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    José Hutter
     

    El oro de Havila: mantener el valor del dinero (2ª parte)

    En Levítico Dios prohibió alterar las medidas de la balanza y advirtió a Israel que el fraude lleva a la servidumbre.

    TEOLOGíA AUTOR José Hutter 30 DE ENERO DE 2019 11:14 h

    En Levítico 19:35-36 Dios prohíbe alterar las medidas con fines fraudulentos. Esto incluye la fijación del peso de oro y de la plata. Dios relaciona este mandamiento con su propio carácter y la historia de Israel: el fraude lleva a la servidumbre. El que dice que 900 gramos de oro son un kilo es un ladrón y manipulador, aunque se llame “gobierno”. En el Antiguo Testamento existía ya la posibilidad de manipular las balanzas de plata y oro o el contrapeso para decidir su valor. El comprador podía también manipular las monedas: quitar un poco con una lima (para evitar eso las monedas más tarde tenían relieve, porque se notaba en seguida que alguien había quitado un poco). El vendedor también puede manipular el producto: por ejemplo vender la leña mojada o el pescado lleno de agua, como es la práctica en algún que otro mercado y puesto de venta de leña.



    Es curioso que hasta el día de hoy uno de los símbolos de la justicia es la balanza romana. Significa que el que tiene la balanza es el juez. Según la Biblia, la última balanza, la tiene Dios (Daniel 5:25-27). Por lo tanto, alguien que comete un fraude dice: no hay justicia por que Dios el Juez no existe.



    Pero volvemos al valor del dinero. Tradicionalmente se mide plata y oro en onzas. Una onza son aproximadamente 31 gramos. Una onza de oro cuesta en la actualidad unos 1.145 euros. Por lo tanto, no es ni era práctico para pequeños importes. Además es inseguro llevar tanto oro encima. Por lo tanto, era más seguro depositarlo en un banco. En su momento, el banco extendía al depositante un recibo. Con este recibo, se podía recuperar el oro en cualquier momento. Automáticamente, el recibo se convirtió en dinero, porque cualquiera podía usarlo y podía pasar de mano en mano. Mientras se confiaba en el sello y la solvencia del banco y no había ningún problema.



    Pero también quedaba claro: el papel se puede falsificar, el oro no. Y también existía (y sigue existiendo) el peligro de extender más recibos que las existencias de oro en el banco. Mientras el banco (depósito) no extienda más recibos del oro o plata que tenga en su caja fuerte, la cosa es honesta. Pero existe la tentación de aumentar la cantidad de recibos porque esto para el prestamista se convierte en un gran negocio: la creación de dinero de la nada.



    En la literatura financiera también se habla de dinero “fiat”. Esa palabra viene del latín y es la expresión que Dios usó -en el latín de la Vulgata- para crear la tierra y lo que contiene de la nada. Pero de ese dinero que se crea de la nada no vamos a hablar ahora, sino más adelante.



    El dinero es un fenómeno social. Aparece cuando los individuos de una sociedad se dan cuenta de que hay ciertos bienes que se valoran de forma generalizada. A partir de ese momento, cada uno de ellos intercambiará los bienes y servicios que produzca por este bien comúnmente demandado, lo que les permitirá adquirir otros bienes y servicios en el futuro. De esta forma, el dinero coordina el fruto de nuestro trabajo y nuestras necesidades futuras.



    El valor del dinero es subjetivo, al igual que el de cualquier otro bien, y depende de los fines que tengamos pensado alcanzar mediante su uso. Además, el dinero, que definimos como el medio de intercambio común y generalmente aceptado en una economía, puede cambiar repentinamente debido a una alteración en las valoraciones subjetivas de los individuos que lo utilizan.



    Podemos apreciar esto en el caso del Egipto de José, azotado por una severa hambruna que duró varios años. El Faraón era el único que tenía reservas de grano para poder subsistir y contaba además con un excedente suficiente como para venderles una parte a los habitantes de la tierra de Egipto. En esta situación, el dinero que se había utilizado hasta entonces perdió, al menos temporalmente, esta cualidad, ya que el grano se convirtió en el bien más demandado de forma generalizada en la sociedad y, por ende, en un nuevo dinero. El anterior dinero perdió su valor en comparación con el grano porque éste suplía directamente la mayor necesidad de los individuos en ese momento: la alimentación.



    Cuando se hubo intercambiado todo el dinero existente por grano, José empezó a venderlo a cambio de animales. Los animales tenían un gran valor en épocas de bonanza, pero durante la hambruna la gente los valoraba muchísimo menos que el grano, ya que, entre otras cosas, a los animales había que alimentarlos a base de cereales.



    Vemos, por tanto, como el dinero de toda la vida y los animales perdieron prácticamente todo su valor en la tierra de Egipto. Ahora bien, no perdieron su valor para el Faraón, que los valoraba más que el grano, ya que en caso contrario no se habría llevado a cabo el intercambio. Para que se lleve a cabo una transacción voluntaria siempre tiene que existir una desigualdad en cuanto a la valoración de los bienes o servicios a intercambiar. Cada una de las partes prescinde de algo subjetivamente menos valioso a cambio de algo subjetivamente más valioso, por lo que ambas partes se benefician.



    La historia sigue. Los egipcios terminaron por vender todo lo que poseían a cambio de alimento y al final, cuando ya no tenían nada, no les quedó otra opción que venderse a sí mismos como esclavos. El Faraón sabía por José que la hambruna acabaría (se llama “información privilegiada”) y por eso vendió el grano por bienes que en general habían perdido su valor, ya que sabía que volverían a ser valiosos superada la crisis. Y así fue, y el Faraón no sólo vio multiplicada su riqueza exponencialmente, sino que además se convirtió en el dueño absoluto de toda la tierra de Egipto.



    Hay que añadir que no basta con que un bien se demande de forma generalizada en una sociedad para que se convierta en dinero. Un bien de intercambio tiene que tener cinco características esenciales, como vimos la semana pasada: tiene que ser divisible, fácilmente transportable, duradero, fácilmente reconocible y escaso. En épocas de bonanza el grano no es  escaso y por eso no puede funcionar como dinero. Es precisamente la dificultad para conseguir (o crear)  dinero uno de los aspectos fundamentales que lo convierte en un buen bien de intercambio.



    Tenemos que aclarar también que el Faraón sólo fue capaz de tener excedente de grano porque había extorsionado a sus súbditos a base de impuestos (sobre las tierras y en especie) los años anteriores a la hambruna y que, además, pudo defender las reservas al tener el monopolio de la defensa y de la seguridad, es decir, al servirse de un ejército sin competencia que respondía exclusivamente a sus intereses.



    Por último, en el pasaje bíblico podemos observar además algo muy interesante que aún no se ha entendido bien hoy en día: el dinero no depende del Estado. Es siempre el mercado el que decide (y debe poder decidir libremente) cuál es el mejor dinero en un espacio y lugar concretos.



    Por eso queda la tentación más grande para cualquier estado: una vez conseguido el monopolio de emitir dinero, la cuestión es: ¿cómo se puede devaluar ese dinero? Es decir: dar gato por liebre. Lo veremos la semana que viene.


     

     


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