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Juan Antonio Monroy
 

Esclavitud y liberación del “fan”

Occidente reprocha a los países del Este haber inventado el culto a la personalidad. Pero Occidente hace lo mismo, o tal vez peor.

ENFOQUE AUTOR Juan Antonio Monroy 16 DE MAYO DE 2018 12:00 h

Firmados por Ernesto Caballero y Mercedes Abad el diario ABC, de Madrid, publicó años atrás dos artículos sobre la figura del fan juvenil. El trabajo de Giménez Caballero se titula “Fantomas” y el de Mercedes Abad, “Dios nos libre de los 'fans' ”. Para Mercedes Abad, el “fan” padece una especie de obcecación idólatra patólogica que en ocasiones como ocurrió en el caso del tristemente famoso Charles Manson, conduce al crimen.



Del artículo de Giménez Caballero se deduce que la figura del “fan” no es característica de esta generación. Los expertos aseguran que Frank Sinatra, en los albores de la segunda guerra mundial, fue uno de los primeros en disfrutar el sufrimiento histérico de cientos de jóvenes que, al verlo, se volvían como locos. En su “Fantomas”, Giménez Caballero hace esta breve reflexión histórica: “Ya antes del multitudinario fútbol roquero estaba el “star system” de Hollywood y los clubes de fieles ovejas dispuestas a su degollar con tal de tocarle la orla del vestido a la Garbo o ser pateadas por James Cagney. Y es que al bicho humano le va la marcha masoca de proyectar en alguien o en algo lo que él solito no vive más que en sueños. Así pasa, que luego le venden el paraíso comunista, el superhombre fascista, las bragas de Marilyn Monroe, las cien mil fotocopias supuestamente originales de Dalí y las canciones mudas de Mili-Vanilli. Y el que no haya sufrido fanatismos o vivido fantasías probablemente oposiciona a fantasma. O a fantoche”.



Occidente reprocha a los países del Este haber inventado el culto a la personalidad. Pero Occidente hace lo mismo, o tal vez peor, aunque a veces el culto tenga ligeras variantes y las personalidades en el altar de la gloria sean distintas. En Occidente no se rinde culto al político, al militar, ni al partido. Eso es, al menos, lo que estamos acostumbrados a leer.Pero en Occidente se ha creado el hombre mito, la mujer mito, y tras esos mitos humanos, forjados por explotadores también humanos, se lanza a toda una humanidad de jóvenes inconscientes, ciegos, incapaces de ver la trampa que se les tiende.



Todos estos tristes seres de nuestros tiempos, víctimas del consumo social, aprenden su papel a las mil maravillas. Aprenden a sonreír con la más inocente de las sonrisas y a gesticular tal como han sido enseñados a hacerlo; hacen declaraciones que les han sido dadas escritas o que han memorizado al dictado; se les rodea de escándalos de alcoba si están casados; se les casa varias veces si están solteros; se les divorcia cuando conviene a su “carrera”; se les presenta fotografiados con muchas chicas si es que adquieren fama de poco viriles. Todo para la fachada. Todo para el público. Todo para que se mantenga viva su fama de héroe entre la juventud. Que ésta siga creyendo en el mito. Que se mantenga en el embaucamiento. ¿Pero es que los jóvenes alcanzan tan elevado grado de insensatez como para no ver el engaño en que están metidos? ¿Es que no acaban de comprender que sus héroes son seres infelices, impotentes, incapaces de hacer nada constructivo ni para los demás ni para ellos mismos?



La entronización infantil y juvenil del héroe prueba que a esas edades existe una gran tendencia hacia la admiración, el aplauso, la imitación y el seguimiento del que deslumbra por uno u otro concepto. La pena es que el entusiasmo y las energías se malgasten en vitorear a seres de vidas engañosas, inútiles en el servicio, incapaces de señalar horizontes limpios, falsos en promesas que nunca van más allá.



Ahora bajo este artículo a un tratamiento personal con los seguidores del mito. Hay un Hombre joven, a pesar de sus casi dos mil años de vivencia entre nosotros, que puede colmar todas las esperanzas juveniles. Un Hombre que puede encauzar todas las ilusiones primaverales por sendas de felicidad. Un Hombre que ama de verdad a niños y jóvenes. Un Hombre que jamás claudicó en su vida. El Hombre héroe sin fingimientos. El Hombre que rompe todos los mitos y se presenta hoy, incluso hoy, como la más hermosa realidad para los jóvenes desorientados.



Antes, hace mucho tiempo, Pilato lo presentó a las multitudes diciéndoles, profetizando sin saberlo, esta frase breve. “¡He aquí el hombre!”.



Aquel Hombre que presentaba Pilato no tenía en sus labios una sonrisa fresca. No estaba cubierto de seda. No batían los tambores en torno a Él. No gritaban sus seguidores por verle en olor de multitud. No le protegían los guardias para evitar que se llevaran como recuerdo, a tirones, trozos de sus vestiduras. No. Todo lo contrario. Aquel Hombre llevaba sobre su cabeza una simbólica corona de espinas que le hería la carne. Aquel Hombre tenía sobre sus espaldas llagadas un burlesco manto hecho de púrpura. Aquel Hombre tenía su cuerpo doblegado por el peso de los castigos físicos y morales que ya le habían infligido. Aquel Hombre era una sombra de Hombre. Pero aquel Hombre era, también, el más grande entre los hombres que en el mundo han sido. Este Hombre es, hoy día, el Hombre que el joven necesita. Este Hombre colma todas las ambiciones. Llena todos los ideales. Es incapaz de traicionar. Está deseando ayudar a jóvenes y a no jóvenes.



Cristo encarna en Su persona los más elevados ideales humanos. Los grandes valores del espíritu del hombre están presentes en Él. Su programa es una condensación de la auténtica filosofía de la vida. No hay joven que pueda salir defraudado de la presencia de Cristo. Enseña a mirar la vida presente con ojos de confianza y a poner el objetivo último más allá de la vida misma. La verdadera vida del hombre, en el pensamiento de Cristo, no consiste en la abundancia de los bienes que se puedan poseer. El afán y la angustia por la subsistencia no debe turbar el espíritu más de un solo día, porque a cada día es suficiente su propia preocupación. Los temores ante la incertidumbre del mañana se vencen buscando en primer lugar el reino de Dios y su Justicia.



Por otro lado, las invitaciones que Cristo hace nada tienen que ver con esos interesados y egoístas llamamientos de los hombres-mito. Cristo no llama para servirse del joven, sino para servirlo. Cristo no llama para que se le aplauda, sino para ayudar. Cristo no llama para aumentar el número de sus “fans” con desesperación; a Cristo le interesa el joven como individuo, como persona.



Cristo ofrece el descanso para todas las inquietudes del alma, da una paz que hace irradiar todo el ser. Una paz que es enteramente distinta a la que proclama ese coro de vociferantes ridículos que te rodean. Un descanso que jamás han conocido los personajes que cautivan tu atención mientras cantan en los escenarios o actúan en las pantallas. Cristo te da más; te da luz porque Él es la luz del mundo. Te señala un camino en el que no hay tropiezo. Te ofrece una verdad sin mixtificaciones. Te hace entrega de una vida aquí, en la tierra, más alegre, más tranquila, más feliz, y que se prolonga en el más allá sin límites.



Cristo es el Hombre. Es el Caudillo de tus sueños juveniles. Es el Personaje, vivo en nuestros días, al que puedes imitar sin temor al engaño, al que puedes seguir sin temor a la traición.



Te falta sólo una cosa: hacer la prueba. Toma mis palabras al pie de la letra y acude a Cristo. Cuando Felipe, uno de sus discípulos, encontró en su vida al Maestro, no cabía en sí de gozo. Hablaba de Él a todo el que podía. Hallando a Natanael le dijo que había visto al Cristo, que ya había encontrado al profeta, a Jesús de Nazaret. Natanael, con un poco de desprecio, le respondió con esta pregunta: “¿De Nazaret puede venir algo de bueno?” Felipe, sin duda, se dolió, pero no argumentó con él. Se limitó a decirle: “Ven y ve”.



Bastante. No hacen falta discusiones. Hay que hacer la prueba. Si falla, los argumentos después. Pero la prueba hay que hacerla. De modo que decídete. “¡Ven y ve!”: Cristo te espera.


 

 


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