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    Sin carbón para la barbacoa

    La realidad de la que huían les estaba esperando junto el espigón para abofetearles la cara. 

    TUS OJOS ABIERTOS AUTOR Isabel Pavón 08 DE SEPTIEMBRE DE 2017 10:22 h

    Bajaron de la caravana atraídos por el aroma del mar y el vaivén de las olas espumosas. Fueron seis horas de viaje sin contratiempos. Seis horas de ilusión palpitante hasta conseguir encontrar aquella playa desierta en el mes de octubre donde celebrarían sus vacaciones, felices porque el parte meteorológico auguraba buena temperatura otoñal. Huían de la sociedad con la que no se identificaban, de los contratiempos que les hacían perder el sueño, de las noticias que perturbaban su paz porque cada vez eran más catastróficas. Buscaban despejar sus mentes de la realidad y para ello necesitaban respirar aire libre.



    Llegaron en silencio, con tiempo suficiente para prepararlo todo. Sin mediar conversaciones, como autómatas, sacaron las hamacas, las sillas de plástico, la mesa abatible y engancharon el toldo que les daría sombra por fuera y mitigaría el calor diurno de dentro. Mientras los cuatro miembros de la familia trabajaban a una, bebían refrescos y comían patatas fritas de un paquete gigante que habían abierto durante el camino. Lucifer, el gato, ronroneaba entre sus piernas molestando, llamando la atención sin conseguirlo.



    A la hora del almuerzo estaban cansados. El madrugón, el traqueteo del motor, los baches de las carreteras, el montaje y la colocación de todo lo necesario para que aquello se pareciese lo más posible al hogar abandonado en la ciudad les había dejado exhaustos. 



    Manuel decidió que había llegado la hora de descansar y almorzar. Miró su reloj, observó los alrededores y se dio cuenta de que la barbacoa estaba todavía dentro de la caravana. Entró, la buscó, salió con aquél plato gigante de latón, negro y rojo y sus tres patas para ir a montarla cerca de una de las ventanas.



    —¡No, ahí no!  —gritó Jaime, su hijo —¿no ves que se va a colar toda la humareda dentro?



    Manuel cogió de nuevo la barbacoa y la puso a cinco metros de distancia.



    —¿Te parece bien aquí, protestón?



    —¡Sí, ahí está mejor! —respondió el hijo.



    —¿Dónde está el carbón? —refunfuñó de nuevo el padre atusándose el pelo alborotado por el aire.



    —No sé, pregúntale a mamá —habló por primera vez Marisa, la hija de quince años que casi les arruina las vacaciones por querer quedarse sola en el piso con un par de amigas. Lucifer se encontraba ahora entre sus brazos, plácidamente dormido.



    —Yo no sé nada, bastante he tenido con prepararlo todo —dijo Mari Tere con voz debilitada, recordando en esos momentos el orden de su hogar, las despensas llenas con sólo una llamada al supermercado, el frigo repleto, la muchacha que les hace las tareas y que ahora estaría disfrutando de lo lindo sus días libres.



    No había carbón para la barbacoa y nadie estaba dispuesto a ir y comprarlo. Pero no importaba porque ese día comerían fiambre y a la mañana siguiente irían a la gasolinera más cercana. El mundo no se acaba si no hay barbacoa. Por la falta de unos sacos de carbón no se empañan unas vacaciones, aunque a todos se les había hecho la boca agua pensando en las chuletas de cordero que habían conseguido en la granja donde habían desayunado poco después de comenzar el viaje. Sin embargo, de la nevera sacaron el jamón de Jabugo, el queso curado de oveja  procedente de Palencia que tenían para la cena y lo pasaron al almuerzo. "No problem". Sobre aquella mesa plegable colocaron un mantel de hule, servilletas de papel, pan cortado en rebanadas, latas de cerveza y refrescos, una aceitunas rellenas de anchoas y una botella de aceite de oliva virgen para paliar la sequedad del pan. Comieron como leones y bebieron como hipopótamos, los cuatro en silencio, los cuatro con la mirada fija en el mar como si se tratara de la pantalla gigante del televisor de casa, evitando que la arena movida por la brisa se les colase en los ojos, recordando su salón-comedor, la comodidad de las sillas tapizadas, los cubitos de hielo, el baño en cada dormitorio. Allí estaban, escuchando el incesante y cansino oleaje de un mar siempre traicionero que en aquellos momentos se encontraba en calma. Les acompañaba, además, el graznido de las gaviotas evocando en sus mentes el bullir de su calle, el transitar de los coches. Al estar los cuatro juntos y aislados de su mundo habitual, se dieron cuenta de que no hacía falta discutir para saber que habían perdido la buena costumbre  de convivir, que no sabían si se soportarían mucho tiempo ante la tranquilidad pasmosa que auguraban aquellas vacaciones.



    Cremas van, cremas vienen sin cesar. Escuetos yo te doy y tú me das. Protector 30 porque en esa época del año no hacía falta más.



    Rato antes de ponerse el sol, Mari Tere, como caído del cielo, como regalado por el propio Neptuno vio junto al espigón un tronco. 



    —¡Mirad!, un regalo de los dioses —dijo señalando el lugar. No tenemos carbón pero tenemos madera. Pasaremos las chuletas a la cena. 



    La familia saboreó mentalmente la carne deliciosa, aspiró su aroma al asarse envuelta en hierbas provenzales, imaginó el chisporreteo de la grasa al contacto con las brasas.



    Se acercaron corriendo con la intención de ponerlo a secar para quitarle humedad. Al llegar vieron que no se trataba de un tronco, no. Era el cuerpo desnudo de un niño de raza negra de esos que caen de las pateras que se dirigen a las costas buscando otros sueños, otras realidades, de esas que vienen abarrotadas, sin control, a merced de las mareas. Un niño negro, posiblemente de ojos grandes y oscuros que no podían verse porque los tenía cerrados; de gruesos y perfilados labios que, al ahogarse, habían tomado el tono violáceo de la muerte; el cuerpecito de un niño que, a saber,  cuántas horas se había mantenido a la deriva, apretujado entre cuerpos adultos y extraños, oyendo gritos, viendo lágrimas que el miedo le hacía entender; un niño de esos que nadie echará de menos en el recuento de cadáveres porque nunca se sabrá a ciencia cierta cuántas criaturas venían en la barcaza. Un niño que se encontraba a bordo, enviado por su familia, huyendo de la miseria, de la sed, del hambre y de cualquier guerra; un niño que sufría sin saber hasta cuánto sufría porque desconocía su destino, porque nadie le explicó adonde iba y porque tampoco hubiera podido entenderlo. Un niño como Moisés, el de la Biblia, enviado por sus padres pero que no logró salvarse de las aguas. En fin, un niño que también había viajado hasta allí y se encontraba lejos de su casa. 



    La realidad de la que huían les estaba esperando junto el espigón para abofetearles la cara. 



    Lucifer maullaba como diablo entre llamas, como si entendiese la tragedia. Asomaba la cabeza entre los cuerpos de sus amos para ver el cadáver y huía para luego volver.



    Mientras Manuel llamaba a la policía, Mari Tere y sus hijos comenzaron a recoger. Si se daban prisa llegarían a casa antes del amanecer. En el primer contenedor que encontraron a su paso tiraron las chuletas.


     

     


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