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    Dos mundos y su fiesta

    Aquellos que prefirieron revolcarse en su oro, despreciando lo gratuito y la oferta por gracia, jamás gustarán de su fiesta.

    DE PAR EN PAR AUTOR Juan Simarro 16 DE MAYO DE 2017 17:55 h

    Algunos podrán decir que, quizás, en nuestro mundo hay muchos mundos. Sin embargo, los más destacados y que alguien que viniera de fuera de nuestro mundo notaría, serían dos: Los que pueden comprar todo, casi todo o mucho y los que no pueden comprar casi nada o nada. Los que poseen y los desposeídos… este escándalo se da en un mundo que pertenece a todos, en un mundo de personas creadas por Dios con igual dignidad. Un mundo dual con un tercio de ricos e integrados y dos tercios en pobreza en mayor o menor grado. Ambos invitados a la gran fiesta.



    Pues bien. Hoy os voy a hablar de una manera muy sencilla. No vamos a ser ni muy conceptuales, ni muy complicados: En el mundo se anuncia una fiesta con una característica muy especial: Es una fiesta gratuita que busca comensales. Todo gratis, todo de gracia. ¿Cuál de los dos mundos valorará más lo gratuito? 



    Uno de esos mundos, el de los integrados en el reino del dios de las riquezas, valora poco lo que es gratis porque, simplemente, pueden comprar. Las personas que acceden a altas rentabilidades, posesiones, negocios productivos y con gran capacidad de compra, no miran a lo gratuito, no lo aprecian, no les llama la atención. Valoran lo caro, ir a fiestas en donde puedan regalar sin límites de precio, sumirse y nadar en el mundo de las apariencias y el lujo. Piensan que lo gratuito no tiene valor. ¿Valorará el otro mundo lo gratuito? Estará pendiente de ello?



    La fiesta va a empezar. Se envían invitaciones y, extrañamente, siguiendo la lógica de los integrados, se comienza invitando a uno de los mundos, el de los acumuladores, compradores, poseedores de bienes y haciendas. Se les hace una invitación que es gratuita. ¡Venid, pasad a la fiesta, acercaos! No hay que pagar. Venid, coged sin dinero y sin precio vino y leche. Todo es de gracia, todo gratuito. Fracaso. Desprecio en un mundo en el que todos tienen capacidad de compra y de pago.



    El gran anfitrión invita proclamando la gratuidad. La cuestión es que esta invitación por gracia, a la que se accede sin dinero y sin precio de regalos, no tiene atractivo para los que tienen capacidad de compra, para os que están deslumbrados por el poder del oro, del dinero, de las posesiones. Se ríen de lo gratuito, de lo ofertado por gracia, de las fiestas a las que se puede entrar y acceder sin dinero. Este primer mundo, pequeño porcentaje de la humanidad, no encuentra aliciente a la invitación. Se disculpa mientras que se restriega y revuelca en las fiestas caras e insolidarias ante aquellos que carecen de capacidad de compra.



    Curioso: La indiferencia de uno mundo, privilegio para el otro. ¿Acuden, entonces, los marginados y apaleados? Parece complicado. Ocurre que en el mundo de los apaleados no tienen ni conciencia ni información de la gran fiesta. Quizás creen que ellos, los excluidos y empobrecidos del mundo no tienen derecho ni siquiera a participar del lujo de una fiesta gratuita. Creen que no es para ellos. Los don nadie, los que no cuentan. No acuden de por sí a la fiesta. Parece que el gran anfitrión no encuentra ni siquiera la forma de hacerles llegar la invitación. Sin embargo, el gran anfitrión dice algo importante: aquellos que prefirieron revolcarse en su oro, despreciando lo gratuito y la oferta por gracia, jamás gustarán de su fiesta. Los excluye. Ya no habrá nunca más invitaciones para ellos.



    ¿Se enfada este anfitrión? ¿Tendrá que suspender la fiesta? No. La gran fiesta, la gran boda, no podrá ser nunca suprimida. La fiesta se va a celebrar en el mundo. Si los invitados no van, quizás las propias piedras llenarán la sala. Pero hay solución. Hay otro mundo. El mundo de los desposeídos, la gran mayoría, el lugar de los que ni siquiera piensan en que, quizás, alguna vez podrá haber una fiesta gratuita para ellos.



    No. El gran anfitrión no se enfada, pero quizás comienza a gritar a sus emisarios con gran urgencia: ¡Abandonad las grandes avenidas, los lugares de lujo! ¡No lancéis más allí la invitación! El brillo de las riquezas injustas les ha nublado sus mentes. Se han convertido en sordociegos. Neciamente se han disculpado dando la espalda al gran anfitrión. Jamás habrá otra invitación para ellos. Enredados en sus negocios no oyen la invitación, no la ven. Incluso pueden reírse o matar a los emisarios. 



    El gran cambio de planes de la fiesta: Tenéis que salir a los campos, los cruces de caminos, los lugares de pobreza, los focos de miseria. Se produce la gran inversión de valores. ¡Llamad a los pobres, los lisiados, los ciegos, los leprosos, los empobrecidos y oprimidos del sistema!  Estos son diferentes aunque, quizás, no entiendan ni esperen que también para ellos puede haber una invitación. Hay que hablar con los que no tienen hogar, con los que duermen en las calles y los carriles, con los que se ven lanzados a la mendicidad. Ellos valorarán lo gratuito aunque no lo van a entender. No es que no quieran aceptar la invitación. Nunca han tenido la esperanza de la gran invitación. Por tanto hay que forzarles a venir, a entrar en mi fiesta, en mi boda. ¡Empujadles, traedles a la fuerza! No van a entender la inversión de valores, el gran cambio de los planes del gran anfitrión.



    Escándalo contra escándalo. El gran escándalo de los que desequilibran el mundo atesorando bienes, contra el escándalo de que a mi especial fiesta vengan todos los pobres de la tierra aunque sea a empujones. ¡Forzarles a entrar! Ellos sí sabrán valorar lo gratuito, lo que es por gracia, el poder comprar sin dinero y sin precio. La fiesta será un total éxito. La gran valoración de lo gratuito, de la gracia.



    Cuando se vive presa del poseer, del prestigio de la riqueza, cuando se valora a aquellos que suben en la escalada socio-económica aunque vayan dejando muchos cadáveres de sus semejantes atrás, cuando uno se pone en brazos del dios de las riquezas, del dios mercado, del dios Mamón, difícilmente se va a poner atención y escucha a la invitación al banquete gratuito de bodas que Dios prepara como final de la historia. ¿Acaso será esa boda del reino el privilegio de los empobrecidos, los despreciados, los lanzados a la mendicidad, los hambrientos y sedientos? 



    Serán forzados a entrar si creen que ellos no tienen derecho a participar de la gran fiesta. Cuando comiencen a gustar de lo gratuito, de lo que es por gracia, se darán cuenta que nadie les va a mirar por su procedencia, por sus pertenencias, por lo alto o lo bajo que hayan llegado en la escalada social de acumulación de bienes. Una vez más se cumplirá el aserto de Jesús: Los últimos, los primeros. ¿Es esto escandaloso hoy? ¿Qué escándalo es mayor? ¿El de la pobreza en el mundo, la injusticia del desigual reparto o el que empujen por la fuerza para que los pobres entren en la gran boda, en la gran fiesta, en el banquete del reino?



    Cristianos del mundo: Hay que salir fuera del ámbito de los integrados, sin abandonarlos, pues los acumuladores también se pueden salvar si se arrepienten y comparten sus bienes. Hay que salir a los cruces de los caminos, los focos de pobreza, el mundo de los hambrientos, el ámbito de los proscritos, de los abandonados y los que no tienen hogar. Hay que acercarse obligándoles a entrar en la gran fiesta, sí,  a esa más de media humanidad que ha sido despojada, apaleada y dejada medio muerta al lado del camino. ¿Es esto también un escándalo? Pues escándalo contra escándalo. El mayor escándalo de la humanidad es el de los que acumulan sin límites hasta poder comprarlo todo reduciendo a la pobreza a más de media humanidad y mostrando su desprecio a lo gratuito, a lo que es por gracia. Gracias, Señor, por forzar a entrar a los desheredados de la tierra. Es un forzar con misericordia, con justicia, con amor.


     

     


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