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X. Manuel Suárez
 

Las hipotecas en el Poder Judicial

La independencia de los jueces la debemos respetar todos, pero sobre todo ellos mismos.

OLLADA GALEGA AUTOR X. Manuel Suárez 07 DE NOVIEMBRE DE 2018 15:52 h
Tribunal Supremo, en Madrid. / Concepción Amat Orta, Wikimedia Commons (CC 3.0)

Estaba testimoniando como perito en un juicio; había dedicado mucho tiempo a preparar mi exposición para ser riguroso y al mismo tiempo hacer comprensibles para todos las cuestiones técnicas. Y en medio de mi declaración, veo que la jueza se pone a mirar cosas en su móvil e incluso a teclear; parecía evidente que le importaba un bledo lo que estaba exponiendo. Me indignó. Si ella hubiese venido a mi consulta y yo hubiese hecho lo mismo, ella lo habría considerado una inaceptable falta de profesionalidad y educación. Lo mismo estaba yo pensando ahora de ella. La democracia garantiza a los jueces un status de cierta intangibilidad, pero de ninguna manera les otorga un peldaño por encima de los demás.



Mi impresión fue que aquella jueza tenía la sentencia decidida de antemano y por eso no necesitaba escucharme. No esperaba que aceptase necesariamente mis argumentos, pero era evidente que todo mi esfuerzo por ser riguroso se lo estaba pasando por el forro. En esas condiciones, me pregunté por la imparcialidad en aquel juicio.



El poder judicial debe tener el respeto de toda la sociedad y se le debe mantener al margen de las presiones de todo tipo; es una de las condiciones básicas del sistema democrático. Pero el respeto, un elemento moral, no sólo hay que imponerlo: hay que ganárselo mediante la autoridad moral, y esa autoridad moral se gana mostrando rigurosa imparcialidad.



El espectáculo de la reciente revisión de la sentencia de las hipotecas nos deja la impresión de que los jueces no siempre se elevan por encima de las miserias de los mortales para sentenciar inmunes a cualquier tipo de presión, no: algunos parecen susceptibles a la presión de entidades, estamentos y colectivos. Lo que es justo es justo, y si es justo que paguen los bancos, a algunos respetables miembros del Supremo no les deberían haber intimidado –como dicen que así fue– los cinco mil millones que costaba volver a poner las cosas en su justo punto.



Se comenta que algunos jueces son susceptibles a las presiones políticas. Yo no creo que se necesiten esas presiones para dejarse modular por posicionamientos políticos; sencillamente a veces parece que la propia ideología del juez condiciona sus decisiones, sin necesidad de que nadie tenga que venir a soplarles al oído cómo tienen que resolver. Cuando vemos el empeño por meter a calzador el delito de rebelión en los juicios a presos catalanes, es razonable preguntarse si detrás hay algo más que la puridad técnico-jurídica, y no es que nos lo preguntemos nosotros, es que los jueces de media Europa así lo están poniendo en evidencia.



A nadie se le ocurriría decir: “Vete a ese médico, que es de izquierda, o a aquel otro, que es conservador”; mi abuelo, republicano, fue “paseado”, y he atendido a pacientes que habían sido activos represores en el franquismo de la post-guerra, pero jamás mi ideología ni mis filias ni mis fobias asomaron para condicionar la profesionalidad y dedicación de mi atención hacia ellos, jamás, y lo mismo puedo certificar de todos mis compañeros médicos. Y, sin embargo, todos tenemos la impresión de que algunas sentencias dependen del juez que te toque, si es “conservador” o progresista”: parece que el sentido de esas sentencias no depende en última instancia de cuestiones puramente técnico-jurídicas, sino de las afinidades del juez de turno. La independencia de los jueces la debemos respetar todos, pero sobre todo ellos mismos.



A los ojos de la sociedad, el poder judicial está perdiendo credibilidad, está perdiendo autoridad moral. Esto es un problema para la democracia, que para funcionar necesita imperiosamente fundamentos éticos, como la credibilidad y la autoridad moral. Necesitamos tener la tranquilidad de que podemos confiar en el poder judicial, en su inmunidad a los condicionantes políticos e ideológicos. No esperamos que los jueces sean infalibles, pero sí que sean imparciales e inconmovibles ante las presiones.



La democracia tiene que asentarse decididamente en el poder judicial, y la democracia no significa sentenciar según las encuestas de tendencias políticas (si se sometiese a referéndum dejar de pagar impuestos, se ganaría por goleada), sino mantener la separación de poderes no sólo en la teoría, sino en la práctica diaria, con un ejercicio independiente de filiaciones ideológicas y libre de susceptibilidad ante la presión de los poderes fácticos.



Reclamamos así a los jueces, mortales y limitados como todos nosotros, que pongan en sus cabezas y en sus plumas Lev. 19.15: “No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo.”


 

 


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