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    Martyn Lloyd-Jones
     

    La fe a prueba, de Martyn Lloyd-Jones

    El gran valor del libro de los Salmos es que en él vemos a hombres piadosos exponer su experiencia. Un fragmento de “La fe a prueba, una exposición del Salmo 73”, de Martyn Lloyd-Jones

    FRAGMENTOS 05 DE OCTUBRE DE 2017 22:00 h
    martyn lloyd jones Detalle de la portada del libro.

    Un fragmento de “La fe a prueba, una exposición del Salmo 73”, de Martyn Lloyd-Jones (2007, Peregrino). Puede saber más sobre el libro aquí.



     



    Prefacio



    El Salmo 73 trata un problema que ha confundido y desanimado con frecuencia al pueblo de Dios. Es un problema doble: ¿por qué tienen que sufrir los piadosos frecuentemente, especialmente en vista del hecho de que los impíos suelen parecer más prósperos?



    Es una declaración clásica de la forma que tiene la Biblia de tratar ese problema. El Salmista relata su propia experiencia, expone su alma a nuestra mirada de una manera sumamente dramática, y nos lleva paso a paso desde la práctica desesperación hasta el triunfo y la certidumbre finales. Paralelamente, también es una gran teodicea. Estos son los motivos de que haya apelado siempre a los predicadores y los asesores espirituales.



    La preparación y la predicación de los siguientes sermones, y la exposición de esta provechosa enseñanza durante una serie de cultos dominicales matinales, fue para mí un “trabajo de amor” y de verdadero gozo. Dios utilizó el sermón de esta serie titulado “Con todo” para proporcionar alivio inmediato y un inmenso gozo a un hombre cuya alma estaba experimentando un sufrimiento atroz y se encontraba al borde del colapso. Había viajado unos 9000 km y había llegado a Londres justo el día anterior. Estaba convencido, y lo sigue estando, de que Dios en su infinita gracia le hizo recorrer esa distancia para escuchar el sermón.



    Deseo que ese sermón y los demás resulten una “puerta de esperanza” para muchos otros cuyos pies “casi se hayan deslizado” y sus pasos “por poco hayan resbalado”.



    D. M. LLOYD-JONES



    Westminster Chapel



    Mayo de 1965



     



    Martyn Lloyd-Jones.



     



    CAPÍTULO 1



    La exposición del problema



     



    Ciertamente es bueno Dios para con Israel,



    Para con los limpios de corazón.



    En cuanto a mí, cas i se deslizaron mis pies;



    Por poco resbalaron mis pasos.



     



    El gran valor del libro de los Salmos es que en él vemos a hombres piadosos exponer su experiencia, y ofrecernos el relato de lo que les ha sucedido en su vida y en su lucha espirituales. A lo largo de la Historia, el libro de los Salmos ha sido, pues, un libro de gran valor para el pueblo de Dios. Una y otra vez les ha proporcionado la clase de consuelo y enseñanza que necesitan, y que no pueden hallar en ninguna otra parte.



    Y bien puede ser, si se me permite conjeturar acerca de ese tipo de cosas, que el Espíritu Santo guiara a la Iglesia primitiva para que adoptara los textos del Antiguo Testamento en parte por ese motivo. Lo que hallamos en la Biblia de principio a fin es el relato de la actuación de Dios con su pueblo. Es el mismo Dios en el Antiguo Testamento que en el Nuevo; y estos santos del Antiguo Testamento eran ciudadanos del Reino de Dios tal como lo somos nosotros mismos. Se nos lleva a un Reino que ya está poblado por personas como Abraham, Isaac y Jacob. El misterio que se reveló a los Apóstoles fue que los gentiles serían coherederos y ciudadanos del Reino junto con los judíos.



    Conviene, pues, considerar las experiencias de estas personas como exactamente análogas a las nuestras. El hecho de que vivieran en la antigua dispensación no supone diferencia alguna. El cristianismo que rechaza el Antiguo Testamento, o aun el cristianismo que imagina que somos esencialmente distintos de los santos del Antiguo Testamento, anda equivocado. Si hay alguien que tenga la tentación de sentirse así, le invitaría a leer el libro de los Salmos, y que luego se pregunte si puede decir con sinceridad que ha experimentado en carne propia algunas de las cosas que dijo el Salmista. ¿Puedes decir: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá”? ¿Puedes decir: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía”? Lee los Salmos y las afirmaciones que en él se hacen, y creo que estarás de acuerdo en que estos hombres eran hijos de Dios con una experiencia espiritual muy amplia y rica. Este es el motivo por el que en la práctica de la Iglesia cristiana los hombres y las mujeres han acudido desde el principio al libro de los Salmos en busca de luz, conocimiento e instrucción.



     



    Portada del libro.

    Su especial valor radica en el hecho de que nos ayuda presentándonos su enseñanza principalmente como una enumeración de experiencias. El Nuevo Testamento nos ofrece idéntica enseñanza, solo que en este caso se presenta de una manera más didáctica. Aquí parece descender hasta nuestro nivel cotidiano y práctico. Ahora bien, todos estamos familiarizados con el valor de esto. Hay ocasiones en que el alma está agotada, en que nos sentimos incapaces de asimilar más instrucción directa; estamos tan exhaustos, nuestras mentes están tan cansadas, y quizá nuestros corazones estén tan heridos, que en cierto sentido somos incapaces de hacer el esfuerzo de concentrarnos en los principios y considerar las cosas de forma objetiva. Es en tales momentos, especialmente en tales momentos, y a fin de aprender la Verdad de esta manera más personal, cuando las personas que se sienten maltratadas por la vida —golpeadas y zarandeadas por el oleaje de la vida— han acudido a los Salmos. Han leído las experiencias de algunos de estos hombres y han descubierto que también ellos han pasado por cosas muy similares. Y de alguna forma, ese hecho en sí ya les sirve de ayuda y les fortalece. Sienten que no están solos y que lo que les sucede no tiene nada de raro. Comienzan a comprender la verdad de las palabras de consuelo de Pablo a los corintios: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana” (1 Corintios 10:13), y solo comprender eso ya les infunde valor y les renueva en su fe. El libro de los Salmos es de un valor inestimable en este sentido, y vemos cómo las personas acuden constantemente a él.



     



    UN EJEMPLO DE SINCERIDAD



    Podríamos detenernos a examinar muchas características de los Salmos. Lo que deseo recalcar especialmente es la extraordinaria sinceridad con que estos hombres nos relatan la verdad acerca de sí mismos sin tapujos. Tenemos un gran ejemplo de eso aquí en el Salmo 73. Este hombre reconoce abiertamente que, en lo que a él respecta, sus pies casi se han deslizado y sus pasos por poco han resbalado. Y luego pasa a decir que era como una bestia ante Dios en su necedad y su ignorancia. ¡Qué sinceridad! Ese es el gran valor de los Salmos. No sé de nada que sea más descorazonador en la vida espiritual que cruzarse con esa clase de personas que parecen dar la impresión de estar siempre en la cima. Ciertamente, eso no es lo que vemos en la Biblia. La Biblia nos dice que estos hombres conocían el desánimo, y sabían lo que era pasar por terribles problemas y dificultades. Muchos santos en su peregrinaje han agradecido a Dios la sinceridad de los autores de los Salmos. No se limitan a presentarnos una enseñanza ideal que no se reflejara en sus vidas. Las enseñanzas perfeccionistas jamás son verdaderas. Nunca lo son con respecto a las personas que las enseñan, porque sabemos que son criaturas falibles como el resto de nosotros. Presentan su enseñanza de la perfección de forma teórica, pero no se corresponde con su experiencia. Gracias a Dios, los salmistas no hacían eso. Nos dicen la pura vedad acerca de sí mismos; nos dicen la pura verdad acerca de lo que les ha sucedido.



    Ahora bien, no hacen esto a fin de exhibirse. La confesión del pecado puede ser una forma de exhibicionismo. Hay algunas personas que están de lo más dispuestas a confesar sus pecados mientras puedan hablar de sí mismas. Se trata de un peligro muy sutil. El Salmista no hace tal cosa; nos dice la verdad acerca de sí mismo porque desea glorificar a Dios. Su sinceridad está regida por eso, puesto que ministra para la gloria de Dios cuando muestra el contraste entre sí mismo y Él.



     



    PARA LA GLORIA DE DIOS



    Esto es lo que hace el autor aquí. Advirtamos que comienza con una gran expresión triunfal: “Ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón”, como si dijera: “Bien, tengo una historia que contar; voy a relatar lo que me ha sucedido; pero lo que quiero demostrar es simplemente esto: la bondad de Dios”. Esto queda particularmente de manifiesto si optamos por otra traducción, probablemente mejor: “Dios es siempre bueno para con Israel, para con los limpios de corazón”. Dios nunca cambia. No existe excepción alguna, no hay matizaciones. “Este es mi planteamiento —dice el hombre—, Dios es siempre bueno para con Israel”. La mayor parte de los salmos comienzan con estas grandes demostraciones de alabanza y de agradecimiento.



    Por otro lado, tal como se ha señalado con frecuencia, los Salmos suelen comenzar con una conclusión. Eso suena paradójico, pero no es mi intención parecerlo: es la verdad. Este hombre había tenido una experiencia. Pasó por ella y llegó a este punto. Ahora bien, lo más importante para él es que había llegado a este punto. Comienza, pues, por el final; y luego pasa a contarnos cómo ha llegado allí. Ese es un buen método didáctico; y es siempre el método de los Salmos. El valor de la experiencia es que se trata de un ejemplo de esta verdad en particular. Carece de interés en sí, y al salmista no le interesa la experiencia en tanto que experiencia, sino que es un ejemplo de esta gran verdad acerca de Dios, y ahí reside su valor.



    Lo importante es que todos entendamos la idea que desea transmitir, esto es, que Dios es siempre bueno para con su pueblo, para con los limpios de corazón. Ese es el planteamiento; pero en nuestro estudio de este salmo en concreto nos concentraremos en el método, la forma por la que este hombre llega a esa conclusión. Lo que tiene que decirnos se puede resumir de esta forma: partió de este planteamiento en su experiencia religiosa; luego se extravió; luego volvió de nuevo. Los Salmos nos son de tanto valor porque analizan esas experiencias. Todos hemos tenido ese tipo de experiencia en nuestras propias vidas. Nuestro punto de partida es correcto; luego algo sale mal y parece como si lo perdiéramos todo. El problema es cómo regresar al principio. Lo que hace este hombre es mostrarnos cómo volver al punto donde el alma halla su verdadero equilibrio.



     



    VOLVER AL EQUILIBRIO



    Este salmo es solo un ejemplo de ello. Vemos muchos otros que hacen exactamente lo mismo. Pensemos, por ejemplo, en el Salmo 43, donde hallamos al Salmista en una situación parecida. Se habla a sí mismo y dice: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?”. Se habla a sí mismo, se dirige a su propia alma. Ahora bien, eso es precisamente lo que hace en el Salmo 73, solo que aquí lo desarrolla y lo presenta de una forma de lo más extraordinaria.



    Este hombre nos lo dice todo acerca de esta experiencia en particular por la que ha pasado. Nos dice que fue terriblemente sacudido y que estuvo a punto de caer. ¿Cuál era el origen de su problema? Simplemente que no acababa de entender los caminos de Dios con respecto a él. Se había vuelto consciente de un doloroso hecho. Él vivía una vida piadosa; limpiaba su corazón, nos dice, y lavaba sus manos en inocencia. En otras palabras, practicaba una vida piadosa. Evitaba el pecado; meditaba en las cosas de Dios; dedicaba tiempo a orar a Dios; tenía por costumbre examinar su vida, y cuando quiera que hallaba un pecado lo confesaba a Dios apenado, y buscaba el perdón y la restauración. Este hombre se dedicaba a una vida que fuera agradable a ojos de Dios. Se apartaba del mundo y de sus efectos contaminantes; se apartaba del mal y se entregaba a vivir una vida piadosa. Sin embargo, a pesar de hacer todo esto, estaba experimentando un gran número de problemas: “He sido azotado todo el día, y castigado todas las mañanas”. Estaba pasando por momentos muy duros y difíciles. No nos dice exactamente lo que le sucedía; quizá se tratara de una enfermedad o de problemas familiares. Independientemente de lo que fuera, se trataba de algo muy doloroso y penoso; sufría una gran aflicción. De hecho, parecía como si todo fuera mal y no hubiera ni una sola cosa positiva.



     



    EL PROBLEMA DE LOS IMPÍOS



    Ahora bien, eso ya era lo suficientemente malo de por sí. Pero eso no era lo que de verdad le preocupaba y le angustiaba. El verdadero problema era que veía un extraordinario contraste al observar a los impíos. “Todos sabemos —decía— que estos son hombres impíos, todo el mundo ve que son impíos. Pero ellos prosperan en el mundo, sus riquezas aumentan, no tienen congojas por su muerte, sino que su vigor está entero, no tienen problemas como los demás”. Nos ofrece una descripción de ellos en su arrogancia, su falsedad y su blasfemia. Nos proporciona la imagen más acertada de toda la literatura con respecto al supuesto hombre de éxito del mundo. Hasta describe su postura, su aspecto altanero, con los ojos saltones por su gordura, y su corona de soberbia. “Se cubren de vestido de violencia —dice—; logran con creces los antojos del corazón”; “hablan con altanería”, qué descripción más acertada.



     Y esto no solo es cierto de los contemporáneos del Salmista, sino que vemos a ese mismo tipo de persona en la actualidad. Hacen afirmaciones blasfemas acerca de Dios. Dicen: “¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo?”. Nos hablas de tu Dios, dicen; no creemos en Él, pero míranos a nosotros. Todo nos va bien. ¡Pero mírate a ti mismo, tú que eres tan piadoso, y observa todo lo que te sucede! Bien, esto es lo que afligía y turbaba a este hombre. Creía que Dios era santo, justo y verdadero, alguien que interviene por su pueblo y lo rodea con sus cuidados y sus maravillosas promesas. Su problema consistía en reconciliar todo esto con lo que le sucedía a él y, más aún, con lo que sucedía a los impíos.



    Este salmo es la declaración clásica acerca de este problema en particular: los caminos de Dios con el hombre, especialmente los caminos de Dios con su propio pueblo. Esto es lo que confundía al salmista al contrastar su suerte con la de los impíos. Y nos relata su reacción a todo eso.


     

     


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