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    José Hutter
     

    Autoridad y autoritarismo (2)

    Mientras que la autoridad verdadera se gana, el autoritarismo se impone y es expresión de un complejo de inferioridad.

    TEOLOGíA AUTOR José Hutter 05 DE SEPTIEMBRE DE 2018 10:14 h
    Foto: Dominik Vanyi, Unsplash.

    Una cosa que fácilmente puede arruinar un ministerio reconocido y exitoso es el ansia de poder, reconocimiento y orgullo ministerial. Es obvio cuando digo que jamás deberíamos estar en el ministerio si esto sirve en primer lugar para engrandecernos a nosotros mismos.



    A lo largo de mi vida he visto suficiente para quedarme aterrorizado ante este fenómeno. A nuestro Señor le han crucificado, los Apóstoles fueron ejecutados. Y aun así desde hace 2000 años, desde Simón el mago, la iglesia está siendo amenazada desde dentro por personas que usan el púlpito y su ministerio en primer lugar para fomentar su propio ego. Nuestro Señor vino para servir y si llevamos a nuestro rebaño al Señor, será sirviendo y como siervos. Sin embargo, la realidad en muchos casos dista mucho del ideal evangélico.



     



    ANSIA DE PODER, RECONOCIMIENTO Y ORGULLO



    Todos hemos conocido gente autoritaria en el trabajo o -lo que es peor- en la administración pública o en la política, cuando alguien asume unas competencias que van más allá de su cometido y se convierte en un simple dictador o en un sujeto soberbio difícil de aguantar, aunque realmente debería estar al servicio de los demás.



    Una cosa es tener autoridad. Otra cosa es ser autoritario y arrogante. La autoridad verdadera se gana, el autoritarismo se impone y normalmente es una simple expresión de un complejo de inferioridad. Pero la cosa se convierte realmente en un problema existencial cuando el autoritarismo invade la iglesia. Esto puede ocurrir en el caso de un pastor que en vez de cuidar con dedicación, amor y sabiduría su rebaño coge la vara de hierro del “aquí mando yo”. El resultado es una congregación que, en vez de florecer, languidece. 



     



    LIDERAZGO ESPIRITUAL



    La diferencia entre la autoridad pastoral como líder en una iglesia local y la mano de hierro autoritaria no es una línea fina. Más bien se trata de un abismo. Una iglesia cuyos miembros conocen las enseñanzas más básicas de la Biblia comprenderán perfectamente que el ministerio cristiano no se puede llevar a cabo en una anarquía y sin estructuras de autoridad. De hecho, son la base para un liderazgo y un cuidado pastoral efectivos. Pero de aquí a la imposición de una dictadura pastoral quedan muchos principios bíblicos en el camino.



     



    ¿CÓMO SE RECONOCE ESTE TIPO DE ABUSO DE AUTORIDAD?



    Por regla general se trata de personas que carecen de empatía hacia los demás. Para subrayar su actitud y modo de actuar se equiparan muchas veces -por lo menos de forma implícita- con los apóstoles y profetas. Muchas veces sus predicaciones están plagadas de retórica, manipulación y versículos bíblicos sacados del contexto. En vez de convencer, gritan y asustan como si la llenura del Espíritu Santo se midiera en decibelios.



    El ejemplo negativo lo encontramos en la persona de Diótrefes, en 3ª de Juan. Es una pena que esta pequeña epístola pasa tan desapercibida porque contiene algunas pautas para identificar a un pastor autoritario:



    1. Es ególatra. Le gusta tener todo el honor. Si hubiera vivido hoy, habría ostentado un título como “el muy reverendo pastor…” o algo parecido. Gente así no sirve a nadie -aunque lo pretendan- pero les encanta que los demás les sirvan a ellos. Desde luego no desempeñan su ministerio en humildad, considerándose al servicio de los demás.



    2. No se somete a nadie. Y la iglesia sufre por ello. No hay nadie capaz de pararle los pies en la iglesia y Diótrefes se cree seguro en su posición. De todos modos, no ha contado con Juan que le iba a parar los pies. La iglesia primitiva obviamente sí tenía mecanismos para atajar este tipo de comportamiento. La falta de humildad y el abuso de autoridad necesitan ser tratados y cuanto antes mejor.



    3. Es calumniador. La palabra que usa Juan es fuerte: “dice bobadas”, literalmente traducido. La intención de sus palabras no es edificar, sino hacer daño, diciendo cosas inciertas en cuanto a otras personas.



    4. No abre su casa. Atenta contra los principios más elementales de la hospitalidad.



    5. Impide que otros abran sus casas. Generalizando el caso concreto podemos decir: Diótrefes no solamente se comporta mal sino que además impide a otros hacer el bien. Ni vive, ni deja vivir.



    6. Se comporta como un auténtico dictador. El mismo echa fuera de la iglesia a los que no están de acuerdo. Esto se llama hoy “abuso espiritual”.



    En el caso de Diótrefes vemos de forma ejemplar los seis puntos. Con uno ya le bastaría y le sobraría a cualquier iglesia. Personas de este tipo además se caracterizan por una falta de transparencia y recurren muchas veces al secretismo y eluden los temas más calientes en las conversaciones directas. La razón muchas veces es sencilla: que nadie se entere quien realmente se esconde detrás de la fachada formada por formalismos, títulos y un comportamiento autoritario.



    Los Diótrefes de antaño y los de hoy son incorregibles, incapaces de escuchar e inmunes no solamente al Espíritu Santo sino sencillamente a lo que se llama “sentido común”. Y por supuesto no les gustan los consejos de iglesia a menos que sean simplemente un adorno, un tipo de institución que no hace otra cosa que decir sí y amén a todo lo que diga el pastor. Para conseguir esto, nuestros diótrefes son unos auténticos expertos en la manipulación de personas, capaces de tocar y jugar con los sentimientos de las personas como un pianista toca las teclas de su instrumento. El autoritarismo y la manipulación van de la mano. 



    Pero aquellos que entienden este juego de poder porque han llegado lo suficientemente cerca como para quemarse los dedos, se dan cuenta de que se trata de un fenómeno que Nietzsche llamaba “ansia de poder” (Lust zur Macht) - en su versión evangélica.



     



    ENTONCES, ¿QUÉ HACEMOS?



    Lo primero es tener las cosas claras: hay un ejercicio legítimo de autoridad, como hemos visto. No todo lo que a mí no me agrada y se decide en una iglesia es fruto de autoritarismo. De entrada es siempre bueno andar con pies de plomo. 



    En segundo lugar, es bueno contar con la opinión de otros, a ser posible, los mismos que tienen algún tipo de responsabilidad en la iglesia, empezando con los ancianos y diáconos. Nunca hay que olvidar: un pastor que se comporta de esta manera está fuera de control y hay que saber muy bien lo que cada situación exige. 



    Tercero: una vez que la acusación de autoritarismo y abuso de poder se basa sobre testimonios fundados de dos o tres testigos (1 Timoteo 5:19-20), una persona adecuada tiene que confrontarle en privado con las características que el Señor exige de un pastor (1 Timoteo 3:1–7; Tito 1:5–9). Tenemos que preparar una reunión de este tipo con humildad, amor y mucha oración. Pero hay que ser claro: un cambio tiene que ser inmediato, en un tiempo razonable. Si el pastor en cuestión no se ha sometido hasta el momento a un organismo “controlador”, esta será una condición indispensable. 



    Y por último: si no hay cambio, entonces la confrontación tiene que ser pública delante de la iglesia. 



    El autoritarismo y el abuso de poder (espiritual) no pueden tener lugar en la Iglesia. Al fin y al cabo fue fundada por Aquel que no vino para ser servido sino para servir. Los Rambos espirituales son un peligro para la Iglesia y en ningún caso una ayuda. No se debe tácitamente aprobar una actitud que va diametralmente opuesta al espíritu del evangelio de Cristo.


     

     


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