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Juan Antonio Monroy
 

"El Código Da Vinci", de Dan Brown

La divinidad de Cristo no fue un invento de Constantino. El verbo encarnado, unido desde el principio de los tiempos al Padre, era “Dios sobre todas las cosas”.

EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 06 DE OCTUBRE DE 2017 10:00 h
Una escena de la película sobre el libro de Dan Brown.


 EL CÓDIGO DA VINCI”, de Dan Brown, Ediciones Urano, Barcelona 2004,  traducción de Juanjo Estrella, 557 páginas. 




Esta famosa novela del norteamericano Dan Brown fue publicada por vez primera en inglés el año 2003. Rápidamente se convirtió en un superventa mundial, con más de 80 millones vendidos en 44 idiomas. La novela generó una gran polémica a raíz de su publicación. Las críticas se centraron en las tergiversaciones de aspectos centrales del Cristianismo y de la historia de la Iglesia católica, especialmente una de sus muchas instituciones, el Opus Dei. Las críticas se extendieron al aspecto literario, considerado vulgar y sin inspiración. El libro no resultó ofensivo sólo para la Iglesia católica, también para las denominaciones evangélicas y otras ramas del Cristianismo.



Al leer “El Código Da Vinci” ha de tenerse en cuenta que es una novela. Una de las definiciones que el nuevo Diccionario de la Real Academia Española ofrece de este género literario es “ficción o mentira en cualquier materia”. Las materias tratadas por Dan Brown contienen algunas verdades y muchas mentiras. Al novelista, mientras escribe, le interesa más su mundo imaginario que la verdad histórica.



Brown combina los géneros de suspense detectivesco y esoterismo tipo Nueva Era con una teoría conspirativa respecto a Jesús y María Magdalena. El prestigioso “New York Times” fue el primer medio que publicó un reportaje sobre “El Código Da Vinci”. Dijo que se trataba de “un apasionante juego de claves escondidas, sorprendentes revelaciones, acertijos ingeniosos, verdades, mentiras, realidades históricas, mitos, símbolos, ritos, misterios y suposiciones en una trama llena de giros inesperados”.



En la novela abundan las descalificaciones al Cristianismo, diciendo que nada en él es original; Brown fue desmentido en su invención de que “Jesús y María Magdalena encarnan los arquetipos de los sagrados esposos de los cultos de la diosa del Oriente Medio” y en los ataques virulentos a la Iglesia católica y al Vaticano, especialmente al Opus Dei. De esta prelatura católica, a la que mancilla a lo largo de todo el libro, dice: “Jesús propagó sólo un mensaje verdadero. Y ese mensaje no lo veo por ningún lado en el Opus Dei”. Uno de los personajes de la novela interroga a otro sobre el comportamiento de la Iglesia católica. “¿Qué me dices de los que saben de los escándalos de la Iglesia y se preguntan quiénes son esos hombres que afirman tener la verdad sobre Cristo y aún así mienten y encubren los abusos sexuales a niños cometidos por sus propios sacerdotes?”.



En 557 páginas de texto Dan Brown plantea numerosos temas. Unos verdaderos, otros falsos y otros que pueden ser sometidos a discusión. En este artículo a mí me interesa especialmente lo que escribe en torno a la relación entre Jesús y María Magdalena, cuyas vidas manipula a su capricho. Cada loco con su piedra..



Aún cuando “El Código Da Vinci” tiene 557 páginas, como ha quedado escrito, los aspectos concernientes a Jesús y Magdalena ocupan prácticamente 49, desde la 287 a la 335. Si es cierto que con la verdad se llega a todas partes Brown no podría caminar ni desde el dormitorio al salón de la casa que habita, porque el resto del camino está plagado de mentiras acreditadas.



Según él, el cuadro de Leonardo Da Vinci “La última cena” grita al mundo que “Jesús y la Magdalena son pareja”. Que Da Vinci, nacido en 1452 y muerto en 1519 fue un genio en el sentido absoluto del término nadie lo duda, pero ¿acaso esto autoriza a un individuo cinco siglos después a realizar una lectura transversal de las imágenes en el cuadro y afirmar categóricamente que la figura a la derecha de Jesús no es un hombre, es una mujer, María Magdalena, su pareja? Por este procedimiento se puede deducir que las murallas chinas en pintura son las murallas de Ávila ampliadas.



La imaginación del autor americano da un paso más en los mares de la mentira: casa al Maestro. Lo hace por imposición cultural y social. Así lo dice: “según la tradición hebrea, el celibato era censurable y era responsabilidad del padre buscarle una esposa adecuada a sus hijos. Si Jesús no hubiera estado casado, al menos algunos de los evangelios lo habría mencionado o habría ofrecido alguna explicación a aquella soltería excepcional”.



Démosle la vuelta al argumento: tampoco dicen ninguno de los cuatro evangelios que Jesús estuviera casado. De haber sido así tres años viviendo con Él, especialmente Mateo y Juan, lo habrían sabido y lo habrían dicho. Y Lucas, médico e historiador, puntual en sus investigaciones, disciplinado en su biografía, lo habría contado. Nada dice de las ideas calenturientas de Brown.



Tampoco es cierto que en tiempos de Cristo el celibato era censurable y que un hombre a su edad debía estar obligatoriamente casado. A Juan el Bautista, de sus mismos años, se le conoce como soltero. Tres grandes de la Iglesia primitiva, Ireneo, Tertuliano y Orígenes, entre los siglos II y III, admitieron que la regla del matrimonio obligatorio para los hombres admitía muchas excepciones. Eusebio de Cesarea y Josefo son de esta opinión. Los montanistas, en el siglo segundo, rechazaban el matrimonio por considerar que la abstinencia favorecía las visiones y las revelaciones del Espíritu.



Dan Brown ignora estos datos o los silencia intencionadamente. Va a lo suyo. Casa a Jesús con María Magdalena. Añade, sin pruebas ni argumentación fiables, que al morir el Señor José de Arimatea se hizo cargo de Magdalena, que según él ya estaba embarazada. Embarcan hacia Alejandría, en Egipto, y de allí siguen por mar hacia Francia, entonces llamada Galia. Aquí –continúa el cuento- Magdalena da a luz a una niña a la que impone el nombre de Sara. Esta niña –miente Brown- da origen en Francia al linaje de Jesús. Magdalena muere y es sepultada en una cueva en la región de Marsella.



¿Qué interés tienen autores como Brown en presentar a Jesús casado? La respuesta no está lejos. Despojarlo de su divinidad y reducirlo a la condición de simple humano mortal. Es lo que hace el autor de El Código Da Vinci: “establecer la divinidad de Cristo era fundamental para la posterior unificación del imperio y para el establecimiento de la nueva base del poder en el Vaticano. Al proclamar oficialmente a Jesús como Hijo de Dios, Constantino lo convirtió en una divinidad que existía más allá del alcance del mundo humano”.



De todas las barbaridades que Dan Brown escribe en “El Código Da Vinci”, esta es la barbaridad más bárbara. Una de dos: o no leyó el Nuevo Testamento o lo encerró bajo llave mientras escribía la inventada historia.



Cristo tenía conciencia de su divinidad desde los doce años, cuando en el templo de Jerusalén dice a María y a José que le convenía estar en la casa del Padre (Lucas 2:49). Ya mayor, en pleno ministerio, dice a Felipe: “el que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Juan 14:9). “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). “El Padre que me envió ha dado testimonio de mi” (Juan 5:37). “Yo he venido en nombre de mi Padre” (Juan 5:43). De tener que demostrar la divinidad de Jesucristo según los cuatro Evangelios canónicos sería preciso escribir un libro de muchas páginas.



Pablo vivió y escribió entre tres y cuatro siglos antes que el emperador Constantino. El gran apóstol y misionero tenía ideas claras respecto a la Divinidad de Cristo. Dice: “Cristo es Dios sobre todas las cosas” (Romanos 9:5). “Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2:13). “Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo” (2ª Corintios 6:19). Cristo es “el resplandor de su gloria y la misma imagen de su sustancia” (Hebreos 1:3).



¿Para qué más? Bastan esas citas, que cualquier lector del Nuevo Testamento podría multiplicar, para desmentir a Dan Brown, el más grande de los cuentistas. La divinidad de Cristo no fue un invento de Constantino. El verbo encarnado, unido desde el principio de los tiempos al Padre, era “Dios sobre todas las cosas”.



Las teorías del autor norteamericano generaron conmoción e inquietud desde la aparición del libro. Miles de lectores tienen como artículo de fe las mentiras de la novela. Nada de extraño. Pascal decía que el que no cree es el que más cree. Gentes como los seguidores de “El Código Da Vinci” prefieren las mentiras de las novelas inventadas para ganar dinero y marginan las páginas inspiradas que iluminan el alma con la luz de la Palabra.



Tentado estoy a escribir un libro sobre las mentiras de “El Código Da Vinci”. No sé. Debí haberlo hecho en su día. Ahora estoy liado con otra literatura.


 

 


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