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Sanador y liberador de la pobreza

Retazos del evangelio a los pobres (XIX)

“Cuando él los vio les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados”. Lucas 17:14. Texto completo en Lucas 17:11-19.
DE PAR EN PAR AUTOR Juan Simarro Fernández 25 DE ENERO DE 2011

Es extraño que en algunos movimientos denominacionales religiosos o confesionales, se haga tanto hincapié en la sanidad y en los milagros, se hagan cultos de sanidades, se impongan las manos para sanar y tengan todo un ritual que atrae a los enfermos para ser curados y, por otra parte, se olviden de los pobres de la tierra. En Jesús, la rehabilitación del hombre se da tanto en el caso de enfermedad como en el de pobreza o marginación. Todo parecía parte de un mismo intento de sacar al hombre sufriente de su situación para liberarle. Esto se ve en el caso de la sanación de los diez leprosos, en el del ciego Bartimeo, que mendigaba en los caminos, y en muchos otros de los milagros sanadores de Jesús.

Muchos de los pobres que rehabilitó Jesús eran enfermos y muchos de los enfermos que liberó eran pobres. Jesús no era un sanador, sino un restaurador, rehabilitador y liberador del hombre sumido en la infravida, fuere cual fuere el motivo de su marginación y sufrimiento. Ofrecía vida abundante, plenitud de vida en todos sus aspectos.

En la época de Jesús, pobres y enfermos formaban un conjunto de marginados y excluidos, de culpabilizados por los religiosos como si fueran ofensores de Dios mismo. Entre los pobres más pobres estaban los enfermos: parados, mendigos por necesidad absoluta, mal mirados y vistos bajo el prisma de la maldición divina. Los enfermos eran los grandes abandonados en la época de Jesús. Cuando se habla de los pobres en la concepción del Evangelio, hay que pensar que los enfermos están dentro de este grupo.

Por tanto hay que decir a los que desean seguir al Maestro en estos aspectos sanadores o de búsqueda de milagros, que el concepto sanador de Jesús no era estrictamente biológico. Sus actos sanadores están, en la mayoría de los casos, en la línea de liberación de los pobres. Pobres y enfermos formaban un conjunto inseparable, un colectivo por el cual Jesús se preocupa y dice, de forma expresa, que el Evangelio que trae es para ellos, para los pobres. Único colectivo específico nombrado por Jesús como destinatarios de su Evangelio.

Si leemos el programa de Jesús, su declaración programática, que presenta en la sinagoga leyendo el libro del profeta Isaías, cuando habla de que el Señor le ha ungido para dar Buenas Nuevas a los pobres, se comprueba que este concepto “pobre” lo monta en paralelo al de sanación de quebrantados, cautivos, ciegos, oprimidos…, o sea, el concepto de pobre está en paralelo con todos esos colectivos, así como el de los débiles, los pequeños, los mínimos.

Así, su Evangelio liberador era para pobres, enfermos, oprimidos, débiles, pequeños, mínimos, despreciados, proscritos, quebrantados, cautivos… Todos forman un conjunto inseparable. Es una mutilación bíblica el fijarse en las sanidades biológicas, en los milagros que afectan a las enfermedades del cuerpo y olvidarse del resto de colectivos sufrientes del mundo.

Si en muchos casos Jesús se acercó y tocó a los enfermos, en este caso concreto de los diez leprosos, éstos les gritan desde lejos. Él les responde con imperativos, teniendo en cuenta que los sacerdotes, según la ley en el libro de Levítico, eran los que debían comprobar que el enfermo estaba curado y permitirles que se reintegraran a la sociedad. El imperativo fue el siguiente: “Id, mostraos a los sacerdotes”, frase que anunciaba la posibilidad de sanidad e integración social.

Lo sorprendente es que los enfermos obedecen ante la autoridad de Jesús y, aún con sus carnes y pieles enfermas, se ponen en camino para mostrarse a los sacerdotes. Se dirigen hacia los sacerdotes estando aún enfermos. Una vez más se muestra la disponibilidad de los pobres a seguir las directrices del Maestro. Los pobres no se salvan ni se sanan por el hecho de ser pobres, pero son bienaventurados por esa disponibilidad que muestran en tantas ocasiones de la vida y enseñanza de Jesús, una disponibilidad de no rechazo del Evangelio. También en la parábola del banquete del reino, ninguno rechaza la invitación a dicho banquete, aunque incluso se les fuerza a entrar, mientras que muchos integrados ponen excusas y se quedan fuera.

Los pobres leprosos comienzan a andar hacia los sacerdotes con su enfermedad y maldición humana encima. No pusieron excusas, se pusieron en camino confiando en la palabra de Jesús. El problema de hoy, para que milagros e integración social de los pobres sean posibles, es que necesitamos ver para creer. Los leprosos no vieron, pero cargados de su enfermedad se pusieron en marcha cargados de su lepra y de su pobreza y exclusión. Se sanaron mientras obedecían sin haber visto todavía el milagro. También en la sanidad integradora de los pobres hay que marchar en fe, aunque aún no hayamos visto los resultados. Hay que ponerse en marcha.

Otro elemento curioso de la parábola, es que, al verse sanos, ninguno de ellos volvió a dar las gracias a Jesús, excepto un extranjero despreciado. Siempre aparece el elemento débil, el despreciado, el no valorado y discriminado, el marginado o excluido. En este caso era un samaritano con el que los judíos ni siquiera se hablaban. Jesús toma el elemento débil como ejemplo fuerte ante los demás. Es una constante bíblica.

“¿Dónde están los otros?”, preguntará Jesús como en un lamento. ¿No hubo quien volviese? Y vemos de nuevo un elemento que avala nuestro posicionamiento de que a Jesús no le interesaba la mera sanidad física, biológica, sino la integral. Sanidad, integración social y algo que completaba la sanidad integral: la oferta de salvación: “Tu fe te ha salvado”. Sanidad integral, liberación completa. Jesús reconstruye al hombre entero. Salva al hombre de forma integral en su aquí y su ahora… y para la eternidad.

Así, los actos de sanidad de Jesús deben ser entendidos como una reacción frente al desamparo, la condena moral por parte de los que se consideran más puros, una reacción frente al desamor del hombre ante su prójimo más débil, una reacción frente a la pobreza y la exclusión, una lucha contra la marginación, la injusticia y la opresión. Estos milagros son parte del Evangelio a los pobres que nos trajo Jesús… para darnos ejemplo y mostrarnos líneas de actuación comprometida con los débiles del mundo.


Artículos anteriores de esta serie:
 1El evangelio a los pobres: retazos 
 2El rico y Lázaro 
 3Los pobres, Moisés y los profetas 
 4Todo en el cielo y todo en la tierra 
 5Ricos inquietos y ricos satisfechos 
 6El deber del siervo 
 7Siervos inútiles somos 
 8El examen del juicio global 
 9La omisión de la ayuda 
 10Cuando oramos con nosotros mismos 
 11Fariseos, el ritual y el prójimo 
 12Evangelio, fariseísmo y humildad 
 13Precedente del cántico de María 
 14El cántico de María 
 15Sin lugar en el mesón 
 16Oidores y hacedores 
 17Jesús y el nuevo orden de valores 
 18Enfermedad y pobreza 
 

 


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