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    Juan Antonio Monroy
     

    Magdalena, historia y mito, por Helena Barbas

    En una caprichosa interpretación de la historia bíblica la autora se permite unos ejercicios exegéticos y compara a María Magdalena con otros dos personajes femeninos del Antiguo Testamento. Eva y la heroína de El Cantar de los Cantares.

    EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 21 DE SEPTIEMBRE DE 2017 23:40 h


    Magdalena, historia y mito, por Helena Barbas, Esquilo Ediçoes y Multimedia, Lisboa 2008, 363 páginas.




    Estamos ante un libro dudoso sobre la figura de María Magdalena, fiel algunas veces a la verdad bíblica, infiel otras.



    La autora quiere colocar un prisma sobre la dulce mujer de Magdala analizándola desde varias perspectivas. Aquí surge una Magdalena presente en el discurrir de la historia desde su primera aparición en los Evangelios canónicos hasta el papel que le atribuye Andrew Lloyd Weber en la ópera “Jesucristo Super-Star” con el libreto de Tim Rice, pasando por los textos apócrifos escritos sobre ella, la acumulación de leyendas que han deformado su vida y su alma, tergiversando la pureza de sus sentimientos y las injusticias cometidas contra ella por el católico Concilio de Trento. En otras páginas la autora portuguesa del libro se permite una biografía imaginaria de María Magdalena, seguida del tratamiento dado a la tierna discípula de Jesús en Portugal y las obras más destacadas que sobre ella se han escrito en el país vecino a España.



    Helena Barbas, ahora de 66 años, ha dedicado gran parte de su vida a los libros. Es licenciada en literatura por la Facultad de Letras de Lisboa y posee un Master en Ciencias Sociales y Humanas por la Nueva Universidad de Lisboa. En dicha Universidad ha ejercido como profesora de Literatura Comparada e Historia de las Ideas Estéticas. Ha publicado varios ensayos y actualmente colabora en algunos periódicos y revistas.



    Helena Barbas alude a las falsas interpretaciones que se han escrito sobre la Magdalena por autores que no han sabido o no han querido destacarla de otras Marías que aparecen en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Sin embargo, ella no lo hace mejor. Asume como auténtica la tradición que quiere ver en la Magdalena a una mujer pecadora. Escribe: “La tradición describe a María Magdalena como una mujer rebelde, heredera principalmente de las características de todas las grandes pecadoras”.



    Ya estamos, como tantos otros autores, tirando la piedra y escondiendo la mano. Pecadora ¿en qué sentido? ¿Más pecadora que los demás mortales? ¿Diferente?¿Estamos otra vez ante la acusación de prostituta?



    En una caprichosa interpretación de la historia bíblica la autora se permite unos ejercicios exegéticos y compara a María Magdalena con otros dos personajes femeninos del Antiguo Testamento. Eva y la heroína de El Cantar de los Cantares, mujer irreal, inventada por Salomón para probarnos que el amor es tan fuerte como la muerte. Dice: “Magdalena –Eva se agarra al Cristo-Adán”, siendo por Él desposada como figura de la Iglesia”. Por otro lado –sigue- “Al igual que la apasionada Sulamita –(nombre que suele darse a la muchacha de El Cantar de los Cantares)- la Magdalena aparece en la Biblia como símbolo de amor”.



    Más interesante que esos románticos inventos me parece el capítulo que Helena Barbas escribe sobre el tratamiento que la Edad Media adjudicó a María Magdalena. Hace un repaso de autores que escribieron sobre ella a lo largo de ese período que llega hasta finales del siglo XV, autores más numerosos de lo que podríamos suponer, y se detiene en el Concilio de Trento, el más importante celebrado por la jerarquía vaticana, que tuvo lugar en la ciudad italiana de Trento en varias etapas entre los años 1545 y 1563. Los grandes de la Iglesia católica en Trento tuvieron que enfrentarse a un personaje incómodo, pero que no podían eliminar: María Magdalena. Ordenaron prohibir las pinturas que hasta entonces se venían haciendo de ella, especialmente las que la representaban predicando en tierras de Francia, argumentando que algunos cuadros resultaban indecorosos al dibujar el cuerpo de la mujer.



    En lo que la autora portuguesa llama “una biografía imaginaria de María Magdalena”, su imaginación forma parte del capricho, capaz de inspirar los sueños más fantásticos. Describe como verdad lo que no lo es. Da carta de naturaleza a hechos que no han existido. Los consultorios psiquiátricos están llenos de personas con la mente quebrantada por las imaginaciones descarriadas.



    Tal como hacen otros autores ya citados en estos artículos, la señora Helena Barbas admite que María Magdalena, nacida en Magdala, era en realidad María de Betania, hermana de Lázaro y Marta. Lo sugiere, pero es incapaz de probarlo ateniéndose a lo escrito en el Nuevo Testamento. “Noble y rica –sigue la autora, joven y bella, posee todos los parámetros para alcanzar la felicidad humana. Pero siguiendo la voluntad de su cuerpo deriva en prostituta”.



    Estos escritores que retratan a Magdalena como prostituta pecadora me enfurecen, me exasperan. Porque todos mienten. Yo no admito otra documentación sobre Magdalena más que los cuatro Evangelios canónicos. Toda otra fuente, antigua o moderna, carece de rigor histórico y nada prueba.



    Sin saber cómo salir del berenjenal, Helena Barbas escribe verdades y mentiras. Verdad cuando afirma que Cristo la curó de una enfermedad demoníaca, mentira cuando escribe que el segundo encuentro entre Jesús y Magdalena se produce en casa de Simón el fariseo, identificándola no ya con María de Betania, sino con la mujer anónima que presenta Lucas en el capítulo 7 de su Evangelio, hecho del que he escrito muchas páginas.



    Mentira que Marta convenciera a su hermana María –supuesta Magdalena- para que acudiera al templo donde predicaba Jesús.



    Mentira que Cristo dijera de María Magdalena: “sus muchos pecados le son perdonados porque amó mucho”.



    Mentira que Jesús se encontrara con Magdalena en la casa que ocupaban Marta, María y Lázaro en Betania.



    Mentira que en ese encuentro fuera Magdalena quién ungió los pies de Jesús, gesto considerado entre sagrado y profano.



    Verdad que Magdalena estuvo al pie de la Cruz donde murió Jesús.



    Verdad que Magdalena, juntamente con María Salomé y la madre de Jesús, compraron especias aromáticas para ungir el cuerpo muerto.



    Verdad que Magdalena fue la primera persona que vio a Jesús resucitado.



    Mentira que Magdalena recogiera sangre de Jesús en un vaso o pequeña urna de cristal, que la Iglesia católica le daría el nombre de Santo Grial.



    Verdad que después de haber visto a Cristo resucitado Magdalena fue a los discípulos para darles las nuevas de la resurrección.



    Mentira la aventura viajera de María Magdalena que se inventa Helena Barbas. Dice que cuando Jesús regresó al lugar de donde vino, Magdalena, siempre confundida con María de Betania, abandonó Jerusalén en compañía de Marta, Lázaro, el apóstol Maximino (personaje que no aparece en el Nuevo Testamento) y de una criada llamada Sara; llegan a Roma, pasan a Constantinopla y desembarcan en playas de Marsella. Una vez en Francia Magdalena se retira a una cueva en Saint-Beame y allí muere “en olor de santidad”.



    Razón lleva Helena Barbas al decir que se trata de una biografía imaginaria. No imaginada por ella, porque repite las mismas estereotipadas versiones de otros muchos tratadistas que presentan a María Magdalena como ellos la imaginan, aunque destrocen la historia sagrada a patadas o a golpes de imaginación.


     

     


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