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El olvido de los ayes

Las bienaventuranzas adquieren pleno sentido cuando se sigue la línea bíblica y se les ve junto a su “ay” paralelo.

DE PAR EN PAR AUTOR Juan Simarro 22 DE AGOSTO DE 2017 16:24 h

Hace alrededor de una década escribí un artículo sobre las bienaventuranzas y los ayes. Hoy quería escribir sobre el olvido de estos ayes que guardamos en el baúl de los recuerdos. Siempre me ha llamado la atención que, habiendo un capítulo en los Evangelios en el que se pone en paralelo tanto las bienaventuranzas como los ayes, nos hayamos fijado tanto en las primeras y hayamos olvidado de una forma tan tremenda los segundos. Los ayes, a pesar de su importancia y del paralelismo entre éstos y las bienaventuranzas, se han olvidado. Sí. Olvido de los ayes. Éstos son los grandes olvidados de los cristianos. ¿No os parece a la vez curioso e interesante el tratar el tema?



Las bienaventuranzas nos encantan, cantidad de predicaciones, escritos y comentarios sobre ellas. La mayoría de los cristianos se las conocen de memoria, quizás más siguiendo la versión que encontramos en Mateo que en Lucas. Quizás Lucas es más seco. Nos dice escuetamente “Bienaventurados los pobres”, así, sin adjetivos, ni comentarios ni ningún otro añadido.



Sin embargo, es más extraño el que, teniendo las bienaventuranzas un paralelismo claro y explicado, no les hayamos hecho tanto caso. ¿Nos escandaliza que a la bienaventuranza “Bienaventurados vosotros los pobres”, se le ponga en paralelo “¡Ay de vosotros los ricos!”? (Ver Lucas 6:20-23).



¿Nos asusta el paralelismo que habla de pobres y ricos sin contradecir el tema de los pobres en espíritu? ¿Nos da miedo, en un mundo en donde la riqueza es considerada como prestigio, lanzar uno de los ayes a estos ricos? ¿Es que, al poner en paralelo a pobres y ricos, su bienaventuranza y su ay, podemos deducir que la riqueza es la causa de la pobreza? ¡Cuántas preguntas!, pero yo creo que no deberíamos dar por olvidado y cerrado el tema de los ayes. Es el paralelismo de las bienaventuranzas. Es algo como para no olvidar. Ver las bienaventuranzas del Evangelio de Lucas.



Jesús se fija en el mundo de los hambrientos y lanza para ellos otra bienaventuranza. Se acordó de ellos. Hoy, cristianos del mundo, tenemos entre nosotros unos mil millones de hambrientos y otro infinito de subalimentados. “Bienaventurados los que ahora tenéis hambre”. ¿Hasta dónde nos puede llevar esta bienaventuranza para la práctica de la solidaridad con los hambrientos de la tierra? No creo que vayamos a interpretarla como hambre espiritual, porque el ay que le es paralelo lo desmentiría. “¡Hay de vosotros los que ahora estáis saciados!”. Mirad de nuevo el Evangelio de Lucas.



No se puede hacer un ay dirigido al hambre espiritual. Los ayes son malaventuranzas para los saciados. Cada uno de los ayes se podría llamar así: malaventuranza. Tened cuidado, acumuladores de la tierra, los que estáis saciados. El hambre también puede sobrevolar sobre vosotros: “¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! Porque tendréis hambre”. A nadie le gusta este paralelismo de la bienaventuranza, este “ay” que se lanza contra los insolidariamente saciados.



Cuando hablamos de hambre y sed de justicia, algo que por otra parte también es correcto, pero que lo aplicamos de forma general y única, parece que suavizamos tanto la bienaventuranza como la malaventuranza, el ay. Lo que pasa es que este paralelismo que hace Lucas nos lanza a mirar tanto a los hambrientos de pan como a los ahítos por sobreabundancia de medios, de alimentos. A estos ahítos se lanza uno de los ayes o malaventuranzas. Quizás por eso no nos sea fácil recordar los ayes y preferimos acallar nuestras conciencias aprendiendo de memoria la bienaventuranza y olvidando el “ay”. Es un error, es como, de alguna manera, mutilar el Evangelio de la gracia y de la misericordia de Dios.



El que, realmente, tiene hambre y sed de justicia, ya se ubica en el terreno, en el ámbito de este ay: “¡Ay de vosotros los que ahora estáis saciados!”. Clama por medio de este ay buscando la justicia para con los hambrientos de la tierra.



Luego viene la solidaridad de la bienaventuranza para los que lloran, los que sufren: “Bienaventurados los que ahora lloráis”. Está en contraposición y en paralelo con aquellos del mundo que pueden reír. ¿Quiénes son éstos? Seguro que se trata de risas insolidarias, de los que ríen dando la espalda a los sufrientes de la tierra, a los que quedan excluidos de los bienes del planeta tierra que en justicia les pertenece. Unos ríen mientras otros lloran. ¡Cuidado! Pueden llegar los tiempos de los lamentos, de los lloros, del crujir de dientes. No olvidéis este “ay”, esta malaventuranza: “¡Ay de vosotros los que ahora reís! Porque lamentaréis y lloraréis”. Aporta la necesidad de comprometerse con un compromiso que puede llegar a doler y a llevarnos a llorar con los que lloran. La bienaventuranza no alcanza a los que ríen su triunfo según los parámetros del mundo.



No sé si os dais cuenta de que las bienaventuranzas adquieren pleno sentido cuando se sigue la línea bíblica y se les ve junto a su “ay” paralelo. Son ayes aclaradores, son ayes que sitúan a Dios cerca de los pobres y de los que sufren, son ayes solidarios y de denuncia contra la acumulación de riquezas y el desigual reparto de bienes del planeta.



Otra bienaventuranza extraña que se entiende mejor desde su “ay” paralelo: “Bienaventurados sois cuando los hombres os aborrezcan”. ¡Qué extraño! No obstante son palabras del Evangelio. No todos los reconocidos como importantes, famosos, integrados en el sistema mundo, envidiados o que se les ve como gente prestigiosa, son los que entran dentro de la bienaventuranza. El ay es demoledor: “¡Ay de vosotros cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Porque así hacían sus padres con los falsos profetas”. Uno de los ayes enviados al baúl de los recuerdos y que gracias a su paralelismo con la bienaventuranza, nos ayuda a interpretar los valores del Evangelio.



No nos olvidemos de estos ayes que se ponen en paralelo con las bienaventuranzas, de estas malaventuranzas que son como advertencias, denuncias y llamadas de atención a los creyentes. Si queremos ser discípulos del Maestro y tener una espiritualidad integral, debemos aprender también estos ayes, estas malaventuranzas en paralelo con las bienaventuranzas tan conocidas por todos.


 

 


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