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    Jordi Torrents
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    Lenguaje y dis/capacidad: únicos, distintos, perfectos

    Una de mis frases obsesivas es "El lenguaje no es inocente, no es neutro".

    PREFERIRíA NO HACERLO AUTOR Jordi Torrents 22 DE JUNIO DE 2017 17:08 h
    Un grupo de Mefi-Boset. / Jordi Torrents

    Una de mis frases obsesivas es "El lenguaje no es inocente, no es neutro". Si alguna vez están cerca de un servidor y la oyen, corran, huyan, pidan una orden de alejamiento, escóndanse en el rincón más recóndito del planeta, tápense el rostro como los niños para desaparecer. Me dará igual que se defiendan con frases como "Es una forma de hablar", "Bueno, ya me entiendes", "Yo ya sé lo que digo", "Son sólo palabras". No, no es una forma de hablar. No, quizá no te entiendo. No, puede que ni tú mismo sepas lo que dices. Y no, nunca, nunca, nunca, son sólo palabras. La desinformación o el mal uso del lenguaje no es algo sistemático, preparado y diseñado. Todos (sí, todos) usamos el lenguaje para expresarnos con esos filtros tan majos que son nuestros valores, juicios (y prejuicios), vivencias y, claro, identidad (esta última palabreja dará para otro artículo). Parecerá que hablo de periodismo, de la forma de contar, o no contar, informaciones. Pero no, hablo de los "periodistas" más peligrosos que hay: nosotros mismos.



    Hace unos meses, en noviembre, tuvo lugar en Guadarrama (Madrid) un encuentro del Movimiento Lausana en España para analizar y compartir acerca de distintos campos de misión, de su realidad social y de la respuesta que podemos aportar como cristianos. Uno de los temas seleccionados fue (todavía doy botes de alegría) "Misión y discapacidad", un pequeño empujoncito a nivel personal a reflexionar todavía más acerca de esta realidad.



    Hace unos días, una persona conocida estaba elaborando un proyecto profesional y, en él, tenía que referirse a los centros de educación especial de su ciudad. Y, literalmente, puso: "Centros para deficientes".  Sin ser muy consciente del posible tercer grado (de esos de lámpara y humo en el rostro en un cuartucho de comisaría) a la que la podía someter, me preguntó si esa expresión era "correcta".  Hay un Proverbio que nos recuerda que "hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada", una afirmación que relacionamos con el chismorreo o la murmuración, pero que quizá deberíamos hacer extensiva a un mal uso del lenguaje o, al menos, a un uso no reflexivo. Me limité a devolverle la pregunta: "¿Crees que el término deficientes, hoy día, puede sonar peyorativo?".  La respuesta la pueden imaginar. Con el lenguaje describimos, pero también juzgamos, clasificamos y, sí, abrimos o cerramos nuestras mentes. Sí, interpretamos la realidad de forma distinta, pero déjenme que insista: El lenguaje nunca es neutro.



     



    Foto: J. Torrents



    Uno de los proyectos que servidor tiene en mente es el de escribir un libro sobre la discapacidad desde una perspectiva cristiana, un proyecto vinculado (cuña publicitaria gratis, de nada Dani y Noa) a la plataforma cultural Suburbios que espero que ya vayan conociendo. Este artículo recoge algunas de las primeras ideas que van tomando forma, la del uso del lenguaje para hablar sobre discapacidad.



    Umberto Eco escribió acerca de la filosofía del lenguaje y dijo que "cada vez estoy más convencido de que, para comprender mejor problemas que nos preocupan, es necesario volver a analizar los contextos en que determinadas categorías surgieron por primera vez". Creo necesario señalar el empeño de Eco en mostrarnos como el lenguaje puede actuar como signo, significado, metáfora, símbolo o código. O sea, que de neutro nada. Que no, que no es una forma de hablar.



    Tuve un profesor, Jesús Garanto, que solía repetir que "la normalidad es la más absoluta de las anormalidades". En sus clases de Pedagogía Terapéutica, este pionero en el estudio del trastorno del espectro autista (TEA), ya se cargaba, de primeras, un concepto como el de normalidad, para nada neutro, para nada inofensivo. Es decir, la misma idea de normalidad es una gran mentira. Todos somos diferentes, todos somos incompletos, todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, una imagen que, para nada, es la de un perfil de supuesta perfección creada por el hombre moderno, occidental y obsesionado con unos cánones de belleza que rozan las ideas totalitarias y envueltas en anuncio de colonia con acento francés chungo.



    Como sociedad (y lo necesitamos como agua de mayo) tendemos a etiquetar. Bueno, mientras nos sirva para ayudarnos unos a otros, de acuerdo. El problema es que acaba sirviendo para estigmatizar, para separar, para clasificar, para situar a una parte de la población en un punto que, de forma unidireccional, sólo permite recibir compasión desde una perspectiva de superioridad que da sentirse dentro de la "normalidad".



     



    Foto: J. Torrents



    ¿Existen diferencias, capacidades diversas? Evidentemente. Pero el objetivo no debe ser crear líneas rojas, y sí herramientas para que esas diferencias (que englobamos en el paraguas de las discapacidades) no impidan formar parte, vivir y entender nuestro entorno. Esas etiquetas, ya que existen, que sirvan para ayudar, para apoyar.



    El vocabulario, sí. De entrada, alguien me dirá que ya es incorrecto hablar de discapacidades, término con un prefijo negativo (dis-) que ya no es neutro. Pero el vocabulario hemos conseguido que evolucione. Considero que "discapacidad" todavía sirve para describir diferentes situaciones personales, pero la tendencia debería ir siendo hablar de "capacidades diversas" o "diversidad funcional".



    El uso del lenguaje evoluciona y, a menudo, lo vamos distorsionando hasta llegar a usar términos psiquiátricos o psicológicos como peyorativos. Somos así de cutres. Si les hablo de palabras como IMBECILIDAD, IDIOCIA, MONGOLISMO o SUBNORMALIDAD pensarán que les hablo de insultos. Hoy, lo son. En su origen, no. No me voy a extender en la historia de cada una (que la tiene), pero que lo sepan.



    Quiero destacar la idea de que el término DISCAPACIDAD no es la etiqueta de una persona (siempre deriva en estigmatizaciones). Nos describe la interacción entre un estado de salud y de funcionamiento del cuerpo (ya sea por enfermedad, trastorno, lesión,...) y los factores contextuales, aquellas dificultades añadidas que la persona encuentra a la hora de vivir en sociedad.



    Y todo, sin olvidar que un uso correcto del vocabulario debe ir acompañado de un trato correcto, huyendo del paternalismo que tanto rodea este ámbito ("pobrecito", "como se esfuerza", "lo haaaaas heeeeeecho muuuuuuy biiiiiien", así como un español de peli de los 60 hablando "inglés"). A la hora de plantear un trato correcto a las personas con discapacidad (que no discapacitadas, por cierto), pues, debemos tener claro lo que acabo de contar, que la situación de discapacidad NO DEFINE a la persona, FORMA PARTE de ella, sí, pero no la define.



    Eliminemos ya del todo conceptos como mongolismo (idea asociada al Síndrome de Down), retraso mental, minusválido, subnormal y un largo etcétera que duelen sólo de escribirlos. La tendencia debería ser la comentada de hablar de distintas capacidades. Pero necesitamos tiempo. Una capacidad es un término positivo, que da un valor a la persona, le otorga una cualidad. Y, por una cuestión todavía práctica y de transición en el lenguaje, entiendan que siga hablando de "discapacidad".



    El valor de la palabra es clave. Y el valor del verbo que acompaña la definición de una discapacidad, también. Nadie ES autista, sino que TIENE autismo. Este tiene lo debemos mantener en todo momento. O, al menos, quitar el verbo y usar la preposición CON: Una chica con autismo. Pero hay más verbos que "tener", un verbo, al fin y al cabo, transitivo y que necesita algún complemento. Me refiero a otros verbos que se suelen usar al hablar de discapacidad pero con una carga, una connotación negativa: SUFRIR, ESTAR AFECTADO, ESTAR PROSTRADO, AQUEJADO... Cualquier persona es más, mucho más, que su diagnóstico de salud mental o su discapacidad. Insisto en la idea de la persona desde su globalidad. No hablemos, pues, de una persona autista o de una persona que sufre autismo. Hablemos de una persona con autismo o que tiene autismo. O de una persona con esquizofrenia. O con Síndrome de Down. O con Síndrome de Rett. Y hablemos de esa característica siempre que sea necesario o útil. Si no, no hace falta, de la misma manera que no siempre nos estamos refiriendo a cualquiera de nosotros como el chico alto, la chica que lleva gafas, el señor que es simpático o el joven que es seguidor de la Cultural Leonesa.



    Pero permítanme que siga con ideas vinculadas al lenguaje. El uso debe ser lo más riguroso posible en cualquier situación. Es decir, intentar evitar el uso gratuito e incorrecto de conceptos que sirven para definir una enfermedad, un trastorno o una discapacidad. Oigan, que todos lo hacemos, este artículo no pretende ser una bronca colectiva, acaso una reflexión. Les pongo ejemplos: Intentemos no hablar de alguien depresivo cuando nos encontramos con alguien con un mal día o un carácter triste; ni de una anoréxica cuando una chica (o un chico, que los hay) está muy delgada; ni de autista cuando alguien es tímido; ni de bipolar cuando alguien tiene un carácter variable. Y podría seguir. Son situaciones injustas que estigmatizan todavía más a las que realmente conviven con esa característica.



     



    Foto: J. Torrents



    El primer paso debe ser un cambio de mentalidad para ser más sensibles hacia los que nos rodean. Y el uso del lenguaje va vinculado a un trato adecuado. Veamos: Hay un elemento transversal a cualquier discapacidad. De hecho, a cualquier persona. Hablo del hecho de contar con un trato adecuado, un concepto también subjetivo pero que se moldea con aquello que se llama sensibilidad y flexibilidad. Es evidente, por ejemplo, que pocas personas conocen el lenguaje de signos para comunicarse con otra con discapacidad auditiva, pero sí que podemos usar nuestra empatía para intentar entender con qué dificultad se puede encontrar. Y si no, consejo gratis, pues le preguntamos desde el respeto. Puede parecer que, de entrada, tratamos a la persona a partir de algún elemento diferenciador, pero es todo lo contrario, ya que lo que hacemos es tener en cuenta este elemento, respetarlo e intentar que no sea una barrera.



    Y ya dejo de darles la brasa, pero déjenme pedirles que no caigamos en expresiones paternalistas cuando interactuamos con personas con discapacidad. Por ejemplo, si le pedimos a alguien que rellene un formulario, al recibirlo podemos contestar los resultones y clásicos "gracias" o "perfecto, está todo bien". Si es alguien con una discapacidad (del tipo que sea, pero especialmente en casos de discapacidad intelectual) no hace falta que sobreactuemos como si fuéramos Clark Gable en Mogambo y soltemos algo parecido a: "¡Oooooh, que bien que lo has heeecho! ¡Te felicito!". Recuerden, es un formulario, no ha ganado el Tour ni Eurovisión. Igualmente, tampoco hablaremos más lentamente sin motivo (en algún caso puede que sea necesario, ojo), no lo haremos con un volumen más alto ni gesticularemos como si estuviéramos en un casting para un musical. Y porfa, porfa, porfa, traten a cualquier adulto como un adulto. No hablen a un adulto como si fuera un niño. Y una más, les juro que tengo más (amenazo con una segunda parte) pero ya paro: Cuando la persona con discapacidad (del tipo que sea, repito) va con un acompañante, no hablemos a ese acompañante refiriéndonos a la persona en tercera persona y como si no estuviera presente. Da cosilla, piénsenlo.



    Dios nos creó a su imagen, eso es el ABC de Génesis. Pero solemos empeñarnos en entender esa imagen a partir de cánones de marketing barato y de portadas de revistas. ¿Cuál es, para Dios, esa imagen? Creo que Dios nos dio, a todos, capacidad de pensar y razonar, creatividad, capacidad de relacionarnos y comunicarnos, de tomar decisiones (y decisiones morales), y de descubrir responder a Dios. Todos. Repito, todos. Insisto, todos. Reitero, todos. Todos tenemos esas capacidades, aunque algunas más desarrolladas que otras. Y esa, esa es la perfección.



     



    PD: Permítanme que acompañe este artículo con algunas fotos de este curso que hemos finalizado en Mefi-Boset (ministerio que trabaja con personas con discapacidad intelectual y sus familias desde hace, glups, 21 años). Ahí verán chicos y chicas, hombres y mujeres la mar de distintos, únicos y perfectos.


     

     


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    COMENTARIOS

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    Earendil
    17/09/2017
    00:37 h
    1
     
    Felicidades a Mefiboset Muchas gracias por su labor. Le agradezco su articulo y esfuerzo para que otras personas amen mejor a los que Dios ha dado diferentes capacidades. Que bueno que Aquel que es la Palabra, no necesite que nuestro lenguaje evolucione, sino que permita que nuestro corazón tenga nueva vida. Preciosas las fotografías y los fotografiados todavía más.
     



     
     
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