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    Terrorismo en las iglesias

    En este artículo voy analizar seis formas de terrorismo espiritual.

    ENFOQUE AUTOR Juan Antonio Monroy 13 DE SEPTIEMBRE DE 2017 11:09 h

    La palabra terrorismo no se encuentra en la Biblia ni una sola vez. Ninguna concordancia la registra, ningún diccionario la define, ninguna enciclopedia bíblica la comenta. ¿Significa esto que las acciones abominables del terrorismo están ausente de las Escrituras? Supongo que las respuestas pueden ser múltiples. Si en la lista del terrorismo incluimos solamente la tortura, el secuestro, matar por matar, arrojar bombas contra gente inocente, entonces no hay en las páginas del Nuevo Testamento un solo acto de terrorismo. Pero esta colección de libros que va desde el Evangelio escrito por Mateo hasta el Apocalipsis transcrito por Juan en la isla de Patmos, y que giran todos en torno al nacimiento y expansión de la Iglesia cristiana, advierte frecuentemente sobre otras formas de terrorismo que pueden incubarse en el seno de las iglesias locales. En una iglesia cristiana el bien debe superar al mal. Pero esto, ¿es siempre así? Resulta descorazonador tener que enfrentarse con las personas y con las tensiones morales en que nos coloca el terrorismo espiritual en las congregaciones evangélicas.



    En este artículo voy analizar seis formas de terrorismo espiritual. No son las únicas, ni siquiera sé si son las que más daño hacen a los fieles. Cuento seis porque el espacio disponible no da para más. Este tipo de terrorismo, justificado incluso en términos teológicos, constituye una realidad de la que, por desgracia, pocas iglesias se libran, en mayor o menor grado.



    Terrorismo del pensamiento. El hombre ha sido creado evidentemente para pensar –decía Pascal-. Ello representa toda su dignidad y todo su mérito; por lo mismo, tiene el deber de pensar correctamente. ¡Ojalá fuera así! El Nuevo Testamento nos habla de un terrorismo que cometemos contra nuestros hermanos utilizando como arma el pensamiento.



    A los fariseos, Cristo les dijo: “¿por qué pensáis mal en vuestros corazones? (Mateo 9:4). Con los discípulos –supuestos cristianos- fue aún más duro: “¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?” (Mateo 16:8).



    Imaginad una de esas reuniones de iglesia donde los ánimos se exaltan. Si cada mal pensamiento concebido contra los dirigentes de la congregación o contra algunos de los hermanos allí presentes se exteriorizara por medio de una mancha en la piel, los cuerpos se llenarían de lunares. Si en esos y en otros momentos se oyeran los pensamientos, pocos escaparían de ser encerrados por terroristas mentales. El pensamiento es una función vital, como la digestión o la circulación de la sangre, pero es preciso dirigirlo en la dirección que apunta el apóstol Pablo: “todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre: si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8).



    Terrorismo de las palabras. Más dañino que el terrorismo del pensamiento es el terrorismo de las palabras, el terrorismo de la murmuración. El libro apócrifo llamado Eclesiástico –no debe ser confundido con el Eclesiastés- habla de la tercera lengua. El Talmud judío dice que la triple lengua mata a tres: al calumniador, al calumniado y al que cree en la calumnia. El capítulo 28 del citado Eclesiástico contiene esta dura diatriba contra el terrorismo de la murmuración: “maldito el charlatán y de doble lengua, pues ha perdido a muchos que vivían en paz. La lengua tercera ha sacudido a muchos y los ha arrojado de nación en nación, y ha derruido fuertes ciudades y derribado casas de nobles; la lengua tercera ha echado de casa a mujeres animosas y las ha privado del fruto de su trabajo”.



    En el Nuevo Testamento, el apóstol Santiago dice que llegar a dominar la lengua es casi imposible. Los seres humanos domamos a los animales y dirigimos el rumbo de las naves, pero nadie es capaz de domar la lengua, “llena de veneno mortal”. Judas, el autor de la epístola que lleva su nombre, se une a Santiago en la denuncia del terrorismo de las palabras y añade que en las iglesias hay “murmuradores, querellosos, que andan según sus propios deseos, cuya boca habla cosas infladas” (Judas 16).



    Terrorismo del rencor. “¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano que pecare contra mí? ¿Hasta siete?, preguntó Pedro a Jesús. Y el Señor le contesta: “no te digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete” (Mateo 18:21-22). Setenta veces siete son cuatrocientas noventa. Es muy difícil que un hermano pueda ofender a otro cuatrocientas noventa veces, de forma que Jesús incluye aquí lo posible y lo imposible. Aun así, la interpretación más común de este texto es que Jesús da una cifra definida para referirse a lo indefinido. Como si dijera: siempre: cada vez que tu hermano peque contra ti, perdónalo.



    ¡Qué cuesta arriba se les hace el perdón a algunas personas! Tienen conciencia de que están en pie por la misericordia de Dios, porque el Señor les ha perdonado todos sus pecados, los blancos, los oscuros, los más negros, pero ellos son incapaces de perdonar a sus hermanos en la fe, con quienes comparten los símbolos de la Cena del Señor en el culto dominical. Estas personas ¿cómo leen, cómo explican, qué interpretación dan a las graves palabras de Cristo: “si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:15).



    El terrorismo del rencor es culpable de provocar muchas amarguras en las iglesias, siendo la principal víctima el propio terrorista, porque el rencor impide la tranquilidad del espíritu.



    Terrorismo de los juicios. El terrorismo, considerado como uno de los procesos más inquietantes e inesperados de los últimos años, parte de una situación crítica, emitiendo juicios que condenan al contrario y justificando las acciones propias.



    Esta situación se da en las iglesias locales. Es ese tipo de terrorismo que juzga a los demás con ligereza, inclinándose con preferencia a falsas partes, midiendo y pesando a otros con medidas que no se aplica a sí mismo. Cristo vino a enseñarnos que quien juzga por lo que oye y no por lo que es en realidad, es oreja, no juez. Si él, el Señor, con toda la autoridad con la que le revistió el Padre, dijo que no había venido a juzgar al mundo, al mundo humano, no al mundo cósmico, ¿quiénes somos nosotros para juzgar personas y conductas ajenas, convirtiéndonos en jueces de la conciencia del otro?



    De los juicios a los hechos a veces hay poca distancia. Los medios de comunicación nos dejaron helados con las imágenes y la información de creyentes evangélicos, miembros de iglesias consideradas fundamentalistas, colocando bombas en clínicas abortistas de Estados Unidos. Con una mano lanzaban la bomba y con la otra sostenían la Biblia. Los juicios prematuros, la falta de diálogo, el desconocimiento de las razones del otro, les llevó a un terrorismo asesino.



    Terrorismo social. Santiago es el autor del Nuevo Testamento con más preocupación por los temas sociales. Este judío galileo, a quien se supone hijo de José y de María, medio hermano del Señor, escribió una excelente epístola repleta de enseñanzas morales. Su estilo es contencioso, vivo, animado, como en los antiguos profetas de Israel.



    En los primeros versículos del capítulo dos, Santiago denuncia lo que puede llegar a constituir, y de hecho constituye, un terrorismo de discriminación social en el seno de las propias congregaciones locales. El mostrar parcialidad a favor de los encumbrados en las asambleas cristianas va en contra de los principios del Evangelio. Dice Santiago: “Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre; éstate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?” (Santiago 2:1-4).



    Los malos pensamientos, tema ya tratado más arriba, ¿no son una forma de terrorismo mental? Esa discriminación que denuncia Santiago, ¿no es algo infame? ¿Y hay iglesia local que esté libre de esta culpa?



    Terrorismo cainita. Cainismo es, simplemente, la muerte de un hermano a manos de otro hermano.  Cuando Lord Byron escribió su gran tragedia en verso titulada con el nombre del primer hijo de Adán y Eva, obra que fue elevada hasta las estrellas por personajes literarios de tanto prestigio como Goethe, Shelley y Scott, dejó bien claro que todos somos cainitas, siempre estamos matando al prójimo y al hermano de una forma o de otra.



    La insolente respuesta de Caín a Dios, con tanta frecuencia escuchada en nuestras iglesias, “¿soy yo acaso guarda de mi hermano?”, ya es en sí misma una forma de terrorismo lacerante.



    Pero hay más: ¿cuántas personas han abandonado las iglesias y han muerto espiritualmente por culpa del terrorismo espiritual desencadenado contra ellos por quienes debieron ser guardas de sus almas?



    El apóstol Judas, en el versículo 11 de su corta epístola, habla de unos supuestos creyentes que siguieron “el camino de Caín”.



    El camino de Caín es el camino del terrorismo fraterno.



    Es el camino de la muerte. Matamos a nuestros hermanos con juicios prematuros, con palabras infames, con miradas lacerantes, con gestos homicidas. Los echamos fuera del hogar, los perseguimos hasta el campo del mundo y allí les damos muerte.



    El terrorismo mantiene una lucha sin fronteras por todos los rincones del planeta. El antiterrorismo puede salir de nuestras propias iglesias, derrotándolo en el interior de nosotros mismos y mostrando al mundo la faz pacificadora del Evangelio de Cristo.


     

     


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