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Juan Antonio Monroy
 

La risa de Sara

La suya fue una risa secreta, pero ante los ojos de Jehová no existen los secretos.

ENFOQUE AUTOR Juan Antonio Monroy 13 DE NOVIEMBRE DE 2019 09:30 h
Abraham y los tres ángeles. Cuadro anónimo con Sara a la puerta de la tienda. / Museo del Prado

El literato y autor dramático alemán Teófilo E. Lessing hace esta pregunta en Mimma von Barnhelm: “¿Es que no se puede estar serio riendo?”.



Por vez primera en el Génesis se propone lo que se cree una aparición de Jehová en figura humana.



Hacia la hora del mediodía Abraham está sentado a la puerta de su tienda en Mamre. Llegan tres hombres misteriosos. La teofanía quiere que uno de ellos sea Jehová.



Los tres hombres son invitados a la tienda.



Abraham prepara un gran banquete.



Por propia ciencia los huéspedes conocían la existencia de Sara y preguntan dónde estaba. “Aquí, en la tienda”, responde el patriarca.



En realidad Sara estaba escuchando tras la puerta.



El huésped que lideraba la conversación afirmó: “Sara tu mujer tendrá un hijo”.



Sara tenía 90 años. “Le había cesado ya la costumbre de las mujeres”. Y le vino la risa (Génesis 18:12).



Reír es más humano que llorar. La risa, como la flor, está bajo la influencia del clima y del momento.



La suya fue una risa secreta, pero ante los ojos de Jehová no existen los secretos.



Ella no lo sabía. Los veía como simples hombres. Malo es negar la verdad, aún cuando la confesión infunda algún temor.



¿Por qué se escribe tanto sobre la risa de Sara y nada se dice de la risa de Abraham? Porque el marido también rio. Según Génesis 17:17 cuando los huéspedes anuncian el nacimiento de Isaac “Abraham se postró sobre su rostro y se rio”.



Tengo mis dudas: la risa de Sara ¿fue por el anuncio de la maternidad sólo o también por la posibilidad de una relación sexual? Porque con sus 90 años a cuesta pregunta: ¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo? (Génesis 18:12).



Diccionario de la Lengua Española. “Deleite, placer sexual”.



Jean-Jacques Rousseau; filósofo suizo: “Si quitáis a los corazones el deleite sexual le quitareis el encanto de vivir”.



Es llegado el momento de un breve bosquejo biográfico de Sara. Aunque datos, fechas y números suelen ser fríos, procuraré que entren en calor. Calor literario. Redacción amena. Lectura agradable. El sólo intento ya es digno de agradecimiento por parte del lector.



Al igual que Abraham, su marido, se cree que Sara era descendiente de Sem, hijo mayor de Noé. Nació unos ocho siglos antes de la guerra de Troya. La boda tuvo lugar en Ur, ciudad próspera en la Baja Babilonia, a orillas del río Éufrates, que posteriormente se conocía como Ur de los Caldeos. Aquí proliferaban las divinidades imaginarias; se adoraba al sol y a los astros. Queriendo Jehová sacar al matrimonio de aquel lugar idolátrico, dijo un día a Abraham: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Génesis 12:1). Dulces y prometedoras palabras del Eterno, augurando protección y prosperidad.



La pareja salió para ir a tierra de Canaán, y a tierra de Canaán llegó (Génesis 12:5). Abraham tenía entonces 65 años y Sara diez menos. Desde los campos de Siquem, donde al principio se establecieron, marido y mujer se dirigieron a Egipto a causa del hambre que desolaba el país de Canaán.



En tierras del faraón tuvo lugar un episodio sin incidentes, pero que pudo haber derivado en drama e ignominia. Aunque Sara ya no era joven, su cuerpo no había sufrido aún los ataques del tiempo. Era una mujer hermosa, de belleza que deslumbraba a los hombres. Y aquí claudicó Abraham. Tuvo miedo de que los poderosos decretaran su muerte para obtener a Sara. Con genuina simplicidad le dijo: “conozco que eres mujer de hermoso aspecto, y cuando te vean los egipcios dirán: su mujer es; y me matarán a mí, y a ti te reservarán la vida. Ahora, pues, di que eres mi hermana” (Génesis 13:11-13).



¿Mintió Abraham? A medias. En realidad era tío de ella. Entre los hebreos de aquellos tiempos los títulos de hermano y hermana designaban diversos grados de parentesco. Por otro lado, no se mata a un hombre para quitarle una hermana, mientras que para robarle la esposa la historia está llena de ejemplos de hombres que han matado a otros.



Al entrar el matrimonio a Egipto “los egipcios vieron que la mujer era hermosa en gran manera. También la vieron los príncipes de Faraón, y la alabaron delante de él; y fue llevada la mujer a casa de Faraón” (Génesis 13:14-15).



La hermosa Sara fue separada de su marido y conducida al palacio de Faraón. A causa de Sara Abraham fue tratado con la mayor consideración. El Faraón le regaló valiosos presentes: ovejas, vacas, asnos, siervos, criadas, asnas y camellos” (Génesis 12:16). 



Nada pasó. No hubo cama ni relación sexual. Jehová intervino a tiempo e hirió al Faraón. Éste, de buenas maneras, reprochó a Abraham: “¿Qué es esto que has hecho conmigo? ¿Por qué no me declaraste que era tu mujer? ¿Por qué dijiste: Es mi hermana, poniéndome en ocasión de tomarla para mí por mujer? Ahora, pues, he aquí tu mujer; tómala y vete” (Génesis 12:18-19). 



A Maximiliano García Cordero, antiguo profesor de Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Salamanca, no le parece decente la actitud de Abraham. Dice: “Para salvar su vida quiere que su esposa pase por hermana y no le preocupa que sea deshonrada. Estaba antes su vida que el honor de Sara. Por eso la conducta de Abraham es la de un beduino ladino y egoísta”.



San Agustín justifica al patriarca. Dice que ponía en Dios su confianza. Creía que la Providencia divina velaba siempre sobre él.



En otra historia más triste que alegre es Sara la que actúa de manera censurable.



Queda dicho que era estéril antes de concebir a Isaac por intervención divina. Perdida la esperanza de ser madre propone a su marido que posea sexualmente a Agar, la criada egipcia. Ella era estéril. Abraham no. Agar queda embarazada y da a luz un niño al que ponen por nombre Ismael. Pasan los años. Nace y crece Isaac. También Ismael. Como todos los niños a esas edades, Isaac e Ismael discuten, se enfadan, se reconcilian. Sara utiliza este argumento para exigir a Abraham que eche de la casa a Ismael y a su madre Agar, a la que entonces aborrecía.



Puede que todo estuviera en los planes de Dios, lo que yo no discuto. Pero desde una óptica puramente humana detesto la cobardía de Abraham. ¿Tanto le insistiría Sara? El hombre claudica y deja a Agar y a Ismael errantes por el desierto de Beerseba.



Si Abraham es padre de los creyentes, ¿podemos llamar a Sara madre? Así como Dios cambió el nombre de Abram en Abraham también cambió el de Sarai en Sara (Génesis 17:15). Sarai significa “señora” o “mi princesa”. Sara, “princesa por excelencia”. Y lo fue. Al escribir sobre Sara con frecuencia se olvida la profecía de Dios: “la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella” (Génesis 17:16). Y se cumplió lo dispuesto por Dios: fue madre de reyes en Israel y en Edom. Muchos de los pueblos donde viven unos tres mil millones de cristianos, judíos y musulmanes tienen a Sara como mujer elegida y bendecida por Dios.


 

 


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