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    No ven al hombre, no ven a Dios

    Sin el hombre como referencia en la espiritualidad cristiana, nos quedamos sin prójimo.

    DE PAR EN PAR AUTOR Juan Simarro 14 DE NOVIEMBRE DE 2017 18:07 h

    Mala cosa es el que, cuando leemos la Biblia, no veamos al hombre. Si nos fijamos sólo en Dios, en Jesús, en lo espiritual, en lo trascendente y no podemos ver al hombre, fundamentalmente al hombre que sufre, en la lectura de la Biblia, es que algo está fallando en la vivencia de nuestra espiritualidad cristiana.



    Leer la Biblia sin llegar a ver al hombre en su necesidad y en su grito por ayuda en aquellos sectores marginados, nos compara a la parábola del Buen Samaritano en donde los religiosos que pasaron junto al prójimo apaleado pudieron pasar de largo, porque aun viendo al apaleado y robado, pasaron de largo. Puede ocurrir lo mismo en la lectura de la Biblia: Que no veamos al hombre, al prójimo o, que aun viéndole como ocurrió en la parábola del Buen Samaritano, pasamos de largo como malos prójimos.



    Si no llegamos a valorar al hombre formando parte de nuestra vivencia de la espiritualidad en la lectura de los relatos bíblicos, quedamos reducidos a seres incapaces de ser movidos a misericordia, nos sumimos en una práctica de la espiritualidad sin el hombre. Difícil desde ahí mirar a Jesucristo, no sólo por su humanidad, sino porque él siempre nos enseñó a volver nuestra mirada hacia el hombre, el prójimo sin el cual no existe la auténtica espiritualidad cristiana.     



    Si al leer la Biblia nos quedamos cegados por lo divino y no podemos contemplar lo humano para realizarnos en el amor y la solidaridad humana, mutilamos lo que debe ser el cristianismo integral. Casi podríamos decir que hemos quedado cegados ante lo religioso y, quizás, ni siquiera estamos contemplando al Dios que se revela en la Biblia.



    La fijación unilateral en la práctica religiosa, en el ritual, en la ética de cumplimiento religioso, también nos puede deshumanizar y dejar ciegos los ojos con los que hemos de contemplar al hombre para no deshumanizarnos y, a su vez, alejarnos del Dios de la vida para el cual el amor a Él y el amor al prójimo, al hombre en dificultad, marginación, sufrimiento o necesidad, deben estar nada menos que en una relación de semejanza.



    Cuando vamos al ritual dando la espalda al hombre, al prójimo, es posible que vayamos a un ritual hermoso, lleno de recursos de todo tipo, pero si no vamos reconciliados con el hombre, no podremos nunca contactar con la santidad del autor de la vida. Nos hemos fabricado nuestro propio ritual alejado de lo humano y, por tanto, alejado de un Dios que también tiene como lugar sagrado es el hombre. Maldito ritual al que se va sin contemplar al hombre, sin verle, sin tener en cuenta lo humano, al hombre sufriente que nos necesita pero que ni le vemos ni oímos su grito.



    El sacerdote y el levita de la parábola del Buen Samaritano iban al ritual y, probablemente, la prioridad que daban al ritual les impidió el pararse ante el hombre apaleado que les necesitaba. Le vieron sólo con los ojos de la carne, pero su mirada espiritual estaba lejos de lo humano. No pudieron oír el grito que les llamaba a la práctica de una humanidad amorosa para con el prójimo. Al dar la prioridad al ritual, cayeron en la práctica de un ritual sin el hombre y, por tanto, sin Dios que nos sigue diciendo que antes de llegarnos a su altar nos reconciliemos con el hermano, con el hombre.



    Sin el hombre como referencia en la espiritualidad cristiana, nos quedamos sin prójimo. Ciegos ante lo humano, nos quedamos también ciegos ante lo divino. En su lugar nos hacemos nuestro trono en cuyo centro nos colocamos a nosotros mismos. Falsa e insolidaria es la espiritualidad que omite que, además de la referencia a Dios mismo, exista la referencia al hombre, al prójimo.



    En la vivencia de la espiritualidad cristiana hay que pararse ante el grito del marginado, del sufriente, del enfermo, del empobrecido como hizo Jesús ante el grito del ciego Bartimeo que clamaba por misericordia. De espaldas al hombre, de espaldas a su grito, la misericordia es imposible y es entonces cuando mutilamos la vivencia del cristianismo. No es más interesante el ritual religioso que el tender la mano al prójimo necesitado.



    Si nos sumergimos en la práctica del ritual de cumplimientos religiosos y dejamos al hombre en la estacada, notaremos el vacío de Dios, su silencio. No es posible, en los valores del cristianismo, centrarse en el culto, en la adoración o en la alabanza, cuando se ha dejado al hombre tirado al lado del camino, cuando se ha podido pasar de él sin sentirse movido a misericordia, cuando le hemos dado la espalda al hombre, a tantos y tantos hombres lanzados a los abismos de los conflictos humanos sin que nos lancemos a ser las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor.



    Jesús veía al hombre y tenía compasión de esas masas de humanos desprotegidas porque las veía como ovejas sin pastor. Cuando no vemos al hombre, cuando no lo sentimos, no empatizamos o sufrimos con él, no le lanzamos una mano de ayuda y no nos preocupamos de restaurarle, no sentimos, no sufrimos, no amamos. Y al no sentir el hombre, no sufrirlo, no amarlo, nuestra existencia puede caer en un sentido, en un vacío existencial en el que también se puede echar de menos al Creador. Toda nuestra práctica religiosa queda en falsas apariencias, sin el hombre y, quizás, per ello, sin Dios.


     

     


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