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Noa Alarcón
 

La luz del mundo

Exposición en un Devocional durante el VIII Congreso Evangélico Español: Jesús no nos dice que nos esforcemos por ser luz, sino que nos ocupemos de no esconder la luz que ya tenemos encendida en nosotros.
AMOR Y CONTEXTO AUTOR Noa Alarcón Melchor 17 DE JULIO DE 2017 18:00 h
La luz del mundo

Creo que sería un error tomarse esfuerzos como la semana de celebración de la Reforma y el Congreso Evangélico de estos días de atrás como un fin en sí mismo. Esta clase de encuentros son una oportunidad para ponernos en común y encaminarnos a lo que queda por delante; si se toman como un gran logro por el mero hecho de haber tenido repercusión o haber hablado con algunas autoridades, al final el esfuerzo no sirve para nada.



Esta idea de fondo es la que me acompañó a la hora de preparar el pequeño tiempo devocional del jueves 14 por la mañana con el que me pidieron que interviniera. Como dije al subir, lo mío es más escribir, así que comparto hoy aquí una elaboración de ese mensaje un poquito más extenso.



Yo había hecho un estudio de Mateo 5:14-15 y eso fue de lo que hablé: de mi propio estudio personal y de cuánto me había sorprendido. Este texto no es precisamente nuevo: quizá sea de los más estudiados de la historia del evangelio. No pretendo inventar la rueda, solo acercarme a ver qué es lo que me ofrece, y cómo interactúa conmigo y con mi situación.




Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse (Mateo 5:14)




En el momento en que Jesús está diciendo estas palabras a sus oyentes judíos del s. I, en sus mentes está sucediendo un fenómeno lingüístico que se ha venido estudiando desde hace tiempo, y que está de fondo en mucho de lo que ocurre en el Nuevo Testamento. Quienes escuchan estas palabras de Jesús lo están oyendo a él, pero al mismo tiempo su mente está viajando a unos textos muy conocidos por todos, que habían leído y estudiando en la sinagoga durante toda su vida. Jesús utiliza esa referencia interna adrede.



Se trata de dos pasajes gemelos, Isaías 42:6 e Isaías 49:6. En ambos se utiliza la misma expresión, “luz de las naciones” (‘or hago’im) para referirse a una cualidad del futuro Mesías. ¡Cuántas veces habrían leído los judíos esos pasajes! Se sabían de memoria las características que debía tener el Mesías. De hecho, muchos de los oyentes de Jesús estaban empezando a aceptar que toda esta profecía se estaba refiriendo precisamente a él; y empezaban a asociar con su obra y su ministerio esos atributos; entre ellos, el de ser luz de las naciones.



Existen, de hecho, muchos textos de los evangelios y del Nuevo Testamento que apoyan la idea de que Jesús era el Mesías porque cumplía con este atributo de ser luz universal: Lucas 2:32, Mateo 4:16, y todo ese comienzo apoteósico y poético del libro de Juan (y, de hecho, también se repite esta idea en las propias cartas de Juan).



Sin embargo, aquí Jesús toma este dicho conocido, este atributo suyo… y le da la vuelta. No solamente el yo lo convierte en vosotros, sino que de luz de las naciones hace un pequeño cambio a luz del mundo.



Y sí, tiene sentido todo esto, mucho más sentido que un sencillo cambio de expresión.



La mejor manera de explicarlo es con una anécdota que se narra en el libro de Hechos. En Hechos 13 se nos cuenta cómo Pablo y Bernabé están en una ciudad llamada Antioquía de Pisidia y, como siempre, se dirigen primero a la sinagoga de la ciudad a predicar a los judíos. Y los judíos, como viene siendo costumbre, montan un lío terrible y se proponen echarles de mala manera. Entonces Pablo y Bernabé les dicen que ahora van a dirigirse a los gentiles, porque así se lo había mandado el Señor: y citan, precisamente, el texto de Isaías 49:2… ¡pero aplicándoselo a ellos mismos! Se apropian de este texto que todo judío sabía que se refería al Mesías. Y, más aún, todo judío cristiano sabía que se refería a Jesús. ¿Qué autoridad tienen Pablo y Bernabé para apropiarse de un texto así? Precisamente la autoridad que les había dado el mismo Jesús en Mateo 5:14: nosotros somos la luz del mundo. No cualquier luz, sino la de él. Él es la luz, y nosotros somos su reflejo, igual que la luna refleja fielmente la luz del sol, pero por sí misma no puede brillar.



 



La luz no se puede esconder



Y no solo somos luz para las naciones, como ocurría en el Antiguo Testamento, que solían entender esta idea desde un punto de vista meramente político e institucional. En el griego que cita a Jesús en el evangelio de Mateo, en vez del goim hebreo (las naciones), dice que somos luz del mundo, y la palabra que se utiliza es cosmos. En aquel entonces el cosmos era todo lo existente, todo lo creado. No solamente como una institución religiosa o política (como, también, esperaban los judíos en un principio que actuase el propio Mesías). La luz del evangelio de Cristo alcanza cada rincón de la existencia.



Y para convencernos de que esto es verdad, Jesús utiliza dos imágenes: una, la de que somos una ciudad en lo alto de una colina. La otra, que somos una luz que no se debe encender y esconderse debajo de una vasija, o una mesa (según la versión); o, para entendernos, entrar en una habitación, encender la luz y marcharnos cerrando la puerta de esa habitación. Nadie en su sano juicio cometería ese derroche inútil.



Al pensar en estas palabras de Jesús me vienen a la mente las palabras de un proverbio (Pr 18:20): “Cada uno se llena con lo que dice”. A veces no nos damos cuenta de que el lenguaje que usamos condiciona nuestra manera de pensar y, así, condiciona al mismo tiempo nuestra manera de actuar.



Hablo por mí: cuántas veces habré entendido de mala manera estos versículos interpretándolos como que he de ser luz… y ese “ser luz” se convierte en una especie de obsesión mientras intento encenderme para alumbrar el lugar en el que estoy, sacando fuerzas de donde no las tengo, elucubrando por mi cuenta modos y estrategias. Todo eso me ha dejado siempre, al final, con una frustración sutil y subcutánea, una extraña culpabilidad, porque resulta tremendamente difícil alumbrar a un mundo que se empeña constantemente en seguir metido en las tinieblas.



Me sentí bastante impactada al entender que lo que está diciendo Jesús aquí no es que tengamos que ser luz… sino que ya lo somos. No nos dice que nos esforcemos por ser luz, sino que nos ocupemos de no esconder la luz que ya tenemos encendida en nosotros. Y es un cambio demasiado importante como para ignorarlo.



Jesús nos está diciendo que no seamos tontos, que la clase de luz que él pone en nosotros, que nosotros somos en él, es tan difícil de esconder como una ciudad en lo alto de una colina, que se ve a kilómetros de distancia de día, y de noche sus luces sirven de faro en la lejanía, que se utiliza como medida y como camino. Que intentar esconder todo lo bueno que él pone en nosotros es como encender la luz de la habitación y marcharnos de allí.



Siempre me acuerdo del Londres de la Segunda Guerra Mundial, cuando los alemanes bombardeaban la ciudad de día y de noche, y las autoridades rogaban a la población que una vez caída la tarde permanecieran a oscuras para no ayudar a los alemanes a localizarles (puesto que no existía aún el GPS ni la navegación moderna). Y lo difícil, casi imposible, que resultaba aquello.



Mis conclusiones a todo esto son dos:




  1. Me doy cuenta de lo tremendo que es que haya una profecía de hace miles de años cumpliéndose hoy en mí. Y cumpliéndose en todos los que asistieron a la celebración. España es un país extranjero a ojos bíblicos; nosotros somos de los go’im. Y, sin embargo, Jesús es luz para nosotros, y de afirmar esa verdad fue de lo que se habló durante toda la semana. No creo que seamos conscientes de la tremenda revelación que supone reconocer que hay una profecía de Isaías que se está cumpliendo en nuestro país y que no se cumplía ni en el momento en que fue escrita, ni en el momento en que fue aplicada a Jesús, el auténtico Mesías. La luz prometida a las naciones llegó de él, pero a través de ese vosotros al que Jesús se dirige en Mateo 5:14.

  2. Me doy cuenta también de que necesitamos asumir que nuestra luz depende de Dios. Necesitamos cambiar el discurso, incluso nuestro propio discurso interno, y alejarnos de la idea de que tenemos, de alguna manera, que encendernos cuando hay alguna situación o algún lugar a oscuras. Ya estamos encendidos. Entender esto, simplemente, debería servirnos de antídoto ante posibles frustraciones y ante falsas culpabilidades porque, acordémonos, donde hay esta clase de culpabilidad no cabe el Señor (pero eso para otro día).



Así que cuando nos enfrentemos a una situación complicada, a un desafío misionero o pastoral, cuando tengamos que poner en práctica nuestra vocación o nuestro llamado de forma activa en la sociedad, debemos acordarnos de no frustrarnos, no acobardarnos… que Jesús aseguró que ya somos luz en medio de todo esto, y nuestro único esfuerzo consiste en colocarnos en el mejor lugar posible desde el cual alumbrar.


 

 


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