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    José Hutter
     

    El oro de Havila: el origen del dinero y su valor (1ª parte)

    En la Biblia, desde el principio, se consideró que el oro algo que tenía valor por una serie de cualidades que lo convierte en un bien muy apreciado.

    TEOLOGíA AUTOR José Hutter 23 DE ENERO DE 2019 13:05 h
    Foto: Pixabay.

    Por primera vez se menciona el oro en Génesis 2:11, juntamente con el bedelio y el ónice. Oro se entiende. Pero ¿bedelio y ónice? ¿Qué son? Respuesta breve: un tipo de resina y una piedra preciosa. Sin embargo, todo el mundo sabe lo que es oro. No necesita explicación ni presentación.



    Nos damos cuenta de que incluso en la Biblia desde el inicio se consideró algo que tenía valor y por su manejabilidad desde los tiempos más remotos sirvió como medio de intercambio: dinero. No porque tenga un valor inherente. No existe tal cosa. Sino por una serie de cualidades que lo convierte en un bien muy apreciado. Precisamente el oro ha cumplido las cinco características de dinero a la perfección que ya por el siglo IV antes de Cristo, Aristóteles señaló como propiedades que convierten ciertas cosas en dinero, es decir: en medio de intercambio. El planteamiento del gran filósofo griego es tan válido en la actualidad como lo era hace 2400 años. Según Aristóteles un medio de pago tenía que ser:



    1. Duradero (el oro es sólido, no se deteriora ni se oxida con el tiempo y es químicamente inerte)



    2. Divisible (una onza de oro se puede dividir mil veces si es necesario. Un diamante no se puede dividir sin que pierda su valor.)



    3. Consistente (una onza de oro puro es igual siempre y en cualquier lugar del mundo, lo que facilita el comercio y la liquidez)



    4. Fácil de transportar



    5. Escaso (el oro se extrae con un alto coste y no abunda en ningún sitio)



    En realidad, hay una sexta propiedad que Aristóteles se olvidó de mencionar: no se puede crear de la nada. Queda exculpado Aristóteles porque ni este genio griego se podía imaginar que 2400 años más tarde los bancos centrales se dedicarían precisamente a esto, lo que desafía no solamente las reglas de la lógica, sino al sentido común: un trozo de papel mezclado con algodón con una imagen de una muerta y una cifra se llama “billete de dinero”.



    Al principio, ningún estado o gobierno tomó la decisión de que “a partir de hoy el oro es dinero”. La gente antes lo usaba como tal. De hecho existe ya en el mundo perfecto, creado por Dios, antes de la caída. Originalmente, el dinero no era un trozo de papel o una moneda de cobre con la efigie de un rey encima. Ya en Génesis 13:2 se dice que Abraham era rico en oro y plata. Era una moneda que se aceptaba tanto en Ur de los Caldeos, como en Harán, como en Egipto y en Canaán. Y si hubiera podido viajar a América o a China, pues allí también se habría aceptado.



    Y por supuesto, los estados de la antigüedad cobraban sus impuestos en esta moneda: oro y plata. No había  monedas de metal en el mundo hasta que el reino de Lidia en Asia Menor lo inventa alrededor del año 600 a.C.



    Hay quien dice (entre ellos no pocos economistas): lo que el estado diga que es dinero, dinero es. Sin embargo, esta idea es históricamente, bíblicamente y lógicamente incorrecta. Si la gente no lo considera como dinero, no sirve. ¿Cuánta gente acepta voluntariamente un bolívar venezolano o su criptomoneda equivalente el “petro”? Allí entra la cuestión de confianza.



    El dinero, para ser válido, no tiene por qué ser creado por un gobierno. Una de las razones por las que se reconoce el oro hasta el día de hoy como medio de pago, es precisamente la imposibilidad de manipular o falsificarlo. Es la razón por la que -de momento- se libra del IVA en muchos países incluido España. Es dinero como lo son el euro y el dólar. Pero a la gente no le interesa y el estado no lo promueve. De hecho: a veces prohíbe su tenencia, como lo hizo precisamente el país de los “ciudadanos libres”, EE.UU., entre 1933 y 1977. “Casualmente” el dólar perdió el 70% de su poder adquisitivo en este tiempo. El oro es competencia no manipulable y gobernable. Y el Estado lo sabe. Los ciudadanos, no.



    Si el Estado tiene el monopolio sobre cierto tipo de dinero como medio oficial de pago, hay un problema, sobre todo, si el Estado no tiene una moneda basada en el oro. Y en la actualidad ningún estado del mundo tiene un sistema financiero que se base en el oro.



    El dinero es fundamental en una sociedad para facilitar el intercambio entre individuos. No solamente nos permite adquirir bienes y servicios, sino que además resulta imprescindible para transferir riqueza al futuro y como unidad de cuenta para llevar a cabo el cálculo económico, que se realiza mediante los precios, expresados en unidades monetarias. El precio viene a ser una aproximación al valor objetivo de un bien o servicio en una economía no manipulada. El precio del dinero depende de la cantidad de bienes y servicios que se intercambien por él en un momento dado. Esto significa que sólo podemos conocer el precio que un producto tuvo con anterioridad (ayer), pero nunca su precio presente o futuro. Con esto se explica que el cálculo económico pueda funcionar sólo como una estimación y que nunca pueda ser totalmente acertado. Aun así, la unidad monetaria es la fuente de información más importante de la economía con respecto al estado actual de la oferta y de la demanda de bienes y servicios. En un sistema financiero manipulado por subsidios, impuestos y aranceles, como lo tenemos hoy en día, los precios de los productos, sin embargo, no cumplen con esta función.



    Y la Biblia recibe el apoyo de uno de los economistas más importantes de todos los tiempos. En su libro Theorie des Geldes und der Umlaufsmittel (La teoría del dinero y del crédito), el economista austriaco Ludwig von Mises, basándose en el trabajo de Carl Menger, da una solución a la incógnita del origen del dinero. Mises creía (con razón) que el oro fue probablemente una de las formas de dinero más antiguas. Antes de que funcionara como dinero servía para suplir otras necesidades, como la ornamentación.



    Hay numerosos versículos bíblicos que apoyan esta teoría, como cuando el siervo de Abraham le regala joyas de oro y de plata a Rebeca para que se case con Isaac (Génesis 24:53); o cuando Dios ordena que el tabernáculo se decore con adornos de oro (Éxodo 25, 26, 28, 37, 39).



    El oro es el dinero que se ha utilizado de forma más prolongada en el tiempo. También la plata ha sido un dinero metálico muy popular, pero históricamente el oro ha sido casi siempre más preciado. Es sin duda interesante que Moisés, el autor del libro de Génesis, le dedicara una mención especial a la calidad del oro de la tierra de Havila, además de referirse a otras dos sustancias. Aunque este pasaje no sea suficiente como fundamento bíblico del patrón oro, es tremendamente curioso que casi 3500 años después de haberse escrito estas palabras, sigamos reconociendo el oro como algo de gran valor y, por tanto, que podamos reconocer la importancia que tuvo que tener la tierra de Havila.



    El oro cumple a la perfección las cinco características esenciales del dinero expuestas arriba. Además, como dato curioso, podemos añadir que es especialmente duradero; sólo existe una sustancia capaz de destruirlo y es por eso que a esta sustancia se la conoce como agua regia, del latín aqua regia.



    Podemos afirmar que ni el oro ni la plata se convirtieron en dinero por decreto de ningún soberano, sino que se establecieron como tal de forma voluntaria. La Biblia corrobora esto, ya que no contiene ni una palabra sobre el establecimiento por la fuerza de ningún tipo de dinero y, sin embargo, nos indica claramente que tanto el oro como la plata se utilizaban de forma habitual en la sociedad por ser bienes muy preciados por su escasez.


     

     


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