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    Noa Alarcón
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    ‘Stranger Things’ y el negocio de la nostalgia

    Desde promociones de Nocilla hasta páginas web y libros que se han convertido en imperios, todo lo que huela a años 80 tiene hoy su cuota de mercado. Hay algo alrededor de la nostalgia que es capaz de movilizar a la gente.

    PREFERIRíA NO HACERLO AUTOR Noa Alarcón Melchor 10 DE NOVIEMBRE DE 2016 18:25 h
    Una escena de Stranger Things.

    Aunque para gustos los colores, Stranger Things es una buena serie. Narra la extraña historia de la desaparición de Will Byers, un niño de doce años en el pueblo de Hawkins, Indiana (EE. UU.), en 1983. A la vez que él desaparece, una niña con poderes extraños aparece en el bosque cercano a la base militar que hay en las cercanías del pueblo y se esconde con los amigos de Byers. Y todo se complica cuando la madre del niño desaparecido empieza a decir que puede comunicarse con él, que le habla a través de las luces de la casa, y unos extraños señores del gobierno comienzan a recorrer el pueblo buscando a la niña, y no a Will Byers, porque ella es la clave para contener un peligro oculto que está a punto de arrasarlo todo.



    La clave del éxito de Stranger Things hay que encontrarla en varios factores. Por un lado, los hermanos Duffer (Matt y Ross), que hasta aquí no eran muy conocidos, antes de plantearse una serie plantearon una historia para cine con un desarrollo del ambiente y de los personajes muy cuidado. Como les salieron unas ocho horas de película, en vez de recortar decidieron dividir esa historia en capítulos y hacer una serie cerrada, de una sola temporada. Esa calidad de los personajes, y la acertada elección de los actores que los interpretan, es una de las claves de que se haya convertido, básicamente, en un clásico instantáneo. Mucha gente podrá tener dudas de la serie en algunos de los aspectos de su trama o de la manera de tratarlos, pero nadie duda de que la interpretación de los chavales es una de las mejores cosas que le han pasado al mundo de la televisión en lo que va de siglo.



    Por otro lado, otra de las claves del éxito ha sido, precisamente, que la serie es el paradigma de esta nueva forma de ver (y, por lo tanto, de hacer) televisión. Stranger Things la ha producido y emitido la plataforma Netflix, y no podría haber existido de ninguna otra manera.



    Netflix empezó en 1997 en California siendo un videoclub que enviaba las películas a domicilio, para acabar convirtiéndose en un gigante del streaming, es decir, de la visualización de cine y series en Internet sin necesidad de descargar el archivo. A diferencia de otras plataformas, pagando una tarifa plana mensual tienes acceso a todo su catálogo, que puedes ver tanto en el ordenador como en cualquier dispositivo móvil o Smart TV, allí hasta donde llegue la banda ancha. Y no, por mucho que lo parezca, este artículo no me lo ha patrocinado Netflix. Pero sí tengo que reconocer que su propuesta (aunque puede mejorarse) supone todo un alivio para los que queremos ver cine y televisión sin tener que recurrir a la piratería. Realmente te lo ponen fácil, y se agradece.



    El acierto de Netflix en los últimos años ha sido pasar a producir sus propios contenidos. Y, sobre todo, el hecho de que las series que produce Netflix se emiten de una manera muy diferente a como estamos acostumbrados. En la televisión tradicional tenemos que esperar una semana, y estar frente al televisor a cierta hora de cierto día para poder ver un capítulo nuevo de la serie que seguimos. Los de Netflix, sin embargo, se percataron de que esta forma de consumir televisión pertenecía a otro mundo anterior ya desaparecido, en el que todos tenían un horario laboral más o menos similar y estaban en casa más o menos a la misma hora.



    Hoy en día eso es más complicado que nunca; existen trabajos peculiares con horarios extraños, sobre todo para la gente más joven, y aun aquellos que tienen un horario tradicional y llegan a casa a una hora predeterminada tienen tal cantidad de ofertas de actividades, de películas y series que no siempre pueden seguir una serie emitida en el sistema tradicional rutinariamente. Las cadenas y productoras de televisión que se han dado cuenta de esto lo han solucionado, en gran medida, colgando los capítulos en Internet después de emitirlos por televisión, para que la gente los pueda ver en su casa en el momento que les apetezca, o que puedan.



    Pero aun así este sistema, en ocasiones, se queda corto: aun viéndolos por Internet, muchos no ven solo un capítulo, sino que apartan un tiempo y ven varios capítulos seguidos, e incluso temporadas seguidas. Ya no es la cadena de televisión la que señala cuánto de cada serie verá el espectador, sino que son los espectadores los que deciden qué cantidad de tiempo van a dedicar a cada serie. Y Netflix ha sido la primera productora en aprovecharlo: sus series no se cuelgan en su plataforma de capítulo en capítulo, sino de temporada en temporada. En el momento del estreno tienes toda la temporada a tu disposición, para que la veas como te apetezca, cuando te apetezca, sin restricciones.



    Salvo Netflix y su peculiar forma de hacer las cosas, tan osada en ciertos aspectos, nadie le habría dado a los hermanos Duffer la libertad de crear algo como Stranger Things. Porque así, de primeras, mucha gente duda de que una serie de fantasía o ciencia-ficción pueda aglutinar a tanto público a su alrededor. No tiene mucha cabida en los modelos tradicionales, ni en la forma en que las cadenas y productoras han estado haciendo televisión. Más allá del acierto de los personajes y de la forma de organizar y presentar la historia, hay otro factor que supone la clave de todo: el negocio de la nostalgia.



     





    Stranger Things, sin mucha dificultad, podría haber estado ambientado en otra época (incluso en la actualidad) y haber funcionado con muy pocos cambios. Sin embargo, los hermanos Duffer decidieron ambientarla en la profundidad de los años 80, la época en la que vivieron su infancia la generación actual que tiene el poder adquisitivo de consumir estos productos. Más allá de eso, a las generaciones más jóvenes (los propios hermanos Duffer nacieron en 1984), los años ochenta les suenan a misticismo, a oscuridad, a una época de cambios intensos y de luchas generacionales, de experimentos militares e incertidumbre tecnológica. Más o menos lo que vivimos hoy.



    Desde promociones de Nocilla hasta páginas web y libros que se han convertido en imperios, todo lo que huela a años 80 tiene hoy su cuota de mercado. Hay algo alrededor de la nostalgia que es capaz de movilizar a la gente. Tiene que ver con el reino de la infancia, que es un animal mitológico al que no se puede regresar, que solo existe en retazos de recuerdos que se activan de las formas más caprichosas. En la mayoría de personas los recuerdos que se activan tienen que ver con el descubrimiento del mundo, con las primeras experiencias, y con cosas que son, esencialmente, positivas. Y cuando el mundo se vuelve turbio, cuando la realidad duele o defrauda y ser adulto se convierte en un asco, tendemos a querer regresar a ese momento de placer que recordamos, aunque el placer que nos provoque ahora no pueda emular al primero y solo sea un simulacro. Pero nos da igual, lo preferimos, aunque su efecto sea menor.



    Siempre se ha dicho que los tiempos pasados fueron mejores; sin embargo, nunca hasta ahora (más allá del submundo de los coleccionistas especializados) se había intentado hacer negocio con ello. Sin duda también eso es un signo de los tiempos.



    Los años 80 que representan Stranger Things podrían parecernos muy lejanos aquí en Europa, e incluso lejanos para gran parte de los mismos Estados Unidos. Su paisaje, su vida cotidiana, serían diferentes a los de aquí. Pertenecen a una zona de la América profunda donde siempre se han hecho las cosas de otra manera. Pero hay algo por debajo, una corriente difícil de precisar que todos percibimos que compartimos, y por eso nos resulta familiar. Quizá sean los mismos miedos, las posibilidades que nos presentaban los avances tecnológicos domésticos, o simplemente que es una historia de preadolescentes que aún no han perdido la inocencia pero ya empiezan a distanciarse de la generación de sus padres. Mención especial merece el personaje del padre de Mike y Nancy, que aparece a lo largo de toda la serie en momentos delicados pero nunca, jamás, hace o dice nada relevante. Creo que hay que tener mucho arte para crear un personaje así que represente, de un vistazo, esa alienación y soledad que sienten los protagonistas frente a su generación anterior.



    Quizá solo sea que desde hace mucho no nos contaban, simplemente, buenas historias. Quizá eso sí que fuera, en verdad, algo que echábamos mucho de menos.


     

     


    2
    COMENTARIOS

        Si quieres comentar o

     

    JuanCarlos-Sánchez
    13/11/2016
    22:44 h
    2
     
    En muchos aspectos, para cantidad de españoles que vivimos La Transición junto con nuestro primer trabajo, amor y apertura al mundo (también a Cristo), significó algo parecido, aunque fuésemos sólo algo más mayores.
     

    DanielHofkamp
    10/11/2016
    20:30 h
    1
     
    Me encantó la serie. La nostalgia nos pega muy fuerte en esta época y se usa para vender de todo como dices, desde comida a Star Wars a lemas políticos. Por suerte Stranger Things va bastante más allá y construye unos personajes e historia sobresalientes. Destaca también para mí que trata dos temas que apenas salen en la ficción: la lealtad y la amistad.
     



     
     
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