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    Isabel Pavón
     

    Ladrona de milagros: Jesús y la sirofenicia

    Fue, pues, y rogó a Jesús que expulsara de su hija al demonio. Quiere lo que quiere sin rodeos y lo que quiere es legítimo: que su hija esté bien. 

    TUS OJOS ABIERTOS AUTOR Isabel Pavón 01 DE FEBRERO DE 2019 10:00 h
    Representación de la escena con la mujer sirofenicia. / Youtube


    De allí pasó Jesús a la región de Tiro. Entró en una casa sin querer que se supiera, pero no pudo ocultarlo. Pronto supo de él la madre de una muchacha que tenía un espíritu impuro; y fue y se arrodilló a los pies de Jesús. Era una mujer extranjera, de nacionalidad sirofenicia. Fue, pues, y rogó a Jesús que expulsara de su hija al demonio; pero Jesús le dijo: 



    –Deja que los hijos coman primero, porque no está bien quitar el pan a los hijos y dárselo a los perros. 



    –Sí, Señor –respondió ella–, pero hasta los perros comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos. 



    Jesús le dijo: 



    –Bien has hablado. Puedes irte: el demonio ya ha salido de tu hija. 



    Cuando la mujer llegó a su casa encontró a la niña en la cama; el demonio ya había salido de ella. Mc 7, 24-30




    El ministerio de Jesús está en marcha. Va de un lado a otro en constante movimiento. La gente le conoce y le sale al paso buscando ayuda. En el capítulo uno del evangelio de Marcos, en la sinagoga de Capernaúm encontró a un hombre con un espíritu inmundo y le curó. Al salir de allí y entrar en la casa de Pedro sanó la fiebre de su suegra. Esa misma tarde restableció a muchos enfermos y liberó a endemoniados. Poco después limpió a un leproso que le rogó de rodillas. En el capítulo dos sana al paralítico que descolgaron por un agujero en el techo. En el tres cura al hombre de la mano seca. En el cuatro calma la tempestad. En el cinco expulsa el demonio del gadareno que vivía entre los sepulcros, resucita a la hija de Jairo, uno de los principales de la sinagoga y corta la hemorragia a la mujer que tocó su manto. En el capítulo seis alimentó a unos cinco mil, camina sobre el mar y sana a enfermos en Genesaret.



    Jesús conocía las necesidades del ser humano porque era hombre además de Dios y Dios además de hombre. La gente le conocía. Su nombre y su obra se extendían por toda la región. Su evangelio no trata únicamente de la comunicación verbal sino de hechos. Si Jesús se hubiese limitado a explicar una doctrina sin compasión y sin obras, la gente no le habría seguido. Tarde o temprano su mensaje se habría vuelto hueco. A nadie le sirve los sermones si tiene hambre, si tiene sed, si está en la cárcel y nadie le visita, si no tiene con quien hablar, si está sin trabajo y no tiene ayuda, si está enfermo. El mensaje del evangelio conlleva hechos y aunque Jesús, prefiriendo discreción,  quiera hacerlos de manera particular, no logran pasar desapercibidos.



    Sabemos que este es un texto muy debatido al que no se le encuentra una explicación satisfactoria. Las palabras de Jesús fueron muy duras. En estos versículos  vemos la fe como la supervivencia espiritual de la protagonista, una mujer cuya hija tiene un demonio. Las dos necesitan atención. Desconocemos lo que esta enfermedad encierra exactamente, pero no tenemos dudas de que la vida de la chica no era completa ni feliz y, por lo tanto, la de su madre tampoco. El padre no aparece en la narración, sólo la preocupación de la progenitora, quizá porque la vida y lo que le sucede a las mujeres, y más en aquel tiempo, le  importa a las mujeres. Sabemos de esto, hemos llevado a los hijos dentro y con ellos existe una conexión inexplicable en palabras.



    La sirofenicia se ahorra todo el protocolo y va al grano en la búsqueda del milagro. Es su única misión. Ha oído hablar de las obras de Jesús y no se detiene en recordar frases, enseñanzas, mensajes ni sermones que le hayan llegado por boca de otros. Fue, pues, y rogó a Jesús que expulsara de su hija al demonio. Quiere lo que quiere sin rodeos y lo que quiere es legítimo: que su hija esté bien. 



    Según leemos en el texto esta mujer no llegó pidiendo permiso, ni saludando, ni alabando a Jesús con oraciones. Fue directa, a por todas, sin adornos, e hizo su petición a modo de ruego. Lo primero que hizo fue arrodillarse, como la esclava que con ese gesto se pone a disposición completa delante de su amo. Las críticas que podía recibir no le importaban. Cuando una hija o un hijo necesita ayuda, las madres nos tragamos el orgullo. No hay más que imaginar su corazón lleno de sufrimiento, la desdicha de saber que nadie más que él podía ayudarla. Ante la gravedad de su caso, la advenediza siente la necesidad imperiosa de reclamar una herencia divina que sabe no corresponderle.



    La respuesta de Jesús ante dolor de la mujer es punzante. Posicionarla a la misma altura que los perros que sólo tienen derecho a comerse las sobras y están a expensas de la caridad de sus dueños, no casa con el Jesús que conocemos: Deja que los hijos coman primero, porque no está bien quitar el pan a los hijos y dárselo a los perros. Ante esta negativa, la mujer recibe una puñalada en el pecho. A su dolor Jesús añade más dolor. ¿Era este el mismo Maestro del que tanto había oído hablar y en el que había puesto toda su confianza? ¿Tiene Jesús un tope al hacer milagros, treinta, cuarenta, mil, y el de ella no entraba en el cupo porque reclamaba lo que no le pertenecía? ¿Estaba usurpando la sirofenicia el derecho de otro? ¿Verdaderamente aspiraba a robar la gracia ajena apelando a una justicia que a ella no le correspondía? ¿Pretendía la sirofenicia ser una ladrona de milagros?



    Sin embargo, lo que Jesús regala no tiene medida alguna, ni tope, ni final. Lo que parece una negación, es el preámbulo al milagro y la enseñanza que pronto va a producirse: todos somos iguales para Dios. Lo vemos también en la ayuda de Jesús al siervo pagano del centurión que se encontraba paralítico sufriendo grandes dolores (Mateo 8, 5-13), la referencia que hace a la viuda de Sarepta y Naamán el sirio que fue curado de lepra (Lucas 4:25-27). La sirofenicia lo entendió así, por eso acudió a él. También sabía que no tenía derecho a exigir nada. Este es el posicionamiento que debemos tener ante el Señor, entender que siendo perrillos alrededor de su mesa, todo lo que recibimos es por gracia y que realmente es él quien nos hace hijos de primera categoría.



    Aquella respuesta negativa hizo que la mujer se reafirmada aún más en ser atendida, en reclamar la salud para su hija. No se acobardó. Tenía fe en que no sólo los hijos legítimos disfrutan del bienestar paterno, sino el ser humano en sí, sea cual sea su raíz, su raza, sus costumbres o su visión de vida. 



    La mujer, la madre que vivía en sus propias carnes la dolencia de su hija, conquista y cautiva a Jesús con la fe que expresa en una sola frase: Sí, Señor, pero hasta los perros comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos. Y es aquí donde él le concede pleno derecho reafirmándola en su petición. Ella se ha posicionado donde debía, ha hablado como debía hablar y ahora ya puede irse con su solicitud cumplida: Jesús le dijo: –Bien has hablado. Puedes irte: el demonio ya ha salido de tu hija. 



    No es que a Dios le guste humillarnos, no es que quiera subyugarnos ni maltratarnos pues es puro amor. Se trata de que como personas reconozcamos, seamos conscientes de quienes somos y de quien es él.



    Durante un rato más, la sirofenicia debe permanecer en la esperanza, en la supervivencia espiritual por fe, un poco más hasta llegar a su casa, hasta comprobar que verdaderamente esas migajas de los perrillos no eran tales, sino el alimento completo que reciben los hijos sentados a la mesa y que le han sido concedidos a su niña y a ella. 



    La imaginación no abarca por completo la felicidad de aquella madre al entrar en casa y ver que su pequeña, aún en la cama, ya estaba sana, libre del demonio. 



    Con este milagro, las dos fueron incorporadas como hijas a la familia del Padre.  El Señor siempre elige a los pequeños y despreciados para amarlos de un modo singular, para levantarlos del suelo y sentarlos a la mesa. La niña necesitaba que su madre fuese en su lugar, igual que cuando nosotros nos sentimos indefensos ante algo inalcanzable y alguien actúa por nosotros. La súplica de aquella madre se transformó en oración y su postura corporal en adoración. Todo un ejemplo cuando necesitamos que alguien interceda por nosotros o nosotros mismos interceder por otros necesitados que son vulnerables a sus circunstancias.



    Ahora que llegamos al final de esta reflexión no podemos olvidar volver al primer versículo:  De allí pasó Jesús a la región de Tiro. Entró en una casa sin querer que se supiera, pero no pudo ocultarlo. Dondequiera que está Jesús no hay nada ni nadie que pueda ocultar su presencia, porque sus hechos no pueden taparse y dan siempre testimonio de su amor, su gracia y su poder.


     

     


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