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Wenceslao Calvo
 

El mito del pueblo

Toda esta exaltación de la idea de pueblo tiene un talón de Aquiles, porque ¿qué ocurre si es el pueblo mismo el que se desvía o corrompe?

CLAVES AUTOR Wenceslao Calvo 09 DE AGOSTO DE 2017 18:42 h

Uno de los grandes motores de las revoluciones de los últimos siglos ha sido la noción de pueblo, sobre la que descansaba buena parte del discurso de los impulsores de las mismas. Frente a las oligarquías, aristocracias, clases y castas que el viejo orden social había instituido, se alzaba ahora el pueblo, que venía a poner las cosas en su sitio y a erradicar todo ese sistema desigual e injusto basado en el dominio arbitrario de una minoría privilegiada sobre una gran mayoría. Del pueblo emanaba la justicia, el orden, la libertad, la verdad y todas las grandes nociones que sustentan una sociedad.



Por tanto, no eran la nobleza ni el clero los detentadores y administradores de esos conceptos, que estaban viciados desde la raíz, porque eran fabricaciones interesadas para sostener sus prerrogativas. En cambio el pueblo era el manantial puro, la raíz incontaminada adonde había que ir a buscar todo el nuevo orden de cosas que debía ser establecido. El pueblo era la referencia última en cualquier cuestión de autoridad, poseedor de la palabra final que decidía toda controversia, aclaraba lo dudoso y erradicaba lo falso. Parecía que con la idea de pueblo se establecía de una vez y para siempre lo que es definitivo y sólido, el ancla a la que aferrarse en el agitado mar de lo confuso.



Hasta en algunos sistemas ideológicos el pueblo se convirtió en algo sacrosanto, no ya solamente equiparable a Dios como en el viejo adagio, vox populi, vox Dei, sino que, de hecho, desplazó a Dios. El pueblo era verdaderamente dueño y señor de su destino, a la vez que faro y guía por el que guiarse de manera infalible.



Cuando se viaja a los países donde la noción de pueblo acabó por ser el eje dominante de la ideología, es fácil descubrir su impronta en las descomunales estatuas que presiden las plazas y otros espacios públicos de sus ciudades, donde el tema reiterativo es la grandeza del pueblo, las hazañas del pueblo y las victorias del pueblo. Esas colosales figuras quieren inspirar y comunicar al observador su fuerza, dinamismo y rotundidad, a la vez que ser una advertencia para los enemigos del pueblo sobre el fin que les aguarda.



Pero toda esta exaltación de la idea de pueblo tiene un talón de Aquiles, porque ¿qué ocurre si es el pueblo mismo el que se desvía o corrompe? Ya no se trata de fulano o mengano o de un sector más o menos numeroso, sino que es el pueblo en su conjunto el que ha perdido el norte. Es el viejo problema de siempre, si lo regenerador se degenera ¿de dónde o de quién vendrá la solución? Cuando no es el afluente lo contaminado sino que es el río principal lo que está contagiado, todas las demás aguas que fluyen de su corriente también lo están.



Así pues, el pueblo no está exento del peligro que acechaba a la nobleza y al clero, porque después de todo está formado por un conjunto de seres humanos que están hechos de la misma masa que aquéllos. Si las minorías son proclives a la degradación, también lo son las mayorías populares. Y esa degradación no es menor porque sea más numerosa, ni es más justificable porque esté amparada por la palabra pueblo.



El pedestal donde se ha puesto al pueblo tiene una base muy quebradiza, cuyas grietas anuncian que la solidez es sólo aparente y que el derrumbe no es más que cuestión de tiempo.



‘Pero el pueblo continuaba corrompiéndose…’i Así, de manera lacónica, pero contundente, describe la Biblia lo que estaba ocurriendo en aquella nación que acabaría tiempo después sumida en un desastre de proporciones gigantescas. Aquella corrupción no había nacido hacía 24 horas, sino que venía de muy atrás; no era una corrupción exclusiva de determinadas capas sociales sino que era generalizada, del pueblo; era una corrupción que iba en aumento con el paso del tiempo; y era una corrupción que no solamente tenía que ver con la malversación de dinero público sino con todos los aspectos de la vida, al cambiar de manera deliberada los grandes principios morales por los que se rige una sociedad. Es preciso tener en cuenta que la palabra ahí traducida por corrupción es la misma que aparece al describirse las condiciones morales prevalecientes antes del diluvioii. Es decir, frente a la actual identificación que se suele hacer entre corrupción y malversación económica, la palabra corrupción en esos textos tiene que ver con una perversión que es mucho más amplia. Los intentos de frenarla en aquella nación fueron solamente fogonazos temporales, que tal como surgían se desvanecían, porque el pueblo deliberadamente quiso corromperse. Un pueblo que fraguó su propio trágico destino.



Cuidado con hacer del pueblo un mito, no sea que se nos caiga encima y nos aplaste. El pueblo no rescata a nada ni a nadie. Más bien, necesita ser rescatado. Sí, el pueblo necesita un Rescatador. El mismo que le dijo a aquel pueblo corrompido: ‘Te perdiste, oh Israel, mas en mí está tu ayuda.iii



 



i 2 Crónicas 27:2



ii Génesis 6:11-12



iii Oseas 13:9


 

 


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