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    Cien años de Blas de Otero

      "Su actitud ante la vida le arranca los versos más estremecedores e indudablemente estremecidos de tierra".

    EL PUNTO EN LA PALABRA AUTOR Juan Antonio Monroy 24 DE JUNIO DE 2016 07:05 h
    Blas de Otero Blas de Otero (1916-1979).

    Por generación literaria se entiende el concepto histórico por el que se trata de explicar el paso de un sistema de creencias a otro innovador y coherente. Así lo entendía Ortega y Gasset, de quien escribí la semana pasada. Desde Gonzalo de Berceo al final del siglo XII hasta el gaditano Carlos Murciano –por poner un ejemplo- nacido a la vida en 1933, España se ha honrado con generaciones de poetas que cantaron glorias a la vida, al amor, a la muerte, a Dios.



    Las generaciones de poetas que con más frecuencia se citan en nuestros días son las de 1898 y las de 1927. Pero los poetas no acabaron en España con Valle-Inclán, los hermanos Machado, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego y otros. También existió la llamada Generación de 1936, con representantes tan celebrados como Miguel Hernández, Luis Rosales, Carmen Conde, Leopoldo Panero.



    Después de la guerra civil surge hacia mitad del siglo pasado la Generación de 1950. Aquí destacan García Nieto, José Luis Hidalgo, José Hierro, Carlos Bousoño, Antonio y Carlos Murciano, Gabriel Celaya, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura en 1977, y Blas Otero, de cuyo nacimiento se cumplen ahora cien años.



    Este vasco, uno de los poetas líricos más significativos de las últimas generaciones nació en Bilbao el 15 de marzo de 1916. Cursó las primeras letras en su ciudad natal y el bachillerato en Madrid. En la Universidad de Valladolid se licenció en Derecho y en la Universidad Central cursó la carrera de Filosofía y Letras. Durante un tiempo vivió en Bilbao, dedicado a actividades propias del Derecho. Ciudadano del mundo, como le gustaba identificarse, realizó largos viajes por China, Unión Soviética, Cuba y países de Europa: Francia, Inglaterra, Italia, Suiza y otros.



    Blas de Otero se dio a conocer como poeta a los 26 años, con una breve obra titulada “Cántico Espiritual”, homenaje a San Juan de la Cruz. Su segundo libro, “Ángel fieramente humano” apareció en Madrid en 1950. Con este libro los críticos literarios descubrieron a un poeta muy personal, hondo y de una gran fuerza lírica. Entonces se dijo que “Ángel fieramente humano” constituía “uno de los libros más interesantes de poesía publicados en España en los últimos años”.



    Además de los dos mencionados, Blas de Otero publicó otros diez. Torrente Ballester dijo de él que “su actitud ante la vida le arranca los versos más estremecedores e indudablemente estremecidos de tierra”. Toda la obra del poeta vasco supone un canto comunitario no sólo por su temática sino por dirigirse a la mayoría, concepto con el que se enfrentaba a la actitud aristocratizante representada “por la inmensa minoría” de que hablaba Juan Ramón Jiménez.



    Especialmente en su primera etapa, antes de derivar casi exclusivamente a lo social, Blas de Otero, creyente católico, ahondó en el tema religioso,pero no tan desesperadamente como su compatriota Unamuno. Otero escribió de sí mismo: “en el ámbito de lo religioso puede ocurrir que nos encontremos con poemas que se mueven dentro de la religión, o fuera, o contra ella. En mi obra creo que se dan todas estas facetas”.



    El poeta sabe que estamos, como las islas, rodeados de Dios. El barco que nos libera del agua lleva escrito en el frontal de proa la palabra muerte. Pero se trata de una nave comandada por Dios. En el poema “La tierra”, Blas de Otero escribe:




    De tierra y mar, de fuego y sombra pura,



    esta rosa redonda, reclinada



    en el espacio, rosa volteada



    por las manos de Dios, ¡cómo procura



     



    sostenernos en pie y en hermosura



    de cielo abierto, oh inmortalizada



    luz de la muerte hiriendo nuestra nada!



    La Tierra: girasol; poma madura.



     



    Pero viene un mal viento, un golpe frio



    de las manos de Dios, y nos derriba.



    Y el hombre, que era un árbol, ya es un río.



     



    Un río echado, sin rumor, vacío,



    mientras la Tierra sigue a la deriva,



    ¡oh Capitán, mi Capitán, Dios mío!




     



    La muerte. Siempre la muerte. Tormento eterno de los poetas. Miedo aterrador al traspaso de frontera. El miedo a morir que llegó a desequilibrar mentes como las de Miguel de Unamuno, Valle-Inclán, Rubén Darío, Pablo Neruda, Amado Nervo, José Luis Hidalgo, decenas, centenas, miles más en todas las edades y en todos los países. La muerte está tan cerca de nosotros como el botón de la ropa en que está cosido. Pero, según leemos, parece ser que está más cerca del botón que cierra la prenda del poeta.




    Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte



    al borde del abismo, estoy clamando



    a Dios. Y su silencio, retumbando,



    ahoga mi voz en el vacío inerte.



     



    Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte,



    despierto. Y noche a noche, no sé cuando



    oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando



    solo. Arañando sombras para verte.



     



    Alzo la mano y Tú me la cercenas.



    Abro los ojos: me los sajas vivos.



    Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.



     



    Esto es ser hombre: horror a manos llenas.



    Ser –y no ser- eternos fugitivos,



    ¡Ángel con grandes alas de cadena!




     



    Si atendemos al Cristo de San Pablo, la muerte entró en el mundo por un hombre. Ese hombre fue la primera criatura de Dios. Luego la llave de la muerte, como la llave de la vida, sólo están en las manos del Eterno.  Blas de Otero lo intuye, lo interioriza en el corazón y lo exterioriza en el poema titulado “Salmo por el hombre de hoy”.




    Salva al hombre, Señor, en esta hora



    horrorosa, de trágico destino;



    no sabe adónde va, de donde vino



    tanto dolor, que en sauce roto llora.



    Ponlo de pie, Señor, clava tu aurora



    En su costado, y sepa que es divino



    despojo, polvo errante en el camino;



    mas que tu luz lo inmortaliza y dora.



     



    Mira, Señor, que tanto llanto, arriba,



    en pleamar, oleando a la deriva,



    amenaza cubrirnos con la Nada.



     



    ¡Ponnos, Señor, encima de la muerte!



    ¡Agiganta, sostén nuestra mirada



    para que aprenda, desde ahora a verte!




    La voz de Blas de Otero, enraizada en la tierra que también pisaron Pío Baroja, Gabriel Celaya, Miguel de Unamuno y otros vascos ilustres, constituye una de las revelaciones poéticas de mayor hondura en la generación literaria de postguerra. De sus versos recibimos un nuevo modo de estar en el mundo. Otro gran poeta, Dámaso Alonso, emite este juicio en su obra “Poetas españoles contemporáneos”. “La poesía de Blas de Otero es quizá la que más me ha conmovido en estos últimos años”. Y sigue conmoviéndonos.


     

     


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