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    Isabel Pavón
     

    Yo, Noa

    Conocía sus milagros, todos conocíamos sus obras. Y quién, habiendo escuchado de él no se habría ocupado en buscarle, aunque fuese a deshora.

    TUS OJOS ABIERTOS AUTOR Isabel Pavón 08 DE FEBRERO DE 2019 10:00 h


    Entonces una mujer que desde hacía doce años estaba enferma, con hemorragias, se acercó a Jesús por detrás y tocó el borde de su capa. Porque pensaba: “con sólo tocar su capa, quedaré sana”. Pero Jesús, volviéndose, vio a la mujer y le dijo: 



    -Ànimo, hija, por tu fe has quedado sana. (Mateo 9:20-22)




    Yo, Noa,



    me hallaba sentada aquel día



    tras una de las celosías de casa,



    cuando un gran murmullo



    inundó por completo



    la estancia.



     



    ¡Jesús! ¡Es Jesús!



    Alcancé a oír de algunas bocas.



    Y algo nuevo



    brotó de mis entrañas.



     



    En aquel momento



    ¡ah!, me habría gustado



    ungir mis cabellos.



    Me habría gustado vestir



    mi más preciado velo.



    Mas fue imposible,



    no hubo tiempo.



     



    Conocía sus milagros,



    todos conocíamos sus obras.



    Y quién, habiendo escuchado de él



    no se habría ocupado en buscarle,



    aunque fuese a deshora.



     



    Rozar su manto



    bastará para sanarme



    de estar viva, tan muerta,



    expresó mi espíritu abatido,



    desbordado de tristeza,



    humillado en la derrota.



     



    Oídme.



    Cómo no había de entristecerme.



    Yo soy Noa,



    ya os lo he dicho,



    la mujer herida,



    la que gastó toda su esperanza



    en busca de otras metas.



    Poseo la enfermedad incurable



    de quien peca. 



     



    ¡Qué torpes mis pasos han sido!



     



    Acechanzas oscuras



    se han tramado contra mí



    todo el tiempo



    robando mi alegría.



     



    Aunque nada se advierta,



    tengo miedo a ser señalada.



    Son tantas las heridas que me muerden...



    Tanto he llorado mi soledad, sola.



    Tanto mi llanto callado.



     



    Hace tiempo que vivo encerrada,



    perdida para siempre.



    Hace tiempo que



    ningún ser ha entrado



    a habitar mi morada.



     



    ¿Y si fuera posible?



    No lo dudes,



    me dije en silencio,



    ¡corre!



     



    Tocar su manto quise.



    Sólo los que se acercan a él



    reciben su fuerza.



     



    Aparentemente



    yo era una más entre aquella gente.



    Ante tan gran multitud,



    nadie se daría cuenta.



    Nunca me gustó



    poner mi fe en evidencia.



     



    Cuando él pasaba



    junto a los damascos



    pude alcanzarle



    y observar sus rasgos.



    Mis manos temblaban



    pero le necesitaba.



     



    ¡Ay! Si en mi se fijara,



    si me adivinara  cerca.



    ¡Oh! Jesús,



    hoy vengo a buscarte,



    soy Noa.



    Herida de muerte



    he venido a encontrarte.



     



    Sí, no pienso callarme.



    Puedo explicar



    que al acariciar su manto



    mientras se hallaba de espaldas



    pude sentir su poder



    derramarse en mi alma.



     



    Entonces se volvió hacia mí



    para hablarme,



    para regalarme el tono limpio de su voz



    además de sus palabras.



     



     



    Sé que al verme,



    supo notar el temor de mis ojos,



    mi corazón lo sabe.



    Quién dice que no es posible renacer,



    quién lo duda.



    Al verle alejarse



    para continuar su camino



    una obstinada pregunta



    se instaló en mi mente:



    ¿Qué habría pasado



    si en vez de rozar su manto



    le hubiera con fuerza abrazado?



     



    ¿Qué precio he de pagar



    por mirarle de nuevo a los ojos?:



    Mi derrota, ante su Gloria.



     



    Oíd. Escrito está el morir.



    En quien creer mientras vivimos,



    a nosotros corresponde.



     



    Lentos se estiran mis días.



    De aquel suceso



    han pasado más de treinta años



    y no en balde



    mis labios lo siguen contando.


     

     


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