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Wenceslao Calvo
 

Transgredo y denuncio

Todo esto es el resultado del falseamiento de la noción de derecho, que se ha adulterado de tal modo que no hay cabida para la responsabilidad propia sino sólo para la ajena.

CLAVES AUTOR Wenceslao Calvo 18 DE ABRIL DE 2018 18:30 h

Uno de los problemas que está generando la mentalidad de derechos sí, responsabilidades no, es el continuado desequilibrio a todos los niveles que se está produciendo en las sociedades modernas, donde cada cual esgrime la noción de derecho como algo intocable, sin que haya la misma correspondencia con la noción de responsabilidad.



Esta mentalidad de derechos sí, responsabilidades no, ya ha echado raíces también en las generaciones que se están levantando ahora, lo cual no es de extrañar porque sus padres han sido fomentadores de la misma, por lo que es natural que ahora sus hijos, herederos suyos, estén reclamando ese puesto, conforme al patrón aprendido. De ahí que haya hogares donde la denuncia judicial a los progenitores la usan incluso niños, que sienten amenazados sus derechos, aumentando cada año el número de demandas de hijos contra padres. La espada de Damocles que pende sobre la cabeza de tantos padres es hasta dónde pueden exigir responsabilidad sin violar los derechos de sus hijos, derechos que tienen prioridad sobre cualquier autoridad paternal. Y ante la amenaza de una denuncia y la posibilidad de que el caso llegue a los tribunales o vaya a parar a manos de los servicios sociales, los padres, amedrentados, cederán a las presiones y chantajes, con tal de vivir en paz. Claro que es una paz fruto de la derrota de la responsabilidad, la cual no augura nada bueno.



En las aulas la situación está también en abierto desequilibrio, razón por la que hay que admirar a los profesores que día tras día intentan ejercer su función docente en medio de un ambiente generalizado de derechos sí, responsabilidades no. Como no existe asignatura en el currículo escolar que enseñe a corregir tal desequilibrio y en caso de que existiera pronto sería sacada del mismo, es por lo que el aula de clase es otro territorio donde acaba claudicando todo lo que tenga que ver con responsabilidades. Hace años hubo un intento de afianzar la autoridad del profesor en colegios e institutos en la comunidad de Madrid, mediante la elevación de la tarima del profesor. Se trataba de inculcar, por medio de una simbología física, que la autoridad del profesor ha de ser respetada en clase. Pero ¿cómo lograr en ese recinto lo que se echa abajo en otros? ¿Cómo cambiar una mala pauta en un sitio si en los demás sitios se mantiene incólume?



Pero esta mentalidad ha penetrado tanto, que no ha quedado limitada al hogar o la escuela. Si vamos al terreno de la convivencia social, el fenómeno también es a todas luces manifiesto. Se pueden transgredir las normas, que son el cauce de la convivencia, porque los derechos están por encima de ellas. Y en el caso de que haya una colisión entre quién tiene la primacía, si derechos o normas, la respuesta es evidente. Ahora bien, si sucediera que la transgresión de las normas produce algún tipo de perjuicio o daño al transgresor, éste no vacilará ni un segundo en pedir responsabilidades por lo que le ha pasado, siendo la consigna: Yo transgredo, porque es mi derecho hacerlo, pero como me pase algo interpongo una demanda. Tengo derecho a transgredir, pero no se me puede tocar y si alguien me toca tendrá que asumir las consecuencias.



Todo esto es el resultado del falseamiento de la noción de derecho, que se ha adulterado de tal modo que no hay cabida para la responsabilidad propia sino sólo para la ajena. En el hogar, en la escuela y en la sociedad.



Durante mucho tiempo hubo que soportar los abusos de las responsabilidades desorbitadas y extenuantes, que no dejaban espacio a los derechos. Hoy lo insoportable son los derechos desorbitados y desenfrenados, que no dejan espacio a las responsabilidades. Si lo primero era un mal considerable, lo segundo le está sobrepasando. Si lo uno era un abuso, lo otro es un atropello. Y ambos tienen un denominador común: Que la prevalencia de un factor es a costa de la eliminación del factor que le da equilibrio. Porque el delicado equilibrio que pone a los derechos y a las responsabilidades en su sitio, no puede seguir existiendo si uno de los dos factores es menoscabado. No puede haber verdaderos derechos donde no hay verdaderas responsabilidades y viceversa. Ambos factores son recíprocos y se retroalimentan.



Ya desde el principio ese equilibrio quedó claro en el mandato: ‘De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres ciertamente morirás.’[1] Al primer ser humano, Dios le enseñó que hay derechos y responsabilidades, siendo imposible retener los primeros sin guardar las segundas. Y en el caso de que lo intentara pagaría las consecuencias. Entonces apareció la seducción del engaño, consistente en que podía apelar a los derechos sin considerar las responsabilidades y que no habría consecuencias. Un engaño cuyos resultados fueron devastadores. La historia se repite.



 




[1]Génesis 2:16-17



 

 


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