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    Jaume Llenas
     

    La guerra de los másteres y los doctorados

    Esta guerra es un capítulo más de una guerra mayor, de una estafa mayor. Un día nos estafaron la verdad.

    LUEGO EXISTO AUTOR Jaume Llenas 14 DE SEPTIEMBRE DE 2018 16:53 h
    Varios líderes políticos están siendo cuestionados por sus estudios superiores. /Moncloa/PP/Ciudadanos

    En nuestro país arden las guerras más curiosas que uno pueda imaginar. La última que ha estallado ha sido la guerra de los másteres y los doctorados. Resulta que una parte significativa de los políticos en cargos de alta responsabilidad mentía en sus currículums para aparentar que tenía más títulos de los que realmente tenía.



    La carrera más popular es la de los webmasters de los partidos para ocultar del currículum lo que antes era motivo de (vana) gloria. Ya no son solo los pobres ciudadanos los que quieren aparentar mayor conocimiento y experiencia cuando van a buscar un empleo con el que salir del pozo del desempleo, sino que una parte no desdeñable de los políticos también nos estaba engañando. Había un afán de aparentar aquello que no se es, presumir y dar apariencia que no se corresponde con la verdad.



    De alguna manera, ha puesto de manifiesto que nuestra sociedad, por encima de la valía personal adora la apariencia de los títulos. Lo peor es que ha encontrado a sus pares en la administración de algunas universidades que se han beneficiado del peregrino prestigio que les daba el que aquellos políticos hubieran obtenido un título en su universidad. Esto ha generado una conjura de intereses innobles. Somos como aquella sociedad de los años 60 en los que una familia que no podía salir de vacaciones se encerraba en casa 15 días con las persianas bajadas para que los vecinos pensaran que se habían ido de vacaciones. Somos de los que tenemos que comer patatas cada día, pero tenemos aparcado un coche que nos da prestigio. Somos como los backyards de las viviendas inglesas que uno ve cuando viaja en tren por los suburbios. La miseria está detrás, pero por delante aparentamos ser alguien a quien hay que envidiar.



    Pensábamos que la corrupción acababa con que a todos los niveles, (municipal, autonómico y estatal) alguien se quedara aquellos impuestos de los que nos privábamos para dárselo al Estado, para que éste construyera colegios, carreteras, hospitales, pagara pensiones, etc. Los recortes llegaron a todas partes para que algunos pocos pudieran seguir enriqueciéndose privadamente. Pensábamos que sólo eran las empresas las que estafaban con los índices de contaminación de los vehículos, con la composición de los productos alimenticios, con el origen y la procedencia de los mismos, con la fijación de los precios de los combustibles y de la electricidad.



    Cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, ahora da para más. Quizás, la guerra de los másteres y de los doctorados sea una guerra agradecida. Quizás los ciudadanos sencillos se sientan hoy más aliviados al saber que no eran sólo ellos los que mentían al buscar un trabajo, también los políticos maquillaban la realidad. Ahora ya podremos decir aquello de: "todo el mundo lo hace", "es lo normal", no está tan mal que yo lo haga también.



    Esta guerra es un capítulo más de una guerra mayor, de una estafa mayor. Un día nos estafaron la verdad. Nos levantamos y la verdad ya no existía más. Al final de los años 60 en las universidades francesas profesores enseñaban que la verdad era algo que no podíamos conocer, que era relativa. Lo peor no era que no la podíamos conocer, sino que como tal no existía. El significado de un texto no era objetivo para todos sus lectores, sino que cada comunidad interpretativa tenía su propia hermenéutica. Si la realidad objetiva no existía, si esto no era más que una ilusión, tampoco había una base objetiva para definir el bien y el mal. Lo que es bueno para este colectivo, para esta persona en concreto, puede ser malo para otro colectivo. Nadie puede decirme lo que debo de hacer. Al final de ese proceso resulta que yo soy mi propio criterio de autoridad, nada exterior es una cinta métrica objetiva que me puede decir si lo que hago está bien o está mal, porque simplemente nada está bien o mal en sí mismo, sino lo que a mi y para mí está bien o mal.



    Las consecuencias de este proceso, que al principio parecían liberadoras, han acabado haciendo seres más inseguros. Al ser yo mismo mi propio referente, carezco de referentes. Como los chicos patinando en una pista sin vallas, patinamos todos en el centro de la pista. El temor al qué dirán se ha trasladado al linchamiento colectivo del disidente en las redes sociales. Y la consecuencia es que ya no puedes fiarte de nadie. Hay una crisis de credibilidad sin precedentes en Europa. Hasta la misma ley se interpreta bajo esos criterios que convencen a los convencidos. En el mundo de los negocios se pierde mucho tiempo, dinero y oportunidades de negocio porque todo el mundo sabe que tiene que protegerse de otros que, como nosotros, tampoco son fiables. Quizás es que no hay nada bueno en que nos digan lo que queremos oír aunque sea mentira, no hay nada bueno en preferir una mentira agradable a una verdad dolorosa. El no tener una plomada que establezca una norma común para todos, que todos podemos entender por su significado simple y evidente, ha quebrado todos los niveles de relaciones. Eso que los enamorados se decían al oído: "Te querré siempre" ahora significa: "Fue bueno mientras duró". Quizás es que detrás de ese aparato de la mentira que ha generado un aumento de la corrupción, el nacimiento de conceptos como la posverdad, las fake news como mecanismo de manipulación masiva y la guerra de los másteres y los doctorados, no se ven cumplidas las promesas con las que nos embaucaron. Todo era una gran mentira.



    ¿La verdad existe? y en caso de existir, ¿podemos saber qué es la verdad? Hace muchos años atrás un procurador romano pregunto: ¿qué es la verdad? Ese procurador tenía delante de él la respuesta, la verdad estaba allí, pero él no la podía ver. Ese procurador es todo un símbolo de nuestro tiempo. Él no la podía ver porque verla tenía implicaciones de las que él quería escapar. La verdad en realidad es personal. La verdad más que un concepto es una persona. Es Dios y se manifiesta terrenalmente en toda su belleza en la persona de Jesucristo. Conocer la verdad no es comprender un serie de conceptos que en sí mismos pueden ser relativos, sino que conocer la verdad es conocer la persona de Jesucristo en quien no hay ambigüedades, Él es sí y amén.



    La mentira también es personal, como la verdad. La Biblia nos dice que el diablo ha sido eternamente el progenitor de la mentira. Cuando el diablo habla mentira es coherente consigo mismo, con su propia naturaleza. La guerra cósmica entre el bien y el mal es en el fondo una guerra entre la verdad y la mentira. Los episodios de nuestro día no son más que apuntes de esa guerra aún mayor entre el bien y el mal, por hacer prevalecer la verdad y la mentira. Nuestra sociedad ha comprado el concepto de que la verdad no puede conocerse, teniéndola delante de su cara. Como aquel procurador romano, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero aquel que lo desea, puede conocer esa verdad personal en Jesús, y esa verdad personal de Jesús lo hará realmente libre.


     

     


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