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    Lidia Martín
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    Maternidad: una experiencia personal

    No es la maternidad el foco de la opresión, sino el hecho de que se usara como elemento de coacción y presión.

    SENECA FALLS AUTOR Lidia Martín 20 DE NOVIEMBRE DE 2019 09:30 h
    mujer con hijo en brazos a la orila del mar Daiga Ellaby, Unsplash

    Empezaré diciendo que me sorprendo a mí misma escribiendo sobre este tema, porque nunca me he detenido concienzudamente en hacer una deliberación demasiado sopesada sobre lo que tiene que ver con la maternidad.



    No ha sido para mí un tema obsesivo, ni recurrente. Tampoco soñaba con ello de niña, como quizá a otras mujeres les pasa, ni me visualizaba de mayor siendo una mamá, o acariciando la idea de familia como proyecto de vida.



    Me entretenía mucho más jugar con camioncitos de bombonas de butano, coches de carreras y juegos de construcción de todo tipo. ¡Ahí era plenamente yo! Lo otro, simplemente, no me representaba en aquel momento, ni lo hizo durante mucho tiempo, aunque luego cambiara de etapa e intereses en la vida.



    No sorprenderá a nadie, entonces, que no me considere especialmente “madraza” según algunas personas entienden el término, y reconozco que voy más bien tirando a “justita” de instinto maternal en líneas generales, si se me compara con un buen número de madres que lo desbordan ampliamente por los cuatro costados.



    Si soy del todo honesta, creo recordar que el único arrebato de instinto maternal como tal que tuve verdaderamente es el que se concretó en mi hija hace más de catorce años. No sé si se puede querer más a alguien de lo que yo la quiero a ella.



    Pero, a partir de aquel desbarajuste hormonal, me atrevería a llamarle al proceso posterior que se ha producido simplemente “maternidad responsable”, aunque no arrebatada del instinto que se esperaría, quizás.



    Lógico, por otra parte, porque me sé más racional que emocional, aunque las emociones tienen una parte muy importante en mi vida. Aquella parte instintiva empezó, terminó, y dio lugar a algo más sosegado y aséptico de lo que a veces observo alrededor.



    Así las cosas, lo resumiría en que la quiero, la cuido, la educo, me relaciono con ella a distancias variables... pero no nos absorbemos mutuamente, crecemos con cierto espacio de separación la una de la otra y nos achuchamos también como las que más cuando toca.



    Unas cuantas de cal, y otras cuantas de arena, en definitiva, porque la vida es así también.



    En todo ese tiempo se ha procurado una relación bastante independiente para ambas (en cada momento, según su nivel) y creo que las dos también hemos salido beneficiadas por ello.



    Desconozco si ella querrá ser madre alguna vez, pero reconozco que me agrada ver que, ni se obsesiona con ello, ni se cierra tampoco. Porque sigo pensando que buena parte de la virtud se encuentra en el equilibrio. Y porque creo que aunque la maternidad es increíble, ciertamente hay que tenerlo muy claro y estar preparado para ello. Ser padres siempre fue y será una tarea para valientes y generosos, dispuestos a mirar más allá de sí mismos y sus propias inclinaciones y necesidades.



    Soy consciente – y he descubierto que para afrenta de muchos por el camino, que se echan las manos a la cabeza- de que tengo una inclinación maternal prácticamente del tamaño justo que mi hija ocupa y quizá un poquito más, para responder a algunas nuevas situaciones que se han incorporado a mi vida en el último tiempo y por las que me considero más que afortunada.



    Si hay que elegir entre darse de más o darse de menos, me propongo escoger la primera, sin duda. Pero hasta ahí puedo leer. No suelo coger en brazos a los bebés de mis amigas y tampoco me ofrezco como canguro, aunque quizá debería hacerlo más por echarles una mano, y no limitarlo a mi disfrute personal.



    Me da una especie de calambre por el cuerpo al pensar en lo que podría ser volver a estar embarazada alguna vez y, de hecho, he sido y soy bastante proactiva para evitarlo. Así que, cuando añadido a esto, me atrevo a expresarlo en voz alta, no debo ser de las que se propondrían para “Madre de Año”, seguramente.



    No me enorgullezco de nada de esto especialmente, créanme. Se me ha mirado como bicho raro muchas veces, pero no puedo renunciar a la realidad de que esa soy yo, o más bien es mi tendencia natural, por políticamente incorrecta que parezca o sea frente a algunos.



    Pero por otra parte, en estos tiempos que vivimos, en que feminismo parece haber mutado en general hacia formas mucho más radicales y, a veces, violentas y ofensivas, bajo un intento por vengar afrentas pasadas y presentes (aunque agradecería que no lo hicieran en mi nombre, gracias, al menos sin mi permiso expreso y bajo ciertas conductas que no suscribo), queda muy bien reconocer cosas como las anteriores, porque implican una dimensión independiente de la mujer en que la maternidad no está bajo la sospecha de ser un mecanismo patriarcal de control sobre una. Es decir, algunas personas me miran “raro”, pero otras me aplauden, y de verdad que no espero ni lo uno, ni lo otro. Solo describo lo que veo.



    Cuando una se expresa con fuerza para reconocerse libre e independiente de los cánones que nos han aprisionado durante siglos, cierta sección de los nuevos vigilantes de la libertad se relajan.



    Dicho de otra forma, cuando una no sueña desde niña con la maternidad, no condiciona su formación y profesión por ella, educa para la independencia de sus hijos y sigue adelante con una vida plena en estímulos y libertades que van más allá del ámbito familiar, es más fácil tener claro que esa mujer ha hecho de la maternidad una forma más de expresión de su libertad personal, pero no su soga al cuello: es madre porque quiere, y nada en su currículum hace dudar de lo contrario. Por supuesto habrá quienes quieran seguir dudando de esto y verán la maternidad como una ofensa en sí misma, pero allá cada cual.



    Porque no es la maternidad el foco de la opresión, sino el hecho de que se usara como elemento de coacción y presión. Desplazamos la responsabilidad y las culpas fácilmente del agente (los opresores y opresoras) al elemento utilizado para ello. Y nos seguimos equivocando, creo.



    Dicho todo lo anterior, es simplemente contexto para aclarar lo que voy a expresar a partir de ahora, y es que quiero romper hoy, porque creo que es justo e igualmente loable, una lanza a favor de aquellas mujeres que, sí, efectivamente llevan soñando con la maternidad desde niñas y no, como algunas otras piensan, haciéndole un guiño a un sistema patriarcal que en muchas ocasiones ni siquiera saben que existe como tal. A lo que obedecen es a su propia inclinación personal a la que no quieren ni deben renunciar, porque no les da la gana.



    Seguiré la próxima semana: "Maternidad más libre, personas más justas"


     

     


    2
    COMENTARIOS

        Si quieres comentar o

     

    Earendil
    26/11/2019
    00:20 h
    2
     
    Muy bueno. Gracias Lidia. Me ha recordado usted a mi madre y eso que ella es de otra generación. Criada en iglesias evangelicas desde la niñez...con toda la presión social y religiosa para ser madre , lo fue de cuatro niños, y por su decisión en comunión con la de mi padre, por amor y por la alegría que les trajo, no por esas presiones. Y aún así nunca escondió que no tenía mucho instinto maternal "lo justo para vosotros cuatro y gracias".Dios sabe que eres la madre de cada año de tu hija, Lidia
     

    Angel
    20/11/2019
    18:41 h
    1
     
    Las cosas, en su debido y justo lugar; ni más, ni menos. Gracias Lidia Martín. Saludos. (A. Bea)
     



     
     
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