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    Juan Antonio Monroy
     

    "No sé cómo amarte", de Pedro Miguel Lamet

    Como escritor tenía a su alcance toda la documentación necesaria para denunciar las mentiras que se han escrito sobre Magdalena después de que Jesús ascendiera al lugar de donde descendió.

    EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 27 DE OCTUBRE DE 2017 09:57 h

    Pedro Miguel Lamet Moreno es sacerdote jesuita. Nació en Cádiz en marzo de 1941. Ha cumplido 76 años. Es licenciado en filosofía, en periodismo y diplomado en cinematografía. Fue columnista en el desaparecido diario “Pueblo” y dirigió la revista de la Iglesia católica “Vida Nueva”. Autor prolífico, ha escrito cuarenta y siete libros, entre ellos una biografía de Jesús de Nazaret titulada “El Retrato”.



    En el apéndice de esta novela Lamet confiesa las intenciones que le llevaron a escribirla. Dice que andaba tiempo dándole vueltas al proyecto hasta que se decidió después de haber leído “El Código da Vinci”, al que califica como “uno de los libros de peor calidad literaria que conozco y que difunde las tesis más descabelladas y absurdas sobre ella”, María Magdalena.



    Bien; pero como sacerdote destacado pudo haber desmentido esas tesis con una seria documentación, y no lo hace; es más hasta abunda en algunas de ellas.



    Utilizando argumentos muy explotados por escritores de todos los tiempos, que Giovanni Papini actualizó en dos de sus obras, “Gog” y “El Libro Negro”, Lamet inicia la escritura de la fábula a partir de unos supuestos papiros que María Magdalena fue redactando en forma de cartas, primero contando su vida desde la adolescencia, y luego la transformación ocurrida en su cuerpo y en su alma al conocer a Jesús y ser sanada por Él.



    En total son 23 cartas, escritas “con un lenguaje íntimo y apasionado”, dice.



    En este libro Lamet no ha podido sustraerse a su condición de sacerdote católico y sigue la criminal doctrina del papa Gregorio I, llamado el Magno, quien en un sermón del año 591 trató a María Magdalena de “prostituta y mujer fornicaria”.



    Ya me referí a este episodio en mi artículo “La Conversión de la Magdalena”, de Fray Pedro Malou de Ehaide.



    Lamet inventa a una María Magdalena depravada, libertina, viciosa, degenerada con el paso del tiempo al entregar su cuerpo de un hombre a otro.



    ¡Qué blasfemia! Además, blasfemia gratuita. No tendría que haber rebajado su escritura hasta el fango. María Magdalena era una criatura de mente sana y de alma pura, aún cuando su cuerpo estuviera torturado por una enfermedad demoníaca.



    De niña, cuenta Lamet en su fábula, vivía en una suntuosa mansión de Magdala. Según el jesuita el padre era hombre rico, comerciante de pescado. Pendenciero, brutal, cliente de todas las prostitutas que se cruzaban en su camino. Maltrataba a la esposa, le pegaba grandes palizas, de resulta de las cuales la madre muere.



    Sigo el curso de la novela. Seis días después de su muerte Magdalena huye de casa y tras varias peripecias recala en un burdel de Cesarea. Sólo tiene 15 años. Alterna con senadores que estaban de paso, escritores dedicados a recoger los anales de la guerra, oficiales, poetas, comerciantes. Se convierte en amante del tribuno romano Sutorio Quinto Marco, en cuya mansión vive durante un tiempo. El tribuno, de sienes plateadas, la tiene como su lupa, su prostituta privada.



    Hastiada, escapa al desierto y se une a una caravana de beduinos que se dirigían a Palmira. Una noche es violada por todos ellos, uno tras otro. “Consumaron su ignominia con ferocidad, como si hendieran con sus espadas mi frágil cuerpo”, hace decir a Magdalena el autor de la novela. En un mercado de Palmira es subastada públicamente.



    Por seis denarios es comprada por el mayordomo del rey de los sabateos, Aretas IV, y llevada a su palacio en Petra. La intención de este rey era regalarla a su hijo y heredero, una nueva mujer para su harén. Allí conoce a dos hombres que le fueron favorables. Uno de ellos, el sabio filósofo Nicómano, hombre mayor, consejero del rey. Era de origen griego nacido en Antioquia, había estudiado con seguidores de Platón, conocía los misterios de la India, la historia de los judíos, el movimiento del tiempo. Nicómano fue como un padre protector para Magdalena y la introdujo en el conocimiento de los dioses y de la naturaleza.



    El otro hombre fue José. Un joven judío con fama de curandero que de tarde en tarde acudía a palacio para tratar al rey. José conocía la historia de Jesús y anhelaba convertirse en uno de sus seguidores.



    El sabio Nicómano, siempre pendiente del bienestar de Magdalena, le advierte que las otras mujeres del harén, envidiosas de ella por considerarla preferida del príncipe heredero, tramaban matarla.



    Magdalena huye de palacio guiada por José el judío, quien siempre la trata con cariño y respeto. Al despedirse del anciano Nicómano, Magdalena comenta: “fue la única persona que hasta entonces se había interesado por mí sin pedirme nada a cambio, sin utilizarme. Nunca lo olvidaré”.



    En tierra de Palestina José acompaña a Magdalena a una de las reuniones multitudinarias en las que hablaba el Maestro. Terminado el discurso y despedida la multitud, Magdalena se acerca a Jesús, rodeado sólo de algunos íntimos. Sus ojos se cruzan con la mirada del hijo de Dios. Aquella mirada es el inicio de su transformación. Según Lamet, Magdalena escribe: “me quedé extática ante tu mirada apacible y ardiente, un cautiverio que al instante se hundió en mi piel y mi alma hasta alcanzar mis más recónditas heridas… Desde un ahora infinito comprendí mi identidad eterna, mi esencia de chispa en la hoguera, mi nada en el todo, junto a la certeza íntima de que mi vida ya no podría ser otra cosa que un acto de amor. Temblaba toda, en cuerpo y alma”.



    A partir de estas páginas la novela de Lamet sigue un rumbo diferente. María Magdalena, sanada de su enfermedad demoníaca, arrepentida y perdonados los pecados de su vida pasada, transformada en espíritu y en cuerpo, se convierte en fiel seguidora y servidora de Jesús, llegando a ocupar un lugar destacado entre sus discípulos.



    Desde esta hasta la última página lo que hace el autor de la fábula es discurrir sobre la vida, obras y milagros de Jesús, reproduciendo mucho material de su biografía del Maestro.



    Una primera objeción a la novela es el lenguaje que Magdalena emplea en sus cartas. Escribe como lo haría una teóloga, una filósofa o una poetisa. Inconcebible en una mujer con estudios muy elementales.



    Una segunda objeción, que escribo y protesto con rabia y con indignación, es la teoría de Pedro Miguel Lamet en la que presenta a María Magdalena como prostituta, siguiendo su escuela jesuita. Y a diferencia de otros autores que inciden en la misma blasfemia, Lamet la concibe prostituta desde los 15 años. ¡Horror!.



    Dice Lamet que “El Código Da Vinci” es “uno de los libros de peor calidad literaria” que conoce. En este aspecto, su novela no es mejor. Utiliza mucho los adjetivos, abundan las frases que recuerdan a su Cádiz natal, incluye historias de relleno que nada tienen que ver con la trama general del libro; lo hace sólo para aumentar el número de páginas de cara al mercado editorial.



    Un hombre tan leído, que ostenta hábitos de jesuita, debe saber que la enfermedad que atormentaba a María Magdalena era de origen demoníaco, no, como escribe en página 169: “lo que llamamos demonios son sólo enfermedades”. ¿Cómo lo sabe él? ¿Nos quedamos con su página 169 y quemamos el capítulo 8 en el Evangelio escrito por San Lucas?



    ¿Se inspiró el jesuita Lamet en el ateo José María Vargas Vila? En su novela “María Magdalena” éste autor colombiano presenta a Judas como hombre con mucho poder entre las autoridades judías y romanas. Magdalena, quien en un tiempo había sido su amante, acude a él desesperada pidiéndole que interceda para que liberen a Jesús. Pero Judas, locamente enamorado de ella, le responde que sólo lo hará si consiente volver con él, a lo que Magdalena se niega.



    En la novela de Lamet es al examante, el tribuno romano Sutonio Quinto Marco, a quien ruega Magdalena que dado su poder político influya para que no condenen a muerte a Jesús. El tribuno, intentando reconquistarla con miradas provocadoras, dice que lo hará, “a cambio de recuperar viejos tiempos”. Escribe Magdalena: “Yo retiré mi mano y solté una excusa para ponerme de pie y marcharme”.



    La novela de Lamet termina con un final descorazonador: la resurrección de Cristo. Como jesuita afamado disponía de conocimientos suficientes para haber ido más allá. Como escritor tenía a su alcance toda la documentación necesaria para denunciar las mentiras que se han escrito sobre Magdalena después de que Jesús ascendiera al lugar de donde descendió: huida a Egipto con Nicodemo. Viaje a París con José de Arimatea. Nacimiento de una niña en la que hoy es capital de Francia. Navegación en barca hasta las playas de Marsella en compañía de Marta, María y Lázaro. Recluida en una cueva en Saint Beame, cerca de Marsella, donde muere, según autores católicos, “en olor de santidad” ¿Qué olor tiene la santidad? La santidad, ¿huele? ¿A qué huele?



    Estas y otras sartas de mentiras y estupideces que se han escrito sobre la virgen de Magdala pudieron haber sido corregidas por el distinguido jesuita nacido en Cádiz. ¿Por qué no lo hizo? ¿Acaso las asumía?


     

     


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