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Noa Alarcón
 

Tened fe en Dios

A mí la vida me ha enseñado que el mundo está roto, que los sueños no se consiguen, y que hemos sido arrojados sin sentido a la existencia. Sin embargo, las palabras de Jesús me dicen que tenemos un sentido.

AMOR Y CONTEXTO AUTOR Noa Alarcón Melchor 12 DE NOVIEMBRE DE 2019 19:30 h


Por esto os digo: creed que ya habéis recibido todo lo que estéis pidiendo en oración y lo obtendréis.



Marcos 11:24




Este pasaje comienza con Jesús realizando una afirmación: “Tened fe en Dios”, y el resto de su parlamento es una explicación de cómo es y qué consecuencias tiene esa fe. Y yo he de decir algo: sé que esa fe existe pero, sinceramente, no la he visto muy a menudo. Y sí, me resultan un conflicto estas palabras de Jesús. Sin embargo, contemplo este conflicto con la perspectiva de siempre: ¿en serio es un problema de que Jesús miente o exagera… o es un problema de que yo no sé ver la verdad porque mi vida y mi percepción la atraviesan el pecado y la caída? Más bien me parece que será lo segundo.



Este pasaje contradice mi intuición como ser humano. Es más, contradice mi experiencia como cristiana de toda la vida. Yo sé que Dios responde a las oraciones, y a veces incluso bastante a menudo, pero este pasaje nos habla de un Padre que nos consiente casi como si fuera un mal padre. Este Dios atiende, escucha, nos da la llave de su poder sobrenatural… y yo estoy acostumbrada a un Dios imponente, serio, distante y cuya disciplina va primero que el amor. De nuevo, soy yo la que se equivoca.



Yo observo este pasaje desde mi incapacidad humana, desde mi naturaleza fallida. Lo que a mí me rodea (a mí y al resto de la humanidad) es una frustración permanente y dolida que nada tiene que ver con la victoria de fondo en estas palabras de Jesús. A mí la vida me ha enseñado que el mundo está roto, que los sueños no se consiguen, y que hemos sido arrojados sin sentido a la existencia. Sin embargo, las palabras de Jesús me dicen que tenemos un sentido, una identidad y un propósito como hijos de Dios en el reino de los cielos. Que es más: que somos partícipes del poder de Dios según su reino. La verdad es que ambas perspectivas son verdad: la futilidad de nuestra existencia caída y la victoria de Cristo sobre ella. Las palabras de Jesús en este pasaje son verdad las crea yo o no. Son verdad, las confirmen o no los eruditos, las sentencien o no las “autoridades religiosas”. Son verdad por encima del escepticismo agnóstico y ateo, y son verdad por encima del destrozo que han causado con ellas los traficantes de Cristo. Yo, en mi siglo XXI, con mi historia del cristianismo a cuestas, no puedo plantarme por las buenas y decir que no puedo creer en esto que dice Jesús solo porque todo el mundo lo venga entendiendo mal desde el principio y usando para manipular y mentir. De nuevo, Jesús tiene razón y nosotros tenemos que aprender a tener fe en Dios.



Tenemos que aprender a tener una fe de verdad en la cual la llave de la realidad está en nuestras palabras, en lo que construimos con ellas. Tenemos que aprender a gestionar esa herencia que nos ha sido concedida de parte del Padre. Sin embargo, he de reconocer que la parte que me resulta más difícil es que me siento incómoda aceptando la profunda alegría que traen estas palabras.



Qué terrible es, pero si no lo admito no avanzaré: me siento incómoda aceptando la alegría del reino de Dios. Porque todo lo que me rodea (compañeros de trabajo, familiares, conocidos, desconocidos) hablan de una realidad triste, oscura y sin esperanza. Pero Jesús, en esta breve enseñanza, nos dice que el reino de los cielos viene a nosotros con una alegría que es a la vez eterna y concreta en nuestro aquí y ahora. Viene con lo grande y trascendental, pero también con la promesa de la fidelidad de Dios en lo más minúsculo y cotidiano. Mi naturaleza caída me advierte que dejarse llevar por la alegría trae problemas. Mi nueva naturaleza me enseña que sin esa alegría no puedo entrar en el reino de los cielos. Y es esa alegría la que consuela, calma, convierte, alimenta y nutre lo que soy ahora; y es bueno que la acepte así. La clave de todo, al final, es que, si yo no acepto esta alegría, estas palabras de Jesús nunca podrán cumplirse en mí.


 

 


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