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    Manuel Pérez Lourido
     

    De qué hablo cuando hablo de Murakami

    ¿Cómo se ha alzado el escritor japonés con el honor de aparecer entre los posibles ganadores de un galardón como el Nobel?, ¿de qué hablamos cuando hablamos de Murakami?

    PREFERIRíA NO HACERLO AUTOR Manuel Pérez Lourido 19 DE OCTUBRE DE 2017 22:10 h
    Haruki Murakami.

    Durante los últimos años el nombre de Haruki Murakami es uno de los fijos cuando se aproxima la fecha de anunciar el premio Nobel de literatura. Esto desata los aspavientos de horror de algunos pero también la ilusión de algunos otros.



    Las preguntas que pretendemos abordar se pueden resumir en estas dos: ¿cómo se ha alzado el escritor japonés con el honor de aparecer entre los posibles ganadores de un galardón como el Nobel?, ¿de qué hablamos cuando hablamos de Murakami?



    En efecto, se trata de la misma pregunta, avispado lector; pero también queremos reivindicar la rimbombancia.



    “No había cortinas en las ventanas y los libros que no cabían en la estantería yacían apilados sobre el suelo como un puñado de refugiados intelectuales”. Esta frase de Sputnik, mi amor (1999) demuestra la capacidad del autor japonés para introducir la poesía en su prosa, algo que no elige hacer con mucha frecuencia.



    Cuando se aparta de la narración pura de los hechos, se inclina por la reflexión: «Un recuerdo es algo que te caldea el cuerpo por dentro, pero que, al mismo tiempo, te desgarra por dentro con violencia.» (Kafka en la orilla); «Las buenas noticias, en la mayoría de los casos, se dan en voz baja» (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo); «La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella.» (Tokio blues).



     



    Tokyo blues.



    La génesis del presente artículo tiene lugar cuando el autor constata que cuenta en sus estantes con varias novelas de Haruki Murakami (amén de otras que ha leído vía préstamo) y sin embargo se alinea con los detractores del autor nipón cuando surge el nombre de este en una conversación sobre literatura.



    ¿Cómo se llega a tal contradicción?, ¿estoy yo también castigando a HM por su desmesurado éxito?, ¿soy un opinador desaprensivo?, ¿por qué habla el gato de Kafka en la orilla?



    Hay textos que solo pretenden responder preguntas y este es uno de ellos, evidentemente. Ahora que le acaban de otorgar el Nobel de literatura a un compatriota de Murakami, Kazuo Ishiguro, y probablemente esto lo alejará del galardón durante unos años, tal vez sea el momento de abordar todas estas incógnitas.



    Conviene señalar (otra cosa es saber para qué) que HM escribe en japonés (Ishiguro lo hace en inglés) y que tiene muchos más lectores que el reciente Nobel.



    De hecho, seguramente ese extraordinario número de lectores (se le lee en 42 idiomas) es el dato más relevante de su carrera como escritor, que inició mientras regentaba un bar de jazz en Tokio junto a su actual esposa.



    Nota marginal: que un fan de los Beatles se case con una mujer llamada Yoko o es paradójico, o es casualidad o las dos cosas.



    No es hasta su cuarta novela, Tokio blues (Norwegian wood), que este nieto de monje budista por vía paterna consigue un éxito de ventas de tal calibre (cuatro millones de ejemplares solo en Japón) que le permite vivir en Europa y EEUU, adonde viaja para alejarse del desprecio de la crítica y el mundillo literario de su país.



    Lo acusan de “occidentalizado”, “friki” o “renegado”. Salvo por esto último (pues incluye un juicio moral), no debería extrañarse Haruki, quien no regresó a su país hasta mediados de los 90, tras el terremoto de Kobe y el atentado con gas sarín en el metro de Tokio.



    HM narra su decisión de convertirse en escritor en términos de una conversión religiosa: “el 1 de abril de 1978, a las 13.30 horas. Dicho así, parece la cosa más estúpida que existe, pero es que fue así. Una epifanía.



    Estaba mirando un partido de béisbol en el estadio Jingu de Tokio, con una cerveza en la mano y un sol abrasador. En el instante en que Dave Hilton hizo una jugada perfecta, supe, de repente, que iba a escribir una novela. Fue una sensación muy cálida, que todavía puedo sentir si la rememoro. Luego, volví a casa y me puse a escribir".



    Concretamente, se compró una libreta y una pluma en una papelería y esa misma noche, y todas las siguientes al cerrar el bar, se dedicó a juntar un pictograma tras otro hasta tener lista Escucha la canción del viento.



    Y lo hizo creando un mundo literario peculiar, a caballo entre la realidad y el sueño, retratando la alienación sentimental de los seres humanos en un entorno casi siempre frío y amenazador.



    La complejidad de las relaciones interpersonales, el sexo, el descubrimiento de uno mismo, la violencia, los ecos de la II Guerra Mundial, la influencia en Japón de la cultura occidental, son temas recurrentes en su obra. Y maneja unos cuantos elementos también de forma reiterada: los gatos, los pozos, el béisbol, la música pop y el jazz, etc.



    Alguien me prestó un día Kafka en la orilla. Una novela que, con el mito de Edipo al fondo, narra las historias de dos personajes alienados mezclando realidad y fantasía. Tenía cierto interés en conocer qué ofrecía aquel novelista posmoderno del que hablaban todos los periódicos que hablaban de él.



     



    Kafka en la orilla.



    Cuando apareció el gato parlante me rasqué la cabeza. Esa misma noche encontramos en el garaje un minino acurrucado. La presión de mis “vástagas” me hizo prometer que lo adoptaríamos si al día siguiente no se había ido. Pensaba llamarle Kafka, claro, pero no lo volvimos a ver.



    Seguí con el libro y me ganaron la habilidad de HM para crear atmósferas y la melancolía que goteaban las páginas. Comencé a “desarrollar el gusto por Murakami”.



    Después vinieron cinco o seis libros más y mi interés fue decayendo a la vez que se desvanecía el efecto de la sorpresa. HM se repetía y empezaba a descubrirle las costuras.



    Como dice el escritor Nathaniel Rich “no es el mejor novelista frase a frase, cae en clichés o construye frases extrañas”; sin embargo el joven Rich no tiene reparo en conceder que “es un verdadero artista”.



    Jonathan Franzen dice que su obra se mueve entre dos polos: una especie de creatividad maníaca y un modelo narrativo arraigado en la tranquila y más cotidiana tradición japonesa. Y que parte de esa obra se desequilibra, desviándose con nitidez hacia uno de ellos.



    Sin embargo, apunta, “en El pájaro que da cuerda al mundo alcanzó ese equilibrio. Se trata de la resonancia que halló en ese libro y de como nos recuerda lo que hay bajo la superficie”.



     



    Crónica del pájaro que da cuerda.



    La novela, extensa y de retador y tedioso comienzo, se pone en marcha con un protagonista que ha de recuperar a una esposa que lo ha abandonado y a un gato que no ha regresado a casa. Luego ya se encarga HM de complicar este sencillo planteamiento, de hacernos viajar por todo Japón y de reinventar el realismo mágico.



    HM escribió su primera novela en 1979 (Escucha la canción del viento, editada en Tusquets hace dos años). Tanto en esta como en las siguientes empleó la primera persona.



    Explica que le llevó 20 años conseguir pasar a hacerlo en tercera persona (con Kafka en la orilla) porque cada vez que lo intentaba le parecía que miraba a sus personajes desde arriba hacia abajo.



    Los escritores dicen este tipo de cosas. Sigamos con más opiniones de gente del mundillo sobre nuestro inefable héroe: John Freeman, editor de la revista literaria Granta, también se moja: “Hay dos cosas que dificultan que Murakami obtenga grandes galardones literarios y reconocimiento absoluto. La primera es que sus historias transmiten un sentimiento de improvisación, aunque no lo sean.



    La segunda es que hay un aspecto de estupidez y de comedia en su obra y creo que la gente que tiene impulsos cómicos siempre es infravalorada a corto plazo”.



    Es fácil subscribir todos los comentarios anteriores sobre HM, no hay duda que muestra facetas que atrapan y otras que resultan menos atractivas.



    Si tuviese que escoger una de sus virtudes me quedaría con la capacidad para hacerte viajar a un lugar que no es real pero tampoco deja de serlo, a un territorio anexo a la realidad en el que disfrutas pasando una temporada. Y que, siendo complejo, su prosa resulta fácil de leer.



    Murakami, reservado y tímido como buen japonés, ha escrito sin embargo un par de ensayos con tintes biográficos en los que explica su trayectoria como escritor, sus gustos y aficiones y su filosofía de vida.



    Inspirándose en De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver, publicó en 2007 (2010 en nuestro país) De qué hablo cuando hablo de correr, acerca de su afición por las carreras de fondo.



    Murakami comenzó a correr en 1980 y ha participado en más de veinte maratones. Tras cosechar un gran éxito con esta publicación, en 2015 publica en japonés De profesión, novelista, que aún carece de versión en inglés y que editó Tusquets este mismo año con el título De qué hablo cuando hablo de escribir.



    Desde un ajuste de cuentas con el Premio Akutawaga, un prestigioso certamén japonés al que HM optó con sus dos primeras novelas; pasando por su concepto de originalidad y sus motivos para escribir; la forma de afrontar la escritura de una novela larga o la creación de personajes; Murakami desgrana confidencias y revela sus mecanismos a la hora de emprender la tarea de escribir.



    También comparte sus filias literarias y musicales. Y aquí es donde entramos en mi particular versión del “Tengo contra ti”. Hay cosas con las que uno puede ser indulgente y hay cosas que no se pueden dejar pasar.



    Recoge Murakami una frase hallada en un artículo del New York Times sobre los Beatles: “crearon un sonido fresco, enérgico e inconfundiblemente propio” y, no sé el New York Times, pero Haruki despacha elogios a los británicos ejemplarizando la importancia de la originalidad en la creación artística.



    Vale. Lo que tú digas. Pero no se puede hablar de este asunto sin mencionar a Buddy Holly. Lo prohíbe el sentido común. Si uno habla de los primeros Beatles y no menciona a Buddy Holly, por ignorancia o negligencia, merece la cárcel.



     



    Buddy Holly.



    Lea, pues, si así lo desean, a bueno de HM. Les cautivarán sus mundos, sus personajes, su magia. Pero no le hagan ni caso si les habla de los Beatles.


     

     


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