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    Isabel Pavón
     

    Parábola del banquete nupcial

    No se trata de una revolución política como esperaban algunos de sus seguidores de aquél tiempo, ni se trata de esperar a estar en el cielo prometido tras la muerte y la resurrección, se trata de empezar a vivir en él desde ya.

    TUS OJOS ABIERTOS AUTOR Isabel Pavón 03 DE AGOSTO DE 2018 10:00 h

    Jesús se puso a hablarles otra vez por medio de parábolas. Les dijo: 



     “El reino de los cielos puede compararse a un Rey que hizo un banquete para la boda de su hijo. Envió a sus criados a llamar a los invitados, pero estos no quisieron acudir. Volvió a enviar más criados, encargándoles: ‘Decid a los invitados que ya tengo preparado el banquete. He hecho matar mis novillos y reses cebadas, y todo está preparado: que vengan a la boda.’ Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a sus tierras, otro a sus negocios y otros echaron mano a los criados del y los maltrataron hasta matarlos. Entonces el, lleno de ira, ordenó a sus soldados que mataran a aquellos asesinos y quemaran su pueblo. Luego dijo a sus criados: ‘Todo está preparado para la boda, pero aquellos invitados no merecían venir. Id, pues, por las calles principales, e invitad a la boda a cuantos encontréis.’  Los criados salieron a las calles y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y así la sala del banquete se llenó de convidados. 



     “Cuando el Rey entró a ver a los convidados, se fijó en uno que no iba vestido para la boda. Le dijo: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí, si no vienes vestido para la boda?’ Pero el otro se quedó callado. Entonces él dijo a los que atendían las mesas: ‘Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a la oscuridad. Allí llorará y le rechinarán los dientes.’ Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos.” Mateo 22, 1-14 



    Jesús tenía un peculiar modo de enseñar. Nos gustan las maneras sencillas con las que ilustraba su sabiduría, esa costumbre de inventarse parábolas para hablarle al pueblo. Un método muy diferente al que se usa a veces cuando se procura enredar con palabras difíciles de entender porque lo que se quiere transmitir, más que sus enseñanzas, es que se tiene un amplio vocabulario y que se está muy bien preparado.



    Los entendidos dicen que no hay nada más gustoso para el oído humano que prestar atención a alguien que nos va a contar una historia, y este placer por el "érase una vez" no se pasa con la edad, no sólo a los niños les gustan los cuentos. Tenemos que aprender de Jesús cuando queremos hablar de él. Todo esto lo digo y al mismo tiempo reconozco que no siempre nos resulta fácil entender sus relatos figurados, como algunas de las partes que contiene este texto.



    Es común leer en los evangelios pasajes referidos a las celebraciones de bodas. En este caso, la parábola es un relato dramático que, como es costumbre, describe una historia y sus consecuencias. Una historia en la que podemos vernos retratados en las decisiones que algunas veces tomamos.



    Personalmente he rechazado ir a algunas invitaciones importantes de mis amigos y sé cómo he quedado ante ellos y sobre todo en qué lugar he dejado colocada la amistad y el cariño que se supone que les tengo. También he sido rechazada en invitaciones importantes que he hecho a seres queridos. Así que, como tantas otras veces, me veo y me siento parte de este mensaje, tanto en los personajes que rechazaron la invitación como en los que luego fueron llamados.



    Decía hace un momento que a veces nos puede costar entender partes de algunos pasajes. Hay versículos que resultan duros. El biblista Plutarco Bonilla, nos aclara en su libro Los Milagros también son parábolas, que es muy difícil que una situación así se diera de verdad, pues todos, como una reacción colectiva, rechazan la invitación del rey y además lo hacen de manera simultánea. Ante esto ordena de manera violenta a sus siervos matar a aquellos asesinos (los llama así) y quemar su pueblo. Dice Plutarco que con esta parábola lo que se pretende, más bien, es expresar que Jesús quiere resaltar la actitud desagradecida de los primeros invitados, pues las razones dadas, por ejemplo, en la misma parábola en el evangelio de Lucas 14:15-24,eran ridículas e incluso estúpidas: "Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo", otro dijo "He comprado cinco yuntas de bueyes y he de probarlas, y otro: "No puedo ir, porque acabo de casarme". En Mateo: uno se fue a sus tierras, otro a sus negocios. Algunos, incluso, usaron la violencia para que no los molestasen más. 



    "Frente a la graciosa invitación del soberano, los súbditos osan el irrespeto y el desprecio", comenta Plutarco. Cada uno de ellos consideró más urgentes otras actividades.



    Sobre el personaje que iba vestido inadecuadamente el rey pide que le aten de pies y manos y lo echen fuera. Parece poco creíble que exigiera a personas de tan bajo estatus que fuesen bien vestidas pero, aun así, al dirigirse a él, lo llama amigo.



    Vemos unas imágenes que producen cierta extrañeza ya que la orden consistía en que trajeran a todos los que encontraran.



    En cuanto al último invitado mal vestido hay expertos queopinan que esta parte fue un añadido que se hizo en el evangelio de Mateo. En el evangelio de Lucas no aparecen estos tres últimos versículos.



    El texto podría resumirse de la siguiente manera: "A los suyos vino y los suyos no lo recibieron", evangelio de Juan 1:11. Es como decir: "invitó a las bodas a sus familiares y allegados, pero ellos despreciaron su invitación", Plutarco Bonilla.



    Una vez aclarado esto, centrémonos a partir de ahora en los versículos que nos muestran la gracia del Señor.



    Después de que los convidados rechazaran la segunda invitación en la que iba incluida el menú: novillos y reses cebadas, por ver si los convencía, aparece la tercera en el versículo 9: "Id a las encrucijadas y a cuantos encontréis invitadlos a la boda". Los llama a todos, a los más buenos y a los más malos.



    Envía a sus criados a traer a hombres, mujeres y niños, pobres, inválidos, ciegos, cojos, a todos aquellos que acudían a las principales calles de la ciudad, donde se congregan los más necesitados esperando encontrar alguna mejora en su situación; a aquellos que mataban las horas en los cercados, en las callejas, las plazas, los cruces de caminos, con el fin de invitar a los que nunca podrían agradecer con dinero o con otra invitación semejante, ni tampoco el podría exigirles que le pagasen con favores posteriores lo que comieran en el festejo, porque sería imposible. 



    Esta era una invitación completamente desinteresada. Es lo que más llama la atención del texto. Así es la invitación que aquel día Jesús estaba proponiendo a los oyentes a través de esta parábola. Una invitación sin intereses, en la que también nosotros, como convidados sin recursos, saldremos siempre ganando.



    El anfitrión, en todo momento, nos invita a una celebración, a un lugar o un estatus en el que, igual que a aquellos pobres, ciegos, cojos, desechados y desheredados, y entre todos ellos añado también a las mujeres, las grandes olvidadas y apartadas, las obligadas a no participar, las desterradas del ejercicio de sus dones, todos somos bienvenidos.



    En otro tiempo nunca pudimos pensar que seríamos admitidos tomando el lugar de aquellos que eran considerados privilegiados y desecharon la llamada. Sin embargo, ahora tenemos cabida en el Reino de los Cielos, en el Reino de Dios. En esta parábola Jesús llama incesantemente a participar del banquete, a disfrutarlo.



    Esto es una locura. Esto, de tan grande resulta ser inexplicable, pero es uno de sus mensajes principales, que nos hace sitio, que nos llama a estar con él y participar de su alegría para siempre. Llama a aquellos que, estando solos, seguían esperando alcanzar misericordia.



    Los que vivían en soledad comienzan a formar parte del grupo. Aquellos desconocidos, recogidos de sitios diferentes, pasan a conocerse en el convite de la alegría y el consuelo. De estar desubicados pasan a formar comunidad. (Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada. Dios hace habitar en familia a los desamparados; saca a los cautivos a prosperidad... (Sal 68.5-6b, RVR60).)



    Es una llamada increíble, porque no fueron dignos de semejante participación, ni los primeros invitados por su comportamiento, ni los segundos por su estatus; como nosotros no somos dignos de estar en el banquete que ha preparado.



    Pero resulta que el que es sobre todas las cosas se ha acordado de los que nadie se acuerda y los invita a su gran fiesta para que todos lo pasen bien. El Reino de los cielos NO es el Reino de la tristeza ni de la condenación sino el de la alegría, el del encuentro y la comunión con el.



    En todo tiempo, el ser humano, sea cual sea su raza y pertenezca al lugar que pertenezca es llamado a formar parte de él aceptando esa llamada.



    Con esta invitación el Señor, en primer lugar, nos muestra su gracia y su redención. En segundo lugar, comienza a instruirnos en el amor fraternal. Nos enseña a ser igual que él, misericordiosos, perdonadores y compasivos. Las consecuencias que tiene ser integrados en su banquete nos cambia por completo en todas las áreas de nuestra vida.



    Ya no somos lo que éramos, ahora somos lo que él quiere que seamos.



    Nos ha distinguido, nos ha realzado y no ha mirado nuestra deshonestidad, nuestra impureza, nuestra inmundicia, a él no le ha importado cual fue el motivo por el cual nos encontrábamos en aquella situación de fracaso, de alejamiento. Nos quiere con él.



    Jesús llama a participar de sus buenas nuevas. El Reino de los cielos se propagaba generosamente por la boca de Jesús.



    No se trata de una revolución política como esperaban algunos de sus seguidores de aquél tiempo, ni se trata de esperar a estar en el cielo prometido tras la muerte y la resurrección, se trata de empezar a vivir en él desde ya, desde que Dios se nos muestra y nos acerca a él.



    Somos llamados al convencimiento de que con él ya no hay problemas para entrar. Él es la invitación que nos sale al encuentro. Somos los amigos más cercanos del novio.



    Él es el mismo Reino, en él vivimos, nos movemos, somos.



    Los segundos invitados jamás soñaron con ser incluidos en una fiesta así. A veces, nosotros, los llamados desde nuestras miserias a la mesa del banquete seguimos apartándonos, seguimos recordando aquello que hicimos, seguimos sintiéndonos condenados. Nos parece que no somos merecedores de la alegría, y es cierto. Sin embargo, no nos culpemos más de lo que Cristo ya nos ha perdonado. Sintámonos limpios y dignos gracias a él.



    Y si ya comprendemos esto, ¿qué podemos hacer?



    En Romanos 15, 7 dice: "Acogeos, pues, unos a otros como Cristo nos acogió".



    Podemos aprender de la generosidad del Señor y tomar este ejemplo de acogida, no cerrando puertas, admitiendo también entre nosotros a todos aquellos que, sea por la razón que sea, se sientan apartados de la mesa del Señor, del novio, del Mesías, del Reino de los cielos y, por su gracia, abrir las puertas y aceptar sus inmundicias, como ellos tendrán que aceptar las nuestras, porque cada uno portamos suciedad y basura, y porque no están ocupados todos los asientos, queda muchísimo espacio preparado para ellos, para todos los llamados que quieran acercarse a celebrarlo.



    Que la propia gracia del Señor sea la que nos empuje a comunicar esto a los demás. Mostremos el camino que conduce hasta Jesús, digamos con nuestra boca y nuestros hechos que ellos, igual que nosotros, también están invitados.



    ¿En qué cercado, en qué calle, plaza, cruce de camino me encontró el Señor? ¿Qué hacía allí y por qué? ¿Cuál era mi dificultad para ser aceptado entre los que eran considerados dignos? ¿Cuál era el motivo que me alejaba de él? ¿En qué consistía mi personal invalidez, mi ceguera, mi cojera? ¿En qué o a quién esperaba yo si es que cuando estaba lejos del tenía alguna esperanza?



    Después de reparar en este pensamiento, después de reconocer que de nada nos acusa el Señor, démosle gracias por lo que ha hecho con nosotros.



    ¡Aleluya!



    Alabad al Señor, porque él es bueno,



    porque para siempre es su misericordia..



    ¿Quién expresará las poderosas obras del Señor?



    ¿Quién contará sus alabanzas?



    Dichosos los que guardan juicio, 



    los que hacen justicia en todo tiempo. 



    Acuérdate de mí, oh Señor, según tu benevolencia para con tu pueblo;



    Visítame con tu salvación,



    para que yo vea el bien de tus escogidos



    Para que me goce en la alegría de tu nación



    y me gloríe con tu heredad.



    Salmo 106, 1-5





     



    *Reflexión escrita con la ayuda del libro Los milagros también son parábolas de Plutarco Bonilla Acosta, Editorial Caribe y Comentario Bíblico Latinoamericano, Grupo Editorial Verbo Divino.


     

     


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