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    José de Segovia
     

    300 años en la isla de Robinson

    La poderosa metáfora de esta isla sigue hablándonos de la realidad del corazón humano ante las preguntas últimas de nuestra existencia.

    MARTES AUTOR José de Segovia 14 DE MAYO DE 2019 09:30 h
    Dice Alberto Manguel que nunca se llega a una isla desierta sin también querer dejarla.

    ¿Quién no ha deseado irse a una isla desierta? La vida resulta a veces tan agobiante, que uno quisiera escaparse a un lugar lejano y olvidarse de todo lo que le rodea. Ese cansancio vital ha hecho durante 300 años de Robinson Crusoe (1719), algo más que un personaje literario. Su figura se ha convertido en todo un paradigma de la condición humana. Hasta la reciente edición de Edhasa, las traducciones de la novela de Daniel Defoe mutilaban el 30% de la obra –incluida la que hizo el escritor argentino Julio Cortázar en los años 40–, precisamente las partes que hablan del sentido bíblico del arrepentimiento de Robinson. Ya que esta es una historia de conversión…   



    Nuestro primer encuentro con Robinson se relaciona siempre con esa pasión infantil que da el ansía de aventura, pero la lectura adulta de este libro nos da una perspectiva nueva sobre el sentido espiritual de una obra que realmente desconocíamos. Nos desvela la fuerza de un relato que enfrenta al hombre con el incomparable misterio de Dios y su providencia. La poderosa metáfora de esta isla sigue hablándonos de la realidad del corazón humano ante las preguntas últimas de nuestra existencia.



     



    La figura de Robinson se ha convertido en un paradigma de la condición humana.

    Dice Alberto Manguel, que “nunca se llega a una isla desierta sin también querer dejarla”. Ya que “desde la tierra firme, soñamos con partir, navegar más allá del horizonte, desembarcar allí donde no hay nadie y donde podremos reconstruir el mundo tal como se nos antoja, rigiendo despóticamente un pequeño universo”. Lo que ocurre es que “una vez en la isla, una vez rodeado de frío, hambre, miedo, aburrimiento y desolación, lo único que pedimos es que se nos saque de allí”. 



    Cuentan que en una ocasión le hicieron a Chesterton, la famosa pregunta de qué libro se llevaría a una isla desierta. Con su habitual genialidad, el autor inglés convertido al cristianismo contestó: “Un manual de construcción de barcos”.



     



    EL MITO DE ROBINSON 



    En 1704 un marinero escocés llamado Alexander Selkirk se amotinó contra el capitán del barco Cinque Ports, siendo abandonado en una isla desierta al sur del Pacífico, conocida por los nombres de Juan Fernández o Más Afuera. Le dejaron al piloto con una Biblia, un fusil y algo de pólvora y de tabaco, pero logró sobrevivir allí durante más de cuatro años, cazando cabras y oteando el horizonte, hasta poder regresar a Inglaterra en 1711. Su historia corrió a partir de entonces por todos los cafetines y tabernas de Londres, donde la debió oír Daniel Defoe. 



     



    Se acaba de reeditar la versión original de Julio Cortázar de Robinson Crusoe.

    No es que Robinson sea Selkirk –como hoy se llama la isla–, ya que su historia está mezclada también con otras experiencias –como la de un médico deportado como esclavo a las Barbados–. De hecho, Viernes recuerda también a un indiano que fue abandonado en la isla, por uno de los piratas que se refugiaban allí en alguna de sus incursiones por las costas y puertos del virreinato del Perú o las tierras de Chile. 



    Ya que la popularidad del mito de Robinson no se basa en la divulgación de ciertos hechos históricos, sino en la creación de una poderosa metáfora, que sigue estimulando el pensamiento humano. Porque no lo olvidemos, este libro es una alegoría, histórica por supuesto, pero cuyo sentido va más allá de las circunstancias que viviera un personaje real de carne y hueso en un momento determinado. 



     



    EXTRAÑO EN EL PARAÍSO



    Robinson es como un nuevo Adán, extraño en el paraíso. Y su viaje expresa la realidad de una vida solitaria, en que peregrino de sí mismo, un día se encuentra a Dios al abrir la Biblia. Las “poderosas palabras” de los Salmos le hacen entonces contemplar su vida a una nueva luz, la de la Providencia de Dios. Defoe justifica así en el prefacio al libro su “religiosa aplicación de los acontecimientos”. 



     



    La lectura de la Biblia produjo el arrepentimiento de Robinson.



    Todas las desventuras de Robinson son resultado de su aparente obstinación, movido por un extraño impulso que le empuja a la autodestrucción. No entiende por qué corre hacía ella con los ojos abiertos, contradiciendo sus más claras perspectivas de bienestar, precipitándose en el más profundo abismo de la miseria. Pero Robinson vuelve en sí un día, al naufragar durante una terrible tormenta y llegar “a la orilla de esta triste y desdichada isla”, que llama Isla de la Desesperación




    “Hasta entonces había actuado sin el menor fundamento religioso, de hecho, tenía muy pocas nociones de religión en la cabeza, y había atribuido todo lo que me había ocurrido tan sólo al azar o, como decimos a la ligera, a la voluntad de Dios, sin preocuparme de indagar sobre la acción de la providencia en estas cosas o su orden en controlar los acontecimientos del mundo”. 




     



    LO ÚNICO QUE NOS PUEDE CAMBIAR



    Así, aunque Robinson se siente agradecido, al ser el único que sobrevive de toda la tripulación, tiene que confesar que su “religioso agradecimiento a la providencia de Dios empezó a abatirse ante el descubrimiento de que aquello no era más que la consecuencia de algo muy común”. En todo aquel tiempo de aventuras en el mar, no recuerda “bien mirar hacia arriba, hacia Dios, o hacia dentro, hacia una reflexión sobre mi propia conducta”. 



     



    Robinson es como un nuevo Adán, extraño en el Paraíso.

    Dice que es como si “una cierta estupidez del alma, sin deseo del bien o conciencia del mal, me había dominado por completo, y ahora yo era el alma más endurecida, caprichosa y perversa que puede concebirse, sin temor a Dios en el peligro y sin agradecimiento en la salvación”. Ya que “pese a la gran variedad de desdichas que hasta entonces habían caído sobre mí, nunca pensé ni una sola vez que era la mano de Dios la que me las enviaba, o que era el justo castigo por mi comportamiento rebelde, mis actuales pecados, que eran grandes, o el rumbo general de mi depravada vida”.



    ¿Qué es lo que le hizo entonces cambiar de opinión? “La gracia de Dios”, escribe Robinson. Si no fuera por ella, hubiera terminado “donde empezó, en un simple acceso de alegría o, me atrevería a decir de sentirme contento porque estaba vivo, sin la menor reflexión acerca de la bondad de la mano que me había salvado”. 



     



    LA PALABRA DE GRACIA



    Al tomar la Biblia y leer las palabras del Salmo que dice: “Invócame en el día de tu aflicción, y yo te liberaré, y tú me glorificarás”. La Palabra se convierte en “medio de gracia”, por lo que: “Antes de acostarme hice lo que nunca antes había hecho en toda mi vida, me arrodillé, y le pedí a Dios que cumpliera conmigo su promesa”. 



    “Por la mañana”, dice Robinson, “tomé la Biblia, y empezando con el Nuevo Testamento, emprendí su lectura seriamente, y me impuse dedicarme cada mañana y cada noche a leerla un rato”. Y “no pasó mucho tiempo desde que me dedicara seriamente a esta tarea sin que mi corazón se viera profunda y sinceramente afectado por la perversidad de mi vida”. 



    Se vio así “suplicando con insistencia a Dios que me proporcionara arrepentimiento, cuando de forma providencial, aquel mismo día, ocurrió que leyendo las Escrituras tropecé con estas palabras: Es exaltado como príncipe y salvador, para conceder el arrepentimiento y dar el perdón”. Por lo que “aquella fue la primera vez  que, en el sentido completo de la palabra, oré en toda mi vida, porque lo hice con pleno conocimiento de mi situación, y con la auténtica esperanza propia de las Escrituras, fundada en el aliento de la palabra de Dios y desde entonces, puedo decir también, empecé a tener esperanza de que Dios me escucharía”. 



     



    ¿CÓMO SE PRODUCE EL ARREPENTIMIENTO?



    Robinson continuó en la isla, pero “mi situación empezó a ser –dice–, aunque no menos miserable que mi forma de vivir, sí mucho mejor para mi mente”. Ya que escribe: “Mis pensamientos iban dirigidos, a través de la constante lectura de las Escrituras y las plegarias a Dios”. Por lo que “hallaba aquí un gran consuelo que hasta entonces desconocía”. 



     



    Daniel Defoe hizo de Robinson, algo más que un personaje literario.



    Es así cómo Robinson dice que dio “humildes y sinceras gracias a Dios de que me hubiera permitido descubrir que era posible que fuera más feliz en esta solitaria condición de lo que hubiera sido en la libertad de una sociedad y en medio de todos los placeres del mundo”.  Por eso: “Aunque no puedo decir que doy gracias a Dios por estar aquí, sinceramente daba gracias a Dios por abrirme los ojos, aunque lo hubiera hecho de una forma muy dolorosa, y permitirme ver cuál era realmente mi vida”.



    Es lo que Jesús llama arrepentimiento. Algo que Robinson nos enseña que es sólo posible por la gracia de Dios. Algo difícil de entender, pero que no tiene otra explicación que la asombrosa misericordia de Dios, que nos lleva a la Isla Desesperación, para abrir nuestros ojos y ver la vida de forma diferente. Y esto sólo se produce “mediante un constante estudio y una seria aplicación de la palabra de Dios”. Es así como “con la ayuda de Su gracia”, Robinson logra “una comprensión diferente”. Si te sientes náufrago de la vida, ¡abre esa Palabra y verás las cosas de otra manera!


     

     


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