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    Amor y religión en ‘Pedro Páramo’, de Juan Rulfo

    Al cumplirse este 16 de mayo cien años del nacimiento de Juan Rulfo, nuevamente sale a la luz el reconocimiento de su breve e intensa obra

    GINEBRA VIVA AUTOR Leopoldo Cervantes-Ortiz 19 DE MAYO DE 2017 20:00 h
    Juan Rulfo Juan Rulfo

    Rulfo ha creado un mundo, una sociedad, marcados por la desesperanza, fruto de una serie de violencias que se han ejercido sobre esa comunidad. Es la violencia física encarnada en la novela por Pedro Páramo, por el propio Estado como institución que tiene abandonadas esas tierras, por una revolución en la que tantas esperanzas habían depositado los campesinos y que no les ha solucionado sus problemas; es también la violencia espiritual de la Iglesia como institución que les niega la absolución de sus pecados.[1] José Carlos González Boixo



     



    SUSANA SAN JUAN, EL AMOR PERSONIFICADO



    Al cumplirse, este 16 de mayo, cien años del nacimiento de Juan Rulfo, nuevamente sale a la luz, de manera unánime, el reconocimiento de su breve e intensa obra. El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) le bastaron para ocupar un lugar inconfundible en las letras castellanas, dado que no encontró el ánimo ni el impulso para publicar más títulos, aun cuando durante mucho tiempo se anunció que daría a las prensas una novela, La cordillera.



    Además, fue un extraordinario fotógrafo (http://juan-rulfo.com/rulfofotografo.htm) y notable traductor de poesía.[2] El primer volumen, una reunión de cuentos que le granjeó fama inmediata, por el tratamiento del medio rural. El segundo, la historia de un cacique sin alma acostumbrado a poseerlo todo y a tomarlo por la fuerza, que decide dejar morir a un pueblo, Comala. Allí, todos son hijos de Pedro Páramo, igual que en Macondo todos lo son de Aureliano Buendía.[3]



    Más allá de las lecturas mitológicas, practicadas entre otros, por Carlos Fuentes,[4] lo cierto es que la exigua narrativa rulfiana está firmemente arraigada en el entorno geográfico donde creció el autor: una región en el estado de Jalisco que durante su infancia fue escenario de la llamada “guerra cristera”, el enfrentamiento entre fuerzas federales y grupos de guerrilleros católicos azuzados por los obispos con la intención de defender sus libertades. Sin llegar al extremo de otras relecturas, ancladas en la violencia y el tremendismo, como acontece con la novela gráfica de los colombianos Óscar Pantoja y Felipe Camargo Rojas (Juan Rulfo: una vida gráfica. Bogotá, Rey Naranjo Editores, 2014),[5] visitar de nuevo el universo fantasmal de Rulfo implica un nuevo esfuerzo de adaptación a un inframundo viviente que sigue diciendo mucho desde su peculiar trasfondo.



    Comala (una combinación de los pueblos en donde creció Rulfo) y la Media Luna son espacios casi oníricos en donde transcurre una trama atravesada por el amor-odio que propicia la familia Páramo, la cual desde los tiempos de la Revolución (cuando nace Rulfo) se han apropiado de todas las cosas: tierras, casas, mujeres. Hoy, esos lugares se han vuelto sedes de una peregrinación cultural que va en busca de los personajes y que ha sido bien retratada por Virginia Bautista y Adriana Luna en un amplio reportaje.[6] Es una suerte de “geografía moral” que conduce a los visitantes por el purgatorio rulfiano del cual brotaron las voces que pueblan la novela para formar un potente coro bajtiniano cuya polifonía no deja de sobrecoger a los lectores dispuestos a armar el rompecabezas que recuerda algunos relatos de Dostoievski y ese poemario de raíz clásica que es la Antología de Spoon River (1915), del estadunidense Edgar Lee Masters.



    Pero es quizá Susana San Juan, el personaje femenino más importante de Pedro Páramo, el que mejor concentra las obsesiones del cacique casi omnipotente, pues no pudo poseerla de verdad. Ella nunca se le entregó por fidelidad al verdadero amor de su vida: “Esta novela de la voluntad de poder, de personajes que se buscan y no se encuentran para sólo reunirse en la muerte, o mejor dicho, después de la muerte, en una sutil zona rescatada al olvido, es también, y quizá más que nada, una novela sobre el amor imposible”.[7] Susana San Juan es la gran obsesión de Pedro Páramo, el amor trunco que jamás podrá ser suyo y que lo hace vivir en la desdicha más notoria hasta convertirlo en un ser monologante que no cesa en desgranar su recuerdo todo el tiempo: “Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos en cima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento”.[8]



    “Esperé treinta años a que regresaras, Susana. Esperé a tenerlo todo. No solamente algo, sino todo lo que se pudiera conseguir de modo que no nos quedara ningún deseo, sólo el tuyo, el deseo de ti. ¿Cuántas veces invité a tu padre a que viniera a vivir aquí nuevamente, diciéndole que yo lo necesitaba? Lo hice hasta con engaños” (p. 102). Y así, hasta la náusea.





    ¿Pero quién es Susana San Juan? Es por ella que Pedro Páramo ha querido convertirse en el señor de Comala, en el dios omnipotente de ese cerrado universo en el que nada se le resiste, ni los hombres, ni las mujeres, ni las bestias. El cacique vive tensamente este desesperado intento de sobrepasar su soledad, de poseer en cuerpo y alma a esa mujer que ama desde la niñez. Su pasión es la pasión terrible, destructora, del amor romántico; es la pasión de Heathcliff por Catalina, de Cumbres borrascosas. Una pasión que ha perdido su inocencia y su paraíso en cuanto ha dejado la zona de la infancia.[9]



    Pasión inagotable, Susana San Juan se convierte en un amor de resonancias teológicas, completamente, abarcadoras, epifánicas: “A centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mucho más allá de todo, estás escondida tú, Susana. Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde yo no puedo alcanzarte ni verte y a donde no llegan mis palabras”. Es la imposibilidad del amor llevada a extremos atávicos y casi mitológicos. Susana San Juan es el prototipo de la mujer inalcanzable, pero cercana, presente siempre en el espacio de la cotidianidad, pero lejana por definición. Ella es la única que ha amado de verdad en ese universo viciado en que se convirtió Comala: “Ella posee sus recuerdos, ella ha amado y por eso puede resistir sin someterse ni someter. Por eso le resbala la religión del padre Rentería, su salvación y su dios”.[10] Al momento de morir, le espeta crudamente al religioso: “…tú te ocupas nada más de las almas. Y yo lo que quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor”.



    Rafael Vargas ha vaciado en un poema las asociaciones que produce el delirio de Pedro Páramo por este personaje femenino, central para la comprensión de la obra:



    VI



    hace mucho calor



    las nubes han de estar bajas



    tú ya has de andar trepada en las ramas de algún árbol



    ya has de andar golpeando en alguna ventana



    desparramando tus flores sobre la tierra seca



    casi adivino tu boca con su miel de encarnaciones



    pródiga



    tu fino vello de hierba adolescente y frescura de paja



    como si estuviéramos otra vez en aquel verano



    otra vez cubiertos de aquellas gotas de agua



    aquellas palpitaciones



    pero son nada más los dedos de la lluvia



    sus delgados dedos tamborileando en nuestros cráneos[11]



     



    EL PADRE RENTERÍA: “¿QUÉ HAS HECHO DE LA FUERZA DE DIOS?”





    Acerca de las grandes novelas hispanoamericanas se han hecho infinidad de estudios desde todos los enfoques, uno de los cuales es precisamente el relacionado con la figura de los sacerdotes. En su amplio estudio sobre el tema, la profesora española María de las Nieves Pinillos ubica muy bien a Pedro Páramo “a caballo entre la revolución y el caciquismo” e inmediatamente menciona al Padre Rentería, como “uno de tantos que está envuelto en la voluntad del cacique, y no es capaz de romper el cerco”.[12] Las dos citas que extrae de la novela lo muestran justamente en la incapacidad de hacer frente a tal cacicazgo en medio de una reflexión teológica que lo deja dormir:



    Todo esto que sucede es por mi culpa—se dijo—. El temor de ofender a quienes me sostienen. Porque esta es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago. Así ha sido hasta ahora. Y estas son las consecuencias. Mi culpa. He traicionado a aquellos que me quieren y que me han dado su fe y me buscan para que yo interceda por ellos para con Dios. ¿Pero qué han logrado con su fe? ¿La ganancia del cielo? ¿O la purificación de sus almas? Y para qué purifican su alma si en el último momento… (p. ).



    Para Pinillos, Rentería “cree que el que Comala esté en manos de Pedro Páramo es la voluntad de Dios, pero esto significa una traición a su ministerio sacerdotal, aunque lo vive con sinceridad y pobreza”.[13] El diálogo con su confesor es aleccionador y sumamente rico para sondear en su conciencia religiosa, pues escuchará palabras que cuestionan radicalmente su trabajo y su posición luego de someterse, como lo ha hecho, a las imposiciones de Páramo. Rulfo coloca en los labios de ese otro cura toda una crítica a la práctica sacerdotal tradicional e indolente:



    Ese hombre de quien no quieres mencionar su nombre ha despedazado tu iglesia y tú se lo has consentido. ¿Qué se puede esperar ya de ti, padre? ¿Qué has hecho de la fuerza de Dios? Quiero convencerme de que eres bueno y de que allí recibes la estimación de todos; pero no basta ser bueno. El pecado no es bueno. Y para acabar con él, hay que ser duro y despiadado. Quiero creer que todos siguen siendo creyentes; pero no eres tú quien mantiene la fe; lo hacen por superstición y por miedo. Quiero aún más estar contigo en la pobreza en que vives y en el trabajo y cuidados que libras todos los días en tu cumplimiento. Sé lo difícil que es nuestra tarea en estos pobres pueblos donde nos tienen relegados; pero eso mismo me da derecho a decirte que no hay que entregar nuestro servicio a unos cuantos, que te darán un poco a cambio de tu alma, y con tu alma en manos de ellos ¿qué podrás hacer para ser mejor que aquellos que son mejores que tú? No, padre, mis manos no son lo suficientemente limpias para darte la absolución. Tendrás que buscarla en otra parte. (p. ).



    El cura Rentería escucha del sacerdote de Contla la amenaza de que lo retiren de los ministerios y se niega firmemente a absolverlo. Un diálogo así recuerda, inevitablemente, la figura de curas jaliscienses como el gran poeta Alfredo R. Placencia a quien, en efecto, castigaron por su conducta dentro y fuera de México, o la del Pater Whisky creado por Graham Greene en su gran novela El poder y la gloria. Son vidas atenazadas por el deber religioso y las inclinaciones personales tormentosas.



    Los estudiosos y críticos ligados a la teología de la liberación, como el hispano-venezolano Pedro Trigo, también han buceado en las aguas rulfianas para demostrar las características del sacerdocio enajenante y al servicio de los dominadores en América Latina. El Padre Rentería, con todo y que vive una experiencia atormentada por sus limitaciones morales, representa muy bien el dilema de los representantes de la Iglesia Católica en el Nuevo Mundo y la manera en que tuvieron que someterse, mayoritariamente, a los designios de los dueños del poder. Como comenta José Carlos González Boixo: “El padre Rentería es un ejemplo de crisis religiosa profunda. Sus dudas sobre su salvación y la de los demás es lo que le caracteriza. A diferencia de los personajes eclesiásticos que en la novela indigenista de las décadas anteriores aparecían esquematizados en su papel de opresores del pueblo, de común acuerdo con los caciques, el padre Rentería mantiene una lucha interior entre su deber con el pueblo y la concesión e su favor a los ricos. El dinero, sin embargo, como cobro por su intercesión en la salvación de las almas apenas tiene importancia frente a su drama interior”.[14]



    Del mismo segmento citado, Trigo extrajo el título del capítulo sobre el escritor mexicano: “Juan Rulfo: Pedro Páramo o ¿qué has hecho de la fuerza de Dios?” para dotar de gran intensidad su abordaje. Luego de “legalizar” cuanta fechoría ha cometido el personaje principal, así analiza este personaje:



    La pregunta que definiría la posición personal del sacerdote, su estatuto delante de Dios sería esta otra: ¿Qué has hecho de la fuerza de Dios? y es una pregunta escalofriante. Es propiamente la pregunta por la fe. Porque, ¿dónde está esa fuerza de Dios? El sacerdote lo que experimenta es la fuerza del pecado encarnado en esa situación de opresión. El pecado realmente es duro y despiadado. Ante él, la posición no puede ser la mansedumbre, no es válido clamar “paz, paz” cuando hay guerra contra el pueblo. El sacerdote, como Jesús, tiene que acabar con el pecado, tiene que vencerlo y destruirlo. Pero el cura no tiene dinero ni poder, no tiene ejércitos, ¿dónde está el poder de Dios? […] ¿Cómo no traicionar a los muchos, a los que ponen su fe en el sacerdote? Hay que buscar el camino[15]



    El monumental estudio de Trigo, al ocuparse de Rentería, quien finalmente se alza en armas al lado de los cristeros, lo aprecia como un anti-modelo (o antecedente) de personajes como el sacerdote-guerrillero colombiano Camilo Torres, con quien concluye ampliamente su análisis. Como curas alzados y que optaron por la violencia, la comparación es eficaz: “Rentería es, pues, un ser pobre, dependiente, humillado, por quien le quita la dignidad y le arrebata y destroza sus seres queridos. Camilo Torres en cambio es criollo, descendiente de próceres. Pertenece a la clase dominante. Nunca en su vida pasó necesidad”.[16] Es posible observar, con todo, que la historia latinoamericana ha contenido en germen, los dos extremos, el tradicionalismo al servicio de la sumisión sin remedio y la esperanza a veces disfrazada de violencia redentora. Lo uno por lo otro.



     



    [1] “El factor religioso en la obra de Rulfo”, en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 421-423, julio-septiembre de 1985, p. 169, www.cervantesvirtual.com/descargaPdf/el-factor-religioso-en-la-obra-de-rulfo/.





    [2] Cf. “Por qué seguir leyendo a Juan Rulfo”, en Milenio, 13 de mayo de 2017, www.milenio.com/cultura/laberinto/juan_rulfo-daniel_aguilar-jorge_comensal-ursula_fuentesberain-jonathan_minila_0_955104722.html; y José juan de Ávila, “Rilke para rulfianos”, en Confabulario, supl. de El Universal, 14 de mayo de 2016, http://confabulario.eluniversal.com.mx/rilke-para-rulfianos/





    [3] Adolfo Castañón, “Juan Rulfo” al filo del agua quemada”, en Viaje a México (Ensayos, crónicas y retratos). Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2008, p. 228.





    [4] Cf. L. Cervantes-Ortiz, “Escritura, mito y crítica. Carlos Fuentes, lector de Juan Rulfo: un acercamiento comparativo” (2001), en www.academia.edu/15608980/Escritura_mito_y_cr%C3%ADtica_Carlos_Fuentes_lector_de_Juan_Rulfo._Un_acercamiento_comparativo_2001_.





    [5] Carlos Restrepo, “Juan Rulfo, su vida en versión cómic”, en El Tiempo, www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-14837682.





    [6] V. Bautista y A. Luna, “El Juan Rulfo de todos en el centenario de su natalicio”, en Excélsior, 16 de mayo de 2017, www.excelsior.com.mx/expresiones/2017/05/16/1163713.





    [7] José de la Colina, “Susana San Juan (El mito femenino en Pedro Páramo)”, en Revista de la Universidad de México, vol. XIX, núm. 8, abril de 1965, p. 21, www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/files/journals/1/articles/8474/public/8474-13872-1-PB.pdf.





    [8] J. Rulfo, Pedro Páramo. Ilustraciones de Juan Pablo Rulfo. México, Fondo de Cultura Económica, 1986 (Tezontle), p. 18.





    [9] Ibíd., p. 20.





    [10] Pedro Trigo, “Juan Rulfo: Pedro Páramo o ¿qué has hecho de la fuerza de Dios?”, en Cristianismo e historia en la novela mexicana contemporánea. Lima, CEP, 1987, p. 239.





    [11] R. Vargas, “Susana San Juan”, en Signos de paso. México, Coordinación Nacional de Descentralización-Instituto Coahuilense de Cultura, 1995 (Los cincuenta), pp. 74-75.





    [12] M. de las N. Pinillos, El sacerdote en la novela hispanoamericana. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1987 (Nuestra América, 20), p. 182.





    [13] Ibíd., p. 182.





    [14] J.C. González Boixo, op. cit., p. 171.





    [15] P. Trigo, op. cit., pp. 238-239. Énfasis agregado. Cf. y Luis Mauricio Albornoz, “Pedro Páramo: la literatura como lenguaje teológico. Aproximación a la novela latinoamericana”, en Universidad Católica del Maule, Chile, www.ucm.cl/uploads/media/PedroParamo_La_Literatura_como_lenguaje_teologico_117_a131.pdf.





    [16] Ibíd., p. 344.




     

     


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