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El camino a Jonestown (9)
 

¿Terror en la jungla?

Los miembros del Templo de Pueblo debían haberse dado cuenta que Jones no era Dios, como decía.

MARTES AUTOR José de Segovia 26 DE MARZO DE 2019 09:00 h
En Jonestown había un médico mexicano, rehabilitado de la droga en el Templo, que pagaron sus estudios y consiguieron su certificación en California, Larry Schacht en el centro con Jones a la derecha.

Es evidente que muchos entran en las sectas, engañados, pero ¿por qué se quedan? Bastantes salen, pero la mayoría parecen estar contentos de estar allí. A raíz de la masacre de Jonestown, todo tipo de especialistas han intentado explicar que llevó a más de novecientas personas a vivir y morir en esas condiciones. En años pasados predominaba un acercamiento psicológico al tema de las sectas, que habla de “control mental” desde la experiencia de supuesto “lavado de cerebro” que sufrieron los prisioneros estadounidenses en la guerra de Corea, pero las diferencias parecen ser más que las similitudes, en la comparación de una secta con una cárcel. ¡No nos engañemos! Quien está en un grupo así, es porque quiere…



Es por eso, que estos últimos años parece prevalecer una interpretación sociológica, que relativiza tanto la lectura religiosa tradicional con sus diferencias doctrinales, como la que propone una supuesta “desprogramación” psicológica para salir de una secta. El problema es que la sociología observa la realidad religiosa, pero no responde a las cuestiones espirituales últimas, que las ciencias sociales no pueden contestar. Todas las aproximaciones al mundo de las sectas son fragmentarias, porque el ser humano es fragmentario.



Es cierto que no era fácil salir de Guyana. El Templo del Pueblo pagaba los costes del viaje, pero entregabas el pasaporte y todas tus propiedades. Estabas aislado de tu familia y rodeado por la jungla. Sin embargo, algunos salieron de Jonestown, incluso después de llegar Jim Jones. Leon Broussard llegó al cónsul estadounidense, por ejemplo, después de adentrarse en la jungla con la ayuda de un nativo, hasta Port Kaituma. Describió el Templo como una “colonia de esclavos”, donde eran golpeados y enterrados vivos, pero Jones no sólo negó las acusaciones, le devolvió el pasaporte y pagó el billete de vuelta, creando un precedente para todo el que quisiera seguir su camino. Casi nadie lo hizo…



 



Antes de la llegada de Jones, medio centenar de personas vivía en Jonestown y a pesar del duro trabajo, los pioneros que construyeron la colonia tenían una vida relativamente feliz.



Es verdad que un tercio de Jonestown eran ancianos afroamericanos que entregaban sus pensiones al Templo del Pueblo, pero tenían una cama, comida regular y asistencia médica inmediata en Georgetown. Muchas de esas personas en Estados Unidos pasarían el tiempo en salas de espera de hospitales públicos, donde recibirían un trato a menudo desagradable e impersonal. Cuando oían a Jones hablar del crecimiento del Ku Klux Klan y el gobierno norteamericano construyendo campos de concentración, recordaban las cruces ardiendo, la crueldad del sheriff blanco, las mangueras de agua de sus alguaciles y los gruñidos de sus perros. El problema del racismo en Estados Unidos no era un invento de Jim Jones.



 



¿UNA VIDA FELIZ?



Antes de la llegada de Jones, medio centenar de personas vivía en Jonestown. A pesar del duro trabajo, los pioneros que construyeron la colonia tenían una vida relativamente feliz, según los testimonios de algunos que sobrevivieron. Limpiaban la jungla de vegetación desde que amanecía hasta que se ponía el sol, pero la camaradería era grande. Después de una labor tan agotadora, disfrutaban de la vida comunitaria sin la vigilancia de Jones y sus lugartenientes, o las interminables peroratas que tenía hasta la madrugada. Se despertaban con los gritos de los monos al amanecer y trabajaban con el sonido de fondo de las aves, mirando dónde pisaban, pero distinguiendo cada vez más qué serpientes eran venenosas y cuáles no. Los indígenas se acercaban por la noche, atraídos por la comida enlatada, los generadores, pero sobre todo los zapatos, que desaparecían con frecuencia. 



El Templo del Pueblo compró una casa en la capital, Georgetown, donde pasaban los primeros días los que llegaban a Guyana. Allí estaban las oficinas, un cuarto de radio y dormitorios para casi veinticinco personas. Había una sala de estar muy grande, que frecuentaban los funcionarios de Guyana para socializar con las chicas del Templo. No solían tener relaciones sexuales. Sólo Paula Adams seguía vinculada sentimentalmente al embajador de Estados Unidos, Bonny Mann, que estaba casado. Los miembros del Templo que se quedaban en la capital, era para el aprovisionamiento de materiales y comida, así como para concertar las citas sanitarias de todos los miembros que en Jonestown tenían problemas médicos, al no estar habituados a la vida en la jungla. Lo más difícil era tener que buscar fondos de puerta en puerta. No era fácil conseguir donativos de una población ya empobrecida.



La mitad de los habitantes de Guyana eran musulmanes, pero como el cuarenta por ciento eran cristianos. La única iglesia con la que tuvo relación Jones era una capilla católica que llevaba un jesuita llamado Morrison, nacido en Guyana de padres ingleses. Adams le solicitó permiso para hacer una reunión en su iglesia del Sagrado Corazón. Por su talante ecuménico y el carácter interracial del Templo, Morrison accedió. Sabía que como evangélicos, no sería un culto litúrgico tradicional, pero pensaba que hablaría de su “misión agrícola”. Ni se imaginaba el espectáculo milagrero que era capaz de hacer Jones. Ya la publicidad en la prensa anunciaba a media página que “el ciego ve, el sordo oye y el lisiado anda”. Morrison se quejó del anuncio, pero le dijeron que habría sido un error de la publicidad. Al día siguiente el anuncio era todavía más grande. Morrison no se atrevió a cancelar el acto y Jones apareció como un embaucador, bien vestido. Le dijo que era obispo. Y en palabras de su biógrafo, Reiterman, “no habló de Jesucristo, sino de sí mismo y de cómo consagraba su vida en ayudar a los demás”.



 



El Templo compró una casa en la capital, Georgetown, donde pasaban los primeros días los que llegaban a Guyana, que estaban las oficinas, un cuarto de radio y dormitorios para casi veinticinco personas.



VÁLVULA DE ESCAPE



En California las deserciones aumentaban. Las que más le dolían a Jones eran las de personas cercanas a su círculo de confianza, como su hija adoptada (Suzanne), el hijo de Patty Cartmell (Mike), o Grace Stoen. Ante el distanciamiento de su marido, Tim (Stoen), el ayudante de fiscal que llegó a ser el segundo del Templo, Jones busca un nuevo asesor legal en Gene Chaikin. Este abogado no era tan bueno como Stoen. Le aconsejó mal sobre el problema de la custodia de menores en Jonestown, que hizo que enseguida interviniera un investigador privado de San Francisco. Los únicos disidentes que fueron a las autoridades, sin embargo, eran los Mertle. Este matrimonio habló con un agente del Departamento del Tesoro acusando al Templo de contrabando de armas y falsificación de pasaportes. Sus acciones no dieron resultado, porque Jones debió ser advertido y dejó de mandar armas un tiempo. 



El tema que provocó la investigación periodística que acelera la salida de Jones era la cuestión de las pensiones de menores que estaban bajo la tutela del Templo. Como el alcalde Moscone había sido apoyado por Jones, el candidato perdedor, Barbagelata, acusa al Templo de manipulación en los votos, pero también de malversación de las pensiones. Un periodista de un diario de San Francisco, Marshall Kilduff, propone investigar al Templo. Su editor se niega, pero él hace por su cuenta un trabajo para la revista New West que se convierte en la pesadilla de Jones, que intenta descubrir qué información tiene. El reportaje le dejaba peor de lo que imaginaba. Media docena de páginas contaban sus maniobras políticas en San Francisco, California y con Rosalyn Carter, los malos tratos de la Comisión de Planificación, las represalias a los que salieron, sus reuniones a puerta cerrada y todo con testimonios de los disidentes, acompañados de sus respectivas fotos. 



Para defenderse, Jones contrató al abogado más controvertido que había en San Francisco, Charles Garry, que presentó al Templo como cristiano comunista. Era de raza blanca, pero trabajaba para las Panteras Negras. Probablemente él fue quien le aconsejó irse cuanto antes a Guyana. Ya estaba su hijo Stephan allí, el que había tenido con Grace Stone y el que acaba de tener con Carolyn Moore, pero pronto le siguieron los otros tres. Marceline se quedaba en California a cargo del Templo. 380 miembros del Templo le siguieron. El proceso que iba a durar diez años se hizo en apenas unas semanas. 



Grace Stoen empezó las gestiones para reclamar a su hijo, pero Tim seguía confuso hasta que Jones le acusa de ser un infiltrado de la CIA. Quería reafirmar su lealtad, pero Stoen desapareció. Tenía relación con una mujer de la bahía de San Francisco, que no estaba en el Templo. Jones le animó a que fueran juntos a Guyana, pero en su última visita vio que su hijo estaba en las manos de Jones y volvió a desaparecer, mientras Grace contaba la vida interna del Templo en el reportaje. 



 



Había trescientos niños en Jonestown, que eran educados por edades que iban desde el nivel infantil hasta secundario, enseñados por maestros experimentados.



MALOS TRATOS



Las acusaciones de malos tratos comienzan ya en California. La Comisión de Planificación ordenaba a veces castigos corporales a miembros del Templo, para no entregarles a la justicia por delitos que habían cometido. Algunos fueron especialmente crueles como el de Peter Wotherspoon. Este pedófilo fue aceptado en el Templo, a cambio de que abandonara esta práctica. Un niño de diez años denunció que había sido abusado por Wotherspoon. En castigo, fue golpeado de tal forma en los genitales, que tuvo que ser hospitalizado. No le denunciaron y como compensación, se le permitió seguir en el Templo. Los menores no eran sometidos a castigos más que con el permiso de sus padres o tutores. Jones era muy cuidadoso en el aspecto legal de la disciplina del Templo. 



Hubo un caso especialmente traumático para los propios miembros de la Comisión. Tenía que ver con el sexo, que era el tema con el que Jones solía perder el control. Laurie Efrein era una veterana miembro del Templo que adoraba a Jones. Una vez la humilló de tal forma delante de la Comisión, que abusó verbalmente de ella, mientras la hizo permanecer desnuda durante horas, delante de todos. Luego Jones se disculpó indirectamente por una de las mujeres miembro de la Comisión. Le dijo que era una “terapia”, como solía llamar Jones a estas cosas. Y lo sorprendente es que ella aceptó las excusas y siguió siendo un miembro fiel del Templo. Ninguna de las mujeres, que eran mayoría en la Comisión, se quejó. 



Los castigos de Jones eran con frecuencia imaginativos. Un adolescente al que se descubría con cigarrillos tenía que fumar un puro hasta que le entraban nauseas. O le hacían limpiar los baños del Templo, al que tenía un mal comportamiento. A veces el transgresor tenía que enfrentarse a un combate de boxeo con un miembro más fuerte de la congregación. Cuando perdía el control con alguna mujer, podía hacer locuras como una que tiraron atada a la piscina. En Jonestown el problema escaló con el “aprendizaje personal” por el que separaba a los miembros conflictivos por un tiempo indeterminado. Entonces, ya menores fueron puestos en un agujero, pero incluso en ese caso se seguía pidiendo permiso a sus padres.



 



¿INFERNO EN LA JUNGLA?



La cuestión es que en la vida uno se habitúa a todo. Y lo que en la vida normal nos parecería un infierno, los miembros del Templo del Pueblo lo aceptaron con toda naturalidad. La mayoría tenía su vida hecha allí. Tenían familiares como esposos, padres, hijos o tutores. Es cierto que nadie se atrevía a criticar a Jones abiertamente, para no ser acusado de traición, pero la desconfianza era ya la norma en California. Los que veían sus fallos y contradicciones buscaban, sin embargo, el modelo socialista que iba a dar ejemplo al mundo.  



Un tercio era ancianos en su mayoría afroamericanos, que pensaban que estaban más seguros allí de la discriminación racial y mejor cuidados que en el sistema publico estadounidense. No sólo los llevaban inmediatamente a médicos y clínicas de Georgetown, sino que el Templo había formado a un doctor mexicano, rehabilitado de la droga, que pagaron sus estudios y consiguieron su certificación en California, Larry Schacht. Este hombre fiel de Jones era asistido por veteranas enfermeras que daban las primeras atenciones en la jungla.



Había trescientos niños en Jonestown. La mayoría demasiado pequeños para trabajar. Seguían un sistema educativo por edades que iba desde el nivel infantil hasta secundario, enseñados por maestros experimentados, mientras que en el valle de California donde estaban, iban todos juntos a la misma escuela rural sin estructura y énfasis individual. La diferencia, por supuesto, es que en Guyana aprendían no sólo matemáticas, sino también socialismo.



 



Jim y Marceline Jones en noviembre del 77 en Jonestown, con su abogado en San Francisco, Charles Garry, defensor de las Panteras Negras.



LA HISTORIA SE REPITE



Ya no había tantas reuniones de sanidades. Jones hablaba todas las noches y durante el día por los altavoces, que ponían música pop, blues, o jazz, sobre todo negra, desde B. B. King o Nat King Cole, a Earth, Wind & Fire. Algunas noches proyectaban películas de conciencia social como Pequeño Gran Hombre con Dustin Hoffman, El candidato de Robert Redford, El diario de Ana Frank, o miniseries como Raíces. La cinta favorita de Jones era Acción Ejecutiva con Burt Lancaster sobre el asesinato de JFK. Todas eran obras críticas, hechas por creadores liberales norteamericanos. 



El resto de los días Jones comentaba las noticias a su manera. Lo mismo exaltaba a Idi Amin en Uganda que al régimen soviético, pero todo con un tono apocalíptico. Las reuniones eran en el pabellón grande al aire libre, que se ve en todas las fotografías de la matanza. Al principio todos podían sentarse en bancas grandes como de picnic, pero cuando eran más de novecientos, algunos tenían que estar de pie. Jones se sentaba en una silla como de jardín sobre una plataforma bajo el cartel de una cita no bien transcrita del filósofo de origen madrileño, establecido en Estados Unidos, Santayana:



 



Un tercio de Jonestown eran ancianos afroamericanos que entregaban sus pensiones al Templo del Pueblo, pero tenían una cama, comida regular y asistencia médica inmediata en Georgetown.



“Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo”, decía la frase en inglés. Las imágenes del salón lleno de muertos son de una extraña ironía ante tal pensamiento. Esta semana estaba en la presentación del nuevo libro de Antonio Muñoz Molina. En Tus pasos en la escalera escribe que “la memoria no preserva el fulgor glorioso de un solo momento que puede no repetirse, sino secuencias de hechos, vínculos que pueden ser correlativos o causales, pero que advierten de la probabilidad de algo”. 



Tal vez por eso dice Isaías: “Acordaos de los tiempos antiguos porque Yo Soy y no hay otro, y nada hay semejante a mí” (46:9). Los miembros del Templo de Pueblo debían haberse dado cuenta que Jones no era Dios, como decía. Él hablaba cada vez más de la reencarnación, como si la vida continuara en otro cuerpo después de la muerte. El Ser de Dios, sin embargo, es la verdadera Vida (Juan 14:6). Jesucristo no enseña la reencarnación, sino la Resurrección y la Vida (Jn. 11:25), para el que en Él cree. Si nos acordamos de Él como el Gran Yo Soy, no confiaremos en falsos dioses, como Jones, sino que conoceremos la vida que triunfa sobre la muerte.   


 

 


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