace treinta años, por disposición divina, los ángeles me llevan al cielo siete veces cada día para que asista a los oficios celestiales que allí se celebran y para que oiga con mis oídos corporales los cánticos jubilosos de los bienaventurados en honor de nuestro Señor Jesucristo”.



    Los Evangelios escritos por San Lucas (capítulo 7) y por San Juan (capítulo 12) hablan de dos mujeres que arrodilladas ante Jesús lavaron sus pies, los secaron con sus cabellos y los ungieron con perfume. Una fue María, hermana de Marta y de Lázaro. Otra una mujer cuyo nombre se oculta. Pero nunca, jamás, en ninguno de los cuatro Evangelios se dice que María Magdalena llevara a cabo acción semejante.



    Continúa el autor de “La leyenda dorada”. La supuesta Magdalena pide al sacerdote que acuda a Maximino, convertido en obispo de Marsella, y le diga que al siguiente domingo de resurrección lo visitaría en su templo. Dado el recado, Maximino entró solo en su oratorio “y vio a la santa rodeada del coro de ángeles que la habían transportado hasta allí…Al cabo de un rato San Maximino mandó pasar al interior del oratorio a todo su clero y al sacerdote que había actuado como recadero de la santa, y en presencia de ellos administró a ésta en comunión el cuerpo y sangre de Cristo…Momentos después María Magdalena, allí mismo, ante la base del altar, tendiose en tierra, y estando en esta actitud su alma emigró al Señor”.



    ¡Fin de la fábula!



    Por muy disparatado que nos parezca el contenido de “La leyenda dorada”, en su tiempo fue recibido con júbilo y creído al pie de la letra por miles de europeos. En la simplicidad de su expresión, la obra del obispo de Nápoles sirvió de alimento espiritual a quienes siempre se han nutrido de la fe ingenua de los siglos. Se cree fácil lo que se cree con ansia. Lo creo porque es absurdo, dicen que dijo San Agustín. Si yerro es no creer, culpa es creerlo todo, hasta lo más inverosímil. Y en palabras del filósofo inglés Francis Bacon, demos a la fe lo que es de la fe.


     

     


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