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José de Segovia
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50 años de la generación de Woodstock

Casi medio millón de jóvenes se reunieron en torno a la música del 15 al 18 de agosto de 1969. El festival fue algo más que un acontecimiento musical.

MARTES AUTOR José de Segovia 13 DE AGOSTO DE 2019 10:48 h
Entonces como ahora, lo importante no era escuchar música, sino congregarse en torno a ella.

Esta semana hace medio siglo del festival de Woodstock. “Tres días de paz y música” reunieron casi medio millón de jóvenes del 15 al 18 de agosto de 1969 en los montes de Catskills, al norte del estado de Nueva York. El libro que publicó el activista radical Abbie Hoffman ese mismo año, “Nación Woodstock”, mostró que el festival fue algo más que un acontecimiento musical. Se empezó a hablar a partir de entonces de la generación de Woodstock. No en vano el encuentro se anunciaba ya como “Exposición de Acuario”, una referencia al termino astrológico que indica el comienzo de una Nueva Era. 



 Como se recuerda estos días, el festival no fue en realidad en Woodstock –la localidad donde músicos como Dylan, se habían establecido desde hace años–. Hay cien kilómetros desde esa localidad a la granja de Betel, que lleva ese nombre porque era propiedad de un judío ortodoxo. Max Yasgur no dejó el terrero para promover la Era de Acuario, puesto que había votado por Nixon y apoyaba la guerra del Vietnam, sino porque el organizador, otro judío, le daba diez mil dólares por ello, una cantidad nada despreciable para la época. Los músicos cobraban también por ello, ya que al principio la entrada no era libre.



Lo que ocurrió es que se sobrepasaron las expectativas del número de asistentes y la carretera provincial se quedó totalmente atascada. Muchos no llegaron allí, como la propia compositora del himno del festival, Joni Mitchell, que se quedó en la carretera. La película de Ang Lee, “Destino: Woostock” (2009), describe muy bien lo que pasó en el camino. Las escasas taquillas no sirvieron de nada ante la multitud que saltaba las vallas. Y al día siguiente se anunció que el festival era gratis. Intentarían recobrar el dinero con las grabaciones, pero de momento tenían que traer a los artistas en helicóptero.  



 



El festival no fue en realidad en Woodstock, sino a cien kilómetros de esa localidad en una granja que se llamaba Betel, porque pertenecía a un judío ortodoxo.



La película que montó el joven Scorsese con la encargada de la edición de todas sus películas, Thelma Schoonmaker, da una impresión algo equivocada del festival. Hubo lluvia y barro, pero no en los momentos que se ven el documental, como la actuación del entonces desconocido mexicano Santana, mientras danzaban su “Sacrificio espiritual”. Ahora son varios los documentales y discos que se han hecho del festival. Algunos álbumes son un falso directo, como el del indio Ravi Shankar, que lo grabó después en un estudio. Otros no dieron los derechos, como la Credence Clearwater Revival.



El primer día fue básicamente de folk. En aquella época ni siquiera se hablaba de rock. El festival que hubo en Monterrey en 1967 se llamaba de pop, aunque hoy lo llamaríamos rock. La terminología ha cambiado desde entonces. En aquella época se distinguía también entre el blues y la canción de protesta. Lo importante para todos esos jóvenes, entonces como ahora, no era la música. Era estar juntos en libertad, para experimentar con el sexo y la droga en ese falso sentido de hermandad que tenía la generación de Woodstock.



 



FESTIVALES DE VERANO



¿Qué atrae hoy todavía a la juventud a ese tipo de festivales? Aguantar en plena canícula días de actuaciones a altas temperaturas, no parece el mejor de los entretenimientos. Sin embargo, los festivales proliferan en verano, aunque el del aniversario de Woodstock se haya suspendido por su elevado precio. Los últimos años han supuesto una verdadera explosión, que se ha extendido al ardiente calor de estos meses.



 



Las escasas taquillas no sirvieron de nada ante la multitud que saltaba las vallas.



Sólo en España, según el anuario de la Sociedad General de Autores, la cantidad de festivales ha crecido exponencialmente. Aunque no lleguen a las monstruosas cifras de espectadores que llenan el suelo embarrado de encuentros como el británico de Glastonbury, los españoles también convocan ya cantidades importantes. El FIB de Benicásim o el Womad de Cáceres acogen unas cincuenta mil personas, pero el Intercéltico de Ortigueira o el Son Latinos de Tenerife están ya en torno a los cien mil. 



Los macrofestivales son el gran aporte hippy a la cultura popular. Es cierto que antes había festivales como el de jazz de Montreaux, el de country de Nashville, o el de folk de Newport, pero eran simplemente sesiones muy largas de un determinado tipo de música para audiencias que no superaban unos pocos miles de personas y el sonido no superaba ciertos limite acústicos. No hablamos por lo tanto de una evolución, sino de una revolución, que tomó por sorpresa a medio mundo. Lo sorprendente es que aún duran…





DÍAS DE AMOR Y FLORES



El festival de Monterrey no fue comparable a Woodstock, pero para encontrar eventos de semejantes dimensiones a estos, tendríamos que ir a las grandes “raves” o marchas como la Love Parade, veinticinco años más tarde en Berlín. Nacieron con la pretensión de convertir a una muchedumbre amorfa en una multitud hermanada. Esto fue en parte posible porque a mediados de los años 60 ya se habían desarrollado unos equipos de amplificación que evitaban el desastre de sonido que caracterizaba los conciertos en estadios americanos de los Beatles. 



Es cierto que en Woodstock habría trescientos o cuatrocientos mil espectadores que apenas escucharon nada de la música. No sólo por el efecto lisérgico de la droga, sino porque el sistema de sonido estaba pensado para unas cien mil personas. Lo que pasa es que entonces como ahora, lo importante no era escuchar música, sino congregarse en torno a ella. Por eso los pocos que aguantaron hasta el amanecer del día 18, para escuchar a Jimi Hendrix –que fue quien más cobró en Woodstock–, tuvieron más una experiencia psicodélica que musical.



 



Estar juntos en libertad era experimentar el sexo y la droga en ese falso sentido de hermandad que tenía la generación de Woodstock.



Muchos tenían, además, la idea de que estos festivales eran empresas sin ánimo de lucro, puesto que se los beneficios de Monterrey eran para obras benéficas. El problema es que el dinero de conciertos como el que hubo para Bangla Desh, desapareció, o por lo menos se encogió cuando llegó a su destino. Esta sombra de sospecha se alarga hasta los días en que Bob Geldof comienza a juntar dinero en 1985 para paliar el hambre en Etiopía con su Live Aid. Se establece así el modelo benéfico pop en el que se basan acontecimientos como el posterior Live 8, que siguieron doscientas mil personas en Londres.



 



EL SUEÑO SE HA ACABADO



Los días de paz y flores acabaron en Altamont, a finales de ese mismo año 69, cuando unos Ángeles del Infierno contratados por los Rolling Stones, casi le parten la cabeza a un miembro de Jefferson Airplane y luego asesinan a un espectador durante el concierto. Doscientas personas fueron luego detenidas en un festival en Palm Springs; hubo trescientos heridos en Newport y setenta y cinco detenidos; otro en Denver acabó entre nubes de gases lacrimógenos… ¡El sueño se ha acabado, dijo Lennon!



 



El festival hippy nació con la pretensión de convertir a una muchedumbre amorfa en una multitud hermanada.

A finales de los 70 las masas parece que se cansan de aguantar días de lluvia y frío. La multitud que se reunió en Berlín del Este en 1987 para escuchar a Genesis, le sentó tan mal la noticia de que el grupo cabeza de cartel no iba a tocar, que se dedicaron a quemar y destruir todo lo que encontraban a su paso. Más recientemente en Roskilde (Dinamarca), nueve asistentes murieron a causa de las avalanchas que se produjeron durante la actuación de Pearl Jam el año 2000.



Paradójicamente, es a partir de los años 80 y el nacimiento del movimiento punk que los grandes festivales volvieron a revitalizarse. Tanto Knebworth como Reading llegaron a congregar varios cientos de miles de personas. Ya no había idealismo, pero tampoco tanta violencia. Los grandes festivales se habían convertido en algo plenamente aceptado por la industria del espectáculo y por primera vez era posible escuchar la música en buenas condiciones.



 



¿HERMANDAD?



Hoy en día abundan los festivales, porque la gran experiencia iniciática de muchos jóvenes no es la escucha de un disco en casa, sino la efervescencia del directo. Es de eso que viven los músicos también. Ahora que no se compran tantos discos, pero parece que la gente tiene dinero para viajar y pagar las entradas de un festival, donde los músicos no suenan tan bien como en un concierto de una sola actuación. La ventaja es la experiencia de estar en grupo, ahora que ni siquiera el cine es un acto colectivo, sino de pantallas individuales.   



Estar en compañía de otros que te son coetáneos, frente a una referencia común, como es la música, es una vivencia que deja huella. Como todo rito y peregrinación, el resultado no es siempre agradable. Algunos caen víctimas de la insolación y llenos de barro, otros se cansan de la mala comida y los líquidos caldosos. Para la generación de Woodstock, rebozarse en tus propios detritus podía ser hasta bucólico, ya que no era burgués, sino revolucionario. El recuerdo al final es agradable, a pesar de volver hecho polvo. Se ha roto la rutina y nos hemos sentido de nuevo parte de una comunidad, aunque no sea más que en medio de un baile multitudinario.



 



El cristianismo necesita ofrecer ese sentido de comunidad a una generación rota por el divorcio y la sociedad de consumo.

El cristianismo necesita ofrecer ese sentido de comunidad a una generación rota por el divorcio y la sociedad de consumo, como la de Woodstock. Dice el Salmo 133: “¡Qué dulce y agradable es para los hermanos vivir juntos y en armonía!”. Eso no significa que el cristiano tiene que vivir siempre otros cristianos. Ese es el problema de la subcultura evangélica. Nuestro lugar no está en la soledad de los claustros, ni tampoco en los festivales cristianos, sino en el “campamento del enemigo”, como decía Bonhoeffer. 



“El Reino de Jesucristo es edificado en medio de nuestros enemigos”, observa el predicador luterano muerto por los nazis. Y “quien rechaza esto, renuncia a formar parte de este Reino”, cuando “prefiere vivir rodeado de amigos, entre rosas y lirios, en un círculo de gente piadosa”. A estos les recuerda Lutero: “Si Jesús hubiera actuado como vosotros, ¿quién habría podido salvarse?”.



Lo que tenemos que entender, como decía Schaeffer en aquella época, es que la verdad del cristianismo sin amor fraternal no convence. Esa es la apologética última, como dijo Jesús (Juan 17:20-23), dice Jesús. No hay cristianismo sin hermandad. En el mundo evangélico sobran francotiradores. Hay demasiado individualismo. Nos hace falta más amor fraternal. Entonces verá la gente de quién somos discípulos.


 

 


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COMENTARIOS

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Earendil
16/08/2019
01:59 h
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Los cristianos también tenemos vidas rotas y grandes tragedias que debemos mostrar, junto con los tratos de Dios y su Consuelo y Salvación, a los que nos rodean, para que luego puedan decidir en profundidad si ese Dios existe y merece la pena arriesgarlo todo por Él. La hermandad en Cristo no es la de Woodstock. Pero tampoco es una idealización ecuménica religiosa. El amor, para verlo, hay que acercarse, sino los no creyentes siempre creerán tener una excusa que Dios no aceptará tampoco.
 



 
 
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