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Juan Antonio Monroy
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Agar, madre e hijo en el desierto

Agar es el cuadro de la criada dócil y obediente, mujer débil que a causa del descontento de su señora es llevada a morir en un desierto.

ENFOQUE AUTOR Juan Antonio Monroy 20 DE NOVIEMBRE DE 2019 10:15 h
Abraham despide a Agar e Ismael, un cuadro del siglo XVI de Jan Mostaert. / Wikimedia Commons

Francis Beaumont, comediógrafo inglés del siglo XVII, quien escribió sus obras en colaboración con su paisano y amigo John Fletcher, también dramaturgo, dice en el libro Poema Original lo siguiente: “Los hombres no son ángeles ni tampoco son bestias. Alcanzamos a ver algunas de sus cosas, pero no podemos verlas todas”.



Aquí, en esta definición, sitúo yo a Abraham.



Llevo 60 años leyendo, estudiando y exponiendo la Biblia. Conozco todo lo que la Escritura dice de éste llamado padre de los creyentes tanto en el Antiguo Testamento como en las referencias del Nuevo.



Sé que es una de las figuras más relevantes de la Biblia. Sé que con Sem y Noé forma los primeros anillos de la revelación divina. Sé que Dios lo visitó en su tienda y lo declaró padre de naciones. Sé que se le considera padre del pueblo supuestamente elegido. Sé que tuvo el privilegio de que Dios mismo le cambiara el nombre de Abram en Abraham. Sé que Dios lo libro de muchos peligros. Sé que tuvo el valor de salir al frente de un ejército de 318 hombres para salvar a Lot. Sé que Dios le prometió darle por heredad la tierra de Canaán. Sé que todo el pueblo árabe lo venera al considerarlo padre de los ismaelitas a través de su primogénito Ismael. Sé que por fe estuvo dispuesto a sacrificar a su segundo hijo, Isaac. Sé que Dios le permitió vivir 175 años. Sé que Lucas llama al paraíso el seno de Abraham. Sé que libros del Nuevo Testamento alaban la figura de Abraham en Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Hechos, Romanos, Gálatas, Hebreos y Santiago.



Todo esto lo sé, y más cosas; sé que en vida de Sara tuvo varias concubinas (Génesis 25:6). Sé que muerta Sara a la edad de 127 años y siendo él de 137 contrajo nuevo matrimonio con Cetura, con la que tuvo seis hijos (Génesis 25:1-2), además de Ismael, Isaac, y los que tuvo con sus concubinas.



Hombre fuerte el señor Abraham. Lo respeto y lo acepto porque está en la Biblia. Y ante la revelación divina, chitón. Pero como hombre, nunca me ha gustado ni me gusta Abraham. No da la medida según yo creo.



No es normal que un hombre esté dispuesto a permitir que un rey llegue a tener relaciones sexuales con su esposa a cambio de salvar la vida y de regalos. El erudito católico Maximiliano García Cordero, antiguo profesor de exégesis y de Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Salamanca, juzga así el caso: “La conducta de Abraham es la de un beduino ladino y egoísta. Sara es llevada al harén del faraón, y Abraham recibe regalos a cambio de su supuesta hermana”. (En Biblia Comentada. Profesores de Salamanca, Madrid 1967. Tomo I, página 179).



La ignominia se repite años después. Es poco hombre el que engendra un hijo a la criada y al crecer el niño deja a él y a su madre en medio de un desierto. Aún cuando creyera estar cumpliendo la extraña voluntad de Jehová y confiara en que el mismo Jehová los protegería. Habría que dar la razón al vasco Pío Baroja: “El hombre es un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo”.



En la vida de Abraham, Sara es la esposa privilegiada que asegura a su hijo todos los derechos hereditarios y patriarcales. En tanto que Agar es el cuadro de la criada dócil y obediente, mujer débil que a causa del descontento de su señora es llevada a morir en un desierto.



Agar no era hebrea. Era egipcia. La opinión unánime de quienes escriben sobre ella es que formaba parte de los regalos que el faraón de Egipto hizo a Abraham cuando éste dijo al gobernante que Sara era su hermana, no su esposa. Comentaristas del Génesis coinciden en que Agar era mujer hermosa, de serena belleza, poseedora de la gracia que proporciona un atractivo físico.



La vida suele ser menos feliz cuando va acompañada de la impaciencia. La hermosa Sara, deseada hasta por los emperadores egipcios, era estéril. Un día cualquiera, cuando ya le preocupaban los años en su calendario vital dice a su marido que Dios le ha impedido tener hijos y ella quiere al menos uno.  ¿Vale decir pobre Dios? Lo culpamos de todos nuestros traumas, siendo Él inocente.



Sara encuentra remedio, mal remedio, en una de las mujeres que tenía más cerca: la bella Agar. Y dice a su marido: “Acuéstate con ella, hazle un hijo y será el hijo que yo no puedo darte”.



Abraham no puso objeción alguna. ¡Menuda oferta! ¿Qué habría ocurrido si hubiera dicho que no, que no podía, que enamorado de ella le era imposible estar con otra mujer? No lo hizo. Al fin y al cabo, hombre como los demás, como todos. Por otro lado, si hubiera dicho que no, los árabes no tendrían hoy la referencia de un padre en el árbol genealógico. El apunte bíblico es escueto: “Él se llegó a Agar, la cual concibió” (Génesis 16:4). ¿Concibió desde la primera noche o hubo más visitas de Abraham al dormitorio de Agar o de Agar al dormitorio de Abraham?



Los episodios de Agar corresponden perfectamente a la época en que se sitúan. El Código de Hammurabi, colección jurídica redactada por Hammurabi, soberano de Babilonia entre los años 1792 y 1750 antes de Cristo, valioso documento citado continuamente por especialistas en la interpretación de la Biblia, establecía que una esposa estéril podía entregar a su marido una criada, pero los hijos habidos tenían derecho a heredar como si fueran de la propia esposa.



En contra de Agar hay que constatar que después de dar a luz un niño, al que pone el nombre de Ismael, no se mostró tan grande como lo exigía la dignidad a la que había sido elevada. Viéndose más feliz que su señora la miraba con desdén. Lo dice la Biblia: “Cuando vio que había concebido la miraba con desprecio” (Génesis 16:4). Ocurrió lo que tenía que ocurrir. Peleas de mujeres. Y el hombre en medio. Celosa y furiosa, Sara culpa al marido: “Yo te di mi sierva por mujer, y viéndose encinta, me mira con desprecio” (Génesis 16:5). Abraham, retratado aquí como hombre débil, falto de autoridad, claudica y dice a Sara: “tu sierva está en tu mano; haz con ella lo que bien te parezca” (Génesis 16:6). Tímido Abraham. Medroso y miedoso. Aún cuando por ley Agar era también esposa suya, él se quita de en medio. En su defensa: ¿qué podía hacer el hombre cuando la esposa le culpaba continuamente de lo que ella misma era culpable?



El fuego estaba ya encendido en aquella casa. La guerra entre las dos mujeres, declarada.



Nace Ismael.



Después nace Isaac.



Los niños crecen juntos. Otra vez la guerra. La quisquillosa Sara cree que Ismael se burla de Isaac. Sólo eran peleas y juegos de niños. La verdad era que no aguantaba más a Agar. Y ordena al sumiso esposo: “echa a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con Isaac mi hijo” (Génesis 21:9-10).



¡Te retrataste, Sara! Ya no era cuestión de celos entre dos mujeres, ni afligida por las burlas de juego entre los niños. Le preocupa lo material, la herencia, el dinero, los títulos. La mujer no había leído a San Pablo, quien escribió que el amor al dinero es la raíz de todos los males.



Desde el versículo 12 al 21 en el capítulo 21 de Génesis aparece un nuevo protagonista: Dios. Según se lee, Dios estaba al tanto de todo lo que ocurría y lo controlaba. Por tanto me veo obligado a guardar silencio. Pero desde el punto de vista humano, juzgando la historia de cielo abajo, pegado a la tierra, me rebelo ante la actitud de Abraham. El hombre “se levantó muy de mañana, y tomó pan, y un odre de agua, y lo dio a Agar, poniéndolo sobre su hombro, y le entregó el muchacho, y la despidió. Y ella salió y anduvo errante por el desierto de Beerseba” (Génesis 21:14).



Al margen de los planes divinos, lo digo una vez más, no me gusta el hombre que abandona en pleno desierto a la mujer con la que había vivido maritalmente y al niño que había tenido con ella.



El final de la historia es conocido. Dios interviene por medio de un ángel y salva de la muerte a la madre y al hijo.



Cuando Ismael hubo llegado a los treinta años Agar le dio por esposa una mujer egipcia. Desde ese instante no aparece más en el Antiguo Testamento.



La existencia de Agar, sirvienta y mujer del padre de los creyentes, es elevada a la altura de tres religiones. Esposa de segundo orden y madre en la esclavitud, es venerada por cristianos, judíos y musulmanes. A su hijo, Ismael, Dios promete hacer de él una nación fuerte (Génesis 17:20). Tuvo doce hijos, está considerado padre del pueblo árabe, Mahoma lo colocó a la cabeza de su genealogía. Actualmente es venerado por dos mil millones de musulmanes que siguen a Ismael en todo el mundo. Dios cumplió las misericordias prometidas a Isaac y a Ismael. Dios siempre cumple. A Dios lo hacen malo los hombres y también las mujeres. Pero Dios es bueno.


 

 


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COMENTARIOS

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Earendil
26/11/2019
00:09 h
2
 
Para alcanzar la profundidad del pensamiento y disposiciones de Dios hay varias cosas muy extrañas en la Escritura...la marca de Cain entre otras...En el caso de Ismael es terrible darse cuenta que Mahoma usó esa bendición de Dios para el hijo de la carne (no el de su Promesa) para devolver la afrenta de su expulsión de la familia de Abraham...miles de años después!!! E Ismael no ha parado de hacer la guerra a Isaac desde ese día!! Dios quiera que vuelva a unirlos algún día en Cristo!!!!!
 

Marc
23/11/2019
06:57 h
1
 
Que buen articulo, que sabiduría tiene usted nono querido, saludos afectuosos desde el otro lado del Atlántico, la Patagonia. Me ha ilustrado sobre este episodio en un rato de lectura haciéndome mejor cristiano. Dios lo bendiga mucho más.
 



 
 
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