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    Isabel Pavón
     

    Jesús fracasa en Nazaret

    Los corazones secos no quisieron empaparse de gloria. Los oídos duros no quisieron ablandarse con sus palabras y sus ojos no quisieron disfrutar de las obras que realizaba el Maestro.

    TUS OJOS ABIERTOS AUTOR Isabel Pavón 28 DE DICIEMBRE DE 2018 10:27 h


    Jesús se fue de allí a su propia tierra, y sus discípulos le acompañaron. Cuando llegó el sábado comenzó a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oír a Jesús, se preguntaba admirada: 



    –¿Dónde ha aprendido este tantas cosas? ¿De dónde ha sacado esa sabiduría y los milagros que hace? ¿No es este el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no viven sus hermanas también aquí, entre nosotros? 



    Y no quisieron hacerle caso.  Por eso, Jesús les dijo: 



    –En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra, entre sus parientes y en su propia casa. 



    No pudo hacer allí ningún milagro, aparte de sanar a unos pocos enfermos poniendo las manos sobre ellos. Y estaba asombrado porque aquella gente no creía en él.



    Evangelio de Marcos 6:1-5




    Para situarnos en esta historia, primero vamos a hacer un breve repaso, a modo de pinceladas, sobre lo que ha ido ocurriendo en la vida de Jesús hasta ahora. Se ha bautizado, ha estado en el desierto y ha sido tentado. Cura al hombre del espíritu inmundo y su fama se extiende por la comarca de Galilea. Cura a la suegra de Pedro, a un leproso y al paralítico al que, además, perdona sus pecados. Tanto Jesús como sus discípulos rompen la ley, cogen espigas en Sábado y se las comen. 



    Paso a paso se va poniendo en evidencia. Cuando se mueve va rodeado de gente. Unos quieren tocarlo y otros no quieren ni mirarlo.



    En el capítulo tres es cuando nombra a sus doce apóstoles para que convivan con él y para enviarlos a predicar con poder para expulsar demonios (Mc 3, 14-19).



    Sus propios familiares comienzan a estar molestos, le ven fuera de sí. También él responde cuando llega el momento oportuno, ¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Entre Jesús y los suyos se ha creado una gran distancia. 



    Lleva un tiempo enseñando, unas veces por las calles, otras por los campos y otras en las sinagogas, en muchas ocasiones con parábolas. Ha ocurrido el percance de la barca y calma la tempestad. Cura al endemoniado de Legión (porque eran muchos) que vivía entre los sepulcros y los manda a los cerdos. Un jefe de la sinagoga consigue la curación de su hija. Cura a la mujer del flujo de sangre.



    Jesús es vida para algunos y para otros es causa de múltiples molestias. Su fama, a estas alturas, se ha extendido por toda la región.



    Hasta aquí llega el breve repaso de la popularidad y el currículum de Jesús en los primeros cinco capítulos del evangelio de Marcos. Sin embargo, a pesar de esta fama que se va consolidando, Jesús fracasa en Nazaret, en su tierra. Lleva un movimiento imparable de encuentros, viajes en barca, curaciones, enseñanzas y todavía los testigos se preguntan quién es este. Están fascinados con su autoridad y su poder, pero los paisanos se sorprenden al oír su enseñanza en la sinagoga y se resisten a reconocer su sabiduría. Sacan a relucir su origen. Sospechan. Nosotros diríamos: ¿No es este el hijo mayor de nuestra vecina María, la del segundo piso? ¿No estudió con los nuestros en el mismo colegio? Ninguno de su familia ha destacado, ¿cómo es que él lo hace de manera tan especial?, ¡pues no parece que ha venido a dárselas delante de nosotros!



    Ven a un Jesús diferente al que habían conocido y no aceptan el cambio que se ha producido en su rutina. No aprueban a este nuevo paisano que brilla con luz propia. Una luz que tampoco poseen sus hermanos. Están asombrados y a la vez se niegan a reconocer al Profeta-Dios. Se niegan porque Jesús es simplemente el hijo de María. 



    Aunque hay otros textos en los que se le reconoce como hijo de José, el carpintero es nombrado aquí como hijo de su madre. Según algunos estudiosos, esta expresión lleva a la sospecha sobre si Jesús tenía padre conocido o reconocido, algo insultante, sombrío y humillante para cualquier varón de la época. En esta sociedad patriarcal, el Hijo de Dios no es reconocido como hijo de un padre. Incluso cuando el padre ha muerto, se acostumbraba a nombrar a los hijos en relación a él, no en relación a la madre. Digamos que lo que aquí se da a entender es que no tiene el apellido paterno y para ser alguien, lo necesita. 



    Ante su procedencia dudosa, se preguntan ¿Quién es este? Y como respuesta Jesús se llama a sí mismo Hijo de lo Humano y va definiendo su personalidad en público. Quiere que su gente le reconozca, pero no se impone. 



    Vemos que si alguien se sale del encorsetamiento al que su grupo le somete, se convierte en uno que se expone al fracaso y la visión que adoptan sobre él es vulnerable. Se rompe una monotonía social o eclesial que no debe romperse. 



    En Nazaret quisieron encasillar a Jesús dentro de sus propios esquemas, porque lo que él enseñaba pasó de lo normal a lo excepcional. Los que le oían eran muy incrédulos y esa incredulidad la producía su familia, una madre y unos hermanos normales. Y hay que ser alguien para ser creído, admirado, considerado y respetado. Jesús no lo era. No lo era para sus paisanos. Querían obligarle a seguir siendo igual que ellos, seres con las alas cortadas. Le escuchaban, comenzaban a admirarle, pero no confiaban, porque era el carpintero y un carpintero no tenía derecho a ser más de lo que su propio trabajo le permitía. Es más, los que tenían el oficio de trabajar con las manos no podían pertenecer al consejo del pueblo ni tenían preferencia en la Asamblea, tampoco podían ser jueces. Esa era la norma. 



    Aunque había algo en Jesús que destacaba mucho del resto de los comunes, no quisieron creer al que era Dios encarnado que les acercaba las buenas noticias del Reino de los Cielos. Es posible que, aparte de molestarles su condición humilde, les incomodara la autoridad con la que se dirigía a ellos, "a ver este de qué va", se preguntaban. 



    Y se marchó de su tierra. Los corazones secos no quisieron empaparse de gloria. Los oídos duros no quisieron ablandarse con sus palabras y sus ojos no quisieron disfrutar de las obras que realizaba el Maestro. Prefirieron seguir viviendo aquella pobreza de espíritu a la que estaban encadenados. No querían cambios y menos si los traía uno de los suyos. No le respetaron. En este contexto Jesús nos dice: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa". 



    Este comportamiento sigue vigente hoy en las congregaciones. Hay adultos a quienes se les escucha dirigirse al Señor en oración, o dar testimonio, o dar una enseñanza en la que, queriendo convencer a los demás de que Dios es muy cercano (que lo es) y que en él se puede confiar, la falta de reverencia y de respeto los pierde: esas señales que se le piden; esos retos que se le imponen; los plazos que se le exigen para los cumpla y si no tomo tal o cual decisión, normalmente una decisión interesada y allá él, si me equivoco será por su culpa. La manera en que se le pide que actúe demuestra la torpeza y la falta de reverencia que se le tiene. Se le trata tan de tú a tú que se le ningunea. Por otro lado, he oído a jóvenes dirigirse a Dios o hablar de él como si de un colega del instituto se tratase, mientras los padres los observan embobados y sonríen buscando la mirada cómplice de los presentes.



    Continúo. En Nazaret, Jesús sólo pudo curar a unos cuantos enfermos, los únicos que por su gran necesidad creyeron en Él. De nuevo se marca una distancia, esta vez entre los pocos que tenían fe y los que no.



    Jesús respetó, no sin dolor, que allí no le quisieran y esto nos lleva a preguntarnos cuántas veces intentamos convencer del evangelio por la fuerza con soberbia y prepotencia.



    Conocemos el amor de Dios. Hemos tenido un encuentro personal con él, un encuentro que nos ha transformado y no podemos callar lo que vivimos, la gracia que experimentamos. Dondequiera que estamos somos sus profetas, ya sea en la casa, en nuestro bloque, en nuestro barrio, en el trabajo, en la calle. Somos enviados a anunciar su Palabra con humildad. Y como representantes de nuestro Señor, nos encontraremos con el desprecio que Él se encontró. Pero esto no quita que nuestra disposición del día a día sea que cada una de nuestras palabras, de nuestros gestos y obras, sigan convirtiéndose en evangelio, sobre todo fuera de la iglesia. 



    A través de las palabras y nuestro testimonio de vida, anunciamos al Resucitado. Debemos ser fieles administradores de lo que nos ha dado. Somos responsables de esa gracia que nos otorga y que no nos lleva a sublevar nuestro orgullo sino a ponernos a disposición del prójimo y, del mismo modo que le pasó a Jesús, dudarán de nosotros dada nuestra procedencia, sobre todo los que nos conocen de toda la vida, porque, ¿qué somos? Si a él le menospreciaron, cuánto más a nosotros que verdaderamente no somos nada. Sé que esto es algo manido, pero no quita que sea la pura realidad, como realidad manida es también nuestro engreimiento y prepotencia que, lejos de aminorar, se nos actualiza cada día.



    Los que nos conocen desconfiarán del mensaje que les estamos transmitiendo. Nos criticarán. Cuando todo esto esté ocurriendo debemos saber que vamos por buen camino.



    Jesús fracasó en Nazaret. Hemos de ser conscientes de que el fracaso no siempre va unido a la desilusión. Jesús fue ilusionado, pero el fracaso vino. Fracaso y mal trabajo no van siempre unidos. Es posible que la obra, la ilusión sean óptimas, pero el fracaso se presenta y rompe lo hermoso de la misión. El buen mensaje de Jesús le proporcionó fracaso. La buena voluntad de acercamiento le ocasionó fracaso. Podemos ser profetas del Señor y esto traernos fracaso tras fracaso. ¡Qué solo debió sentirse estando rodeado de los suyos! ¡Cuánto vacío! ¡Qué duros fueron con él!



    Vivamos siendo conocedores de que lo que le ocurrió a nuestro Maestro es ejemplo de lo que vamos a vivir y lo que nos ocurre es lo mismo que le ocurre al que está a nuestro lado. Nuestra experiencia es la misma que tienen los demás. 



    Es bueno ver al hermano/hermana como un espejo en el que nos miramos, porque mi necesidad de recibir ánimo y respeto para seguir anunciando el evangelio es la misma necesidad de ánimo y respeto que tiene el otro, la otra. Entonces, sabiendo esto, ¡seamos nosotros los que proyectemos ese ánimo! Lo que yo no recibo, el apoyo que a mí me falta, se lo voy a dar a quien trabaja para el Señor. Lo que yo no tengo, que no le falte al otro/otra, para que así se ilusione. Somos llamados a ilusionar. Es necesario alentar al que viene en nombre del Señor, pues camina empujado por su amor.



    Vivir el fracaso en carne propia nos hace ver con más claridad lo que significa el reconocimiento y esto, nos lleva a valorar al prójimo, no sea que, a pesar de su procedencia terrena, de su bajo estatus, de pertenecer a una familia sin formación, de ser un muerto de hambre más en el barrio donde vive, sea un profeta elegido por Dios que se ha empapado de la Palabra verdadera y viene, con su unción, a traernos su Gracia. 



     



    Escrito con la ayuda del Comentario Bíblico Latinoamericano. Nuevo Testamento. Grupo Editorial Verbo Divino.


     

     


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