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    José de Segovia
     

    Hace 40 años de aquel Sábado de Gloria

    La sorprendente legalización del PCE da título a la novela de David Serafín -seudónimo de Ian Michael- que retrata magistralmente la España de la Transición.

    MARTES AUTOR José de Segovia 11 DE ABRIL DE 2017 11:18 h
    No se esperaba que Suárez se enfrentara al Ejército para legalizar el comunismo en España.

    Domingo de Ramos en Madrid, 1977. Una anciana deja caer la palma que trae de misa, al caer un cuerpo de un balcón de la calle Alfonso XII, enfrente del Retiro. La ciudad parece desierta. Muchos madrileños se han ido ya a Benidorm o Palma, para pasar la Semana Santa, sin interés ya por la religión. El comisario de policía Bernal, se pregunta si el joven periodista que cayó desde el ático de su casa, se tiró o lo empujaron. Algo le hace pensar que no fue un suicidio. Como dice el prólogo de este libro, al “final de una dictadura, todos los crímenes son políticos”.



    El profesor de Oxford, Ian Michael, vino a España justo después de la muerte de Franco con una beca. Este hispanista galés estudiaba literatura medieval, pero “había una gran crispación política”, recuerda. “Los grises –como eran llamados entonces, los policías, por el color de su uniforme– perseguían a los estudiantes en Moncloa”. Y un día contempló un incidente, cuenta a Juan Cruz en El País: “Iba en un autobús y vi cómo alguien se había tirado desde un balcón a la acera”. 



     



    La primera edición de este libro, la publicó este hispanista en inglés en 1979, bajo el seudónimo de David Serafín.

    Tras ver cómo la ambulancia se llevaba el cadáver, Michael se queda intrigado: “La prensa no publicó nada sobre el asunto, pero se me quedó en la memoria que la policía había recogido los zapatos”. Esos zapatos aparecen en la portada de la primera edición de su libro “Sábado de Gloria” –lo publicó en inglés en 1979 con el seudónimo de David Serafín, pero lo tradujo Grijalbo en 1983 y ahora lo publica Ediciones Berenice–, que comienza con esa misma escena. Es la primera de una serie de seis novelas policíacas, que como dice la introducción, “nos presentan una faz nada acostumbrada de ese tiempo que llamamos transición”.



     



    SOMBRAS DEL PASADO



    Este libro me devuelve al ambiente de la Semana Santa, al principio de mi adolescencia. Me recuerda los nombres de algunas calles –José Antonio se llamaba la Gran Vía, donde mi padre tenía una librería– y me descubre otros –General Mola para Príncipe de Vergara–. He vuelto a visualizar el “escaléxtric” de Atocha, los almacenes de Sepu –donde íbamos siempre a las rebajas– y los kioscos llenos de portadas de desnudos, entre el Diario 16 y la Hoja del Lunes –que leía los comentarios de música de Santiago Alcanda–, junto a los anuncios de espectáculos de cabaret de argentinos como Nacha Guevara o el Gran Pavlovsky.



    El personaje del comisario Bernal es fascinante. Criado en el barrio de Lavapiés, pasa la guerra siendo guardia civil en Ciudad Rodrigo, donde conoce a su mujer en una feria. Después de cuarenta años, sigue sin soportar su comida y costumbres de pueblo. Eugenia es una mujer de misa diaria, cuyo personaje retrata el catolicismo español más rancio, lleno de ignorancia y prejuicios. El tiene ya 58 años. Bajito y barrigudo, lleva un bigote recortado al estilo del Caudillo. Trabaja en la Dirección General de Seguridad en Sol, pero no le interesa la política. Ve la policía como un profesional, no como un militar. Y compra diarios como El País, o Diario 16.   



     



    Los fantasmas de la Transición todavía nos persiguen.



    A Bernal le fascinan “los múltiples y complejos motivos que llevan a la gente más allá del límite”. El mismo lleva una doble vida. Come y duerme con su mujer en una bocacalle de Alcalá, al lado del Retiro, pero pasa parte de la tarde y algún que otro domingo –cuando su esposa cree que está abrumado de trabajo–, en el apartamento de una empleada de banca en la calle Barceló, junto al metro Tribunal. Consuelo tiene treinta años menos que él. Es rubia y de ojos azules. Perdió a su padre de niña y ha cuidado de su madre en la Glorieta de Quevedo. Es mucho más izquierdista que él, pero están enamorados en una España, donde todavía no hay divorcio y el adulterio es un delito, que supone hasta seis meses de prisión, para la mujer.  



     



    LOS HIJOS DE LA TRANSICIÓN



    El matrimonio tiene dos hijos. El mayor está casado, pero el pequeño es todavía un estudiante que vive en casa, mal criado por su padre, que le da siempre dinero para divertirse. Pasa la Semana Santa en Candanchú, esquiando con sus amigos. Como tantos padres entonces, estaba orgulloso de que su hijo fuera a la universidad, hasta que descubre que la educación en España es un desastre. “Tres o cuatro clases a la semana en una aulas inmensas, sin apenas personal docente que se ocupase de pequeños grupos, y mucho menos de cada estudiante por separado”, observa el profesor de Oxford.



     



    El profesor de Oxford, Ian Michael, vino a España con una beca, justo después de la muerte de Franco.

    Le asignan esa semana al comisario Bernal, la primera inspectora de la Dirección General de Seguridad. Elena vive en la colonia del Viso. Su padre hizo una fortuna con la construcción de viviendas en los años sesenta. Tras destacar en la sección femenina de la Falange  y el sindicato oficial de estudiantes, entra en la Escuela de Policía después de estudiar en la universidad, antropología social. Tiene que trabajar ahora con un compañero que no piensa más que en “ligar”. Conocedor de la vida nocturna, Ángel es el principal informador de Bernal.



    La Semana Santa de 1977, ocurrieron cosas que han pasado a la Historia. En los periódicos todavía había noticias del desastre aéreo de Los Rodeos en Tenerife y la abolición gubernamental del Movimiento, el único partido político permitido durante los treinta y ocho años del régimen franquista. Los Guerrilleros de Cristo Rey obligaban a cantar el “Cara al sol” y los Juventudes Comunistas se manifiestan en el centro de Madrid, aunque todavía el Partido Comunista no ha sido legalizado. Eso ocurrirá el Sábado de Gloria…



     



    LA ESPAÑA POSTFRANQUISTA



    La novela no trata, a pesar de lo que sugiere el título, de la legalización del PCE –aunque acaba, obviamente, con ese suceso–, pero te hace transpirar el ambiente de tensión que se vivía, antes de las primeras elecciones generales. El temor a una nostálgica y esperpéntica “resurrección”, convierte esa Semana Santa en una lucha por evitar una conspiración golpista. Ante el aumento del terrorismo, hay una amenaza real de involución, que lleva a que se produzca un continuo “ruido de sables”.



     



    Hace ahora 40 años de la sorprendente legalización del PCE, el Sábado de Gloria de 1977.



    La Brigada Político-Social había sido sustituida por Información, pero estaba en vigor desde 1970, una ley de peligrosidad social, que establecía unos tribunales especiales. Por ella se permitía la detención de personas que no habían cometido delito alguno, pero entraban en la categoría de “sospechosas”. Cualquiera podía ser enviado a un centro entre cinco meses y seis años. Así como los locales podían ser cerrados entre un mes y un año. Todo ello sin recurso alguno.      



    Había entonces organizaciones como los GRAPO, que habían secuestrado el año anterior a Oriol y Villaescusa. Bernal no acaba de creer que sean de extrema izquierda. El yugo y las flechas estaban todavía en Alcalá 44, sede de la Secretaria Nacional del Movimiento, que es ahora el centro cultural catalán en Madrid. Había terroristas en España vinculados a movimientos fascistas. Algunos eran italianos, otros alemanes, y muchos argentinos, o chilenos. Es por eso que bajo la vicepresidencia del asesinado Carrero Blanco, se había creado ya un grupo especial antisubversivo, que había situado a sus miembros en ministerios clave, para evitar un golpe militar.



     



    COSAS DE INGLESES



    Una de las paradojas de la Historia de España, es que la han escrito extranjeros como Ian Michael. El vino a este país, por primera vez en 1955. Estudiaba español en Londres, pero en Sevilla no comprendía nada. “Pensaba que había llegado a África y no a Andalucia”, le cuenta a Juan Cruz. La última casa en que vivió, resultó ser una casa de citas. Era la España del guardia civil, la bota de vino y la tortilla. Todos parecían llevar uniformes, entre lutos, votos, clero y soldados. Y hacía un calor horrible.



    Su paso por la universidad española, le confirma que la mayor parte de los intelectuales de este país, están en países como Estados Unidos. Nadie hablaba de política, entonces. El retraso es evidente en el hecho de que esta novela se publica antes en Inglaterra, Francia, o Japón, que en España, donde fue traducida cuatro años después. Todo venía tarde, pero casi al mismo tiempo. Era una época de gran convulsión social, cuando se introduce la droga y “el destape”.



    Sorprende la descripción que hace de la comida de la esposa de Bernal. Esta mujer prepara de desayuno, pan frito, pero para beber, hace una extraña mezcla de achicoria, bellotas tostadas y café. No es extraño que el comisario prefiera tomar un café con un cruasán, en el bar de la esquina. Ese prejuicio británico se ve también en lo repulsivo que presenta una cocina basada en lentejas y garbanzos, chorizo y judías verdes con hebra, rehogadas en aceite rancio. Las chuletas se comen grasientas y requemadas. Y para colmo, se hace una tortilla fría con los restos, como cena.   



     



    LECTURA APASIONANTE



    El libro me resulta apasionante. Es una combinación perfecta de la narrativa sobria anglosajona con una atención por el detalle, que lo convierte en un auténtico registro histórico. Bernal es un gran personaje, un hombre tranquilo y complejo. Sus novelas siguen ese estilo de ficción criminal que ahora se llama de procedimiento. Se recrea en la morosidad de una investigación que sigue pista por pista, analizando huella tras huella, iluminados por la intuición ocasional, o la dirección de una guía competente. Es evidente que el autor se ha introducido en las técnicas forenses.



    La ambientación de Madrid es estupenda. Allí desarrolla los tres primeros libros de la serie, el siguiente es en la bahía de Cádiz, el quinto en Las Palmas y el último en Torremolinos. La acción comienza en el 77, pero continúa en los años ochenta. La obra de Serafin es un claro antecedente de lo que está haciendo ahora el aragonés Miguel Mena, que ha publicado ya tres volúmenes del inspector Mainar, un policía que investiga casos a principios de los ochenta: el primero en el contexto del secuestro del futbolista Quini en 1981, el segundo durante el campeonato mundial de fútbol que hubo en Málaga en el 82 y el último en torno a la Movida de Madrid en el 83.



     



    Este libro fue publicado en inglés en 1979, pero no se pudo editar en España hasta 1983.

    Los libros de David Serafin –David es el segundo nombre de Ian Michael y Serafin es una alusión a su apellido de arcángel– muestran también la tragedia de un país que no ha sido cambiado por el Evangelio. La religión de la esposa de Bernal es la que se lamenta de “se hayan olvidado ya todas las santas tradiciones del pasado”. Y a cambio, no hay más que “pecado sin ninguna conciencia”. Las mujeres del barrio de Bernal, nos muestran una España que elude ya a los curas y a las iglesias, pero que sin embargo tiene pequeñas imágenes de la Virgen en casa. Su religión es “una suerte de superstición transmitida de madres a hijas, sin ningún reglamento formal”.



     



    ¿RELIGIÓN O CRISTO?



    Si la religión es el intento del hombre de ganar el favor de Dios, no hay duda que Jesús está contra la religión, si por ella entendemos justicia propia, orgullo moral e hipocresía. Es ley sin evangelio, un moralismo religioso opresivo, pero el cristianismo no es para que la gente buena sea mejor. Es buenas noticias para gente mala, que se enfrenta a su fracaso en ser buenos. Muchos han dejado la iglesia, pero no a Jesús, porque la iglesia ha dejado a Jesús.



    ¿Qué papel tiene entonces, la religión? Como concluye el fallecido Robert Farrar Capon, tenemos que decir que ninguno: “ninguno porque el Evangelio del Señor Jesucristo no le deja nada”. Ya que “el cristianismo no es una religión”. Más bien, “es el anuncio del fin de la religión”. ¿Por qué? “La religión consiste en todas las cosas (creer, comportarse, adorar, sacrificar) que la humanidad pensaba que tenía que hacer para estar a bien con Dios”. Ante esto, “el cristianismo sólo tiene dos cosas que decir”:



    “La primera es que con ninguna de estas cosas ha tenido nunca la oportunidad de lograrlo: la sangre de toros y machos cabríos no puede quitar los pecados (mira la Epístola a los Hebreos) y ninguno de nuestros esfuerzos para guardar la ley de Dios puede finalmente tener éxito (mira la Epístola a los Romanos)”. Y “la segunda es que todo lo que la religión ha intentado (y fracasado), ha sido hecho perfectamente, una vez para siempre, por Jesús en su muerte y resurrección”.



    Por lo que Capon concluye: “para los cristianos, por lo tanto, el negocio religioso se ha acabado, cerrado y olvidado… La iglesia no se dedica a eso. La iglesia lo que hace, en vez de eso, es proclamar el Evangelio… Está aquí para llevar las buenas noticias al mundo de que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Está aquí, en definitiva, no para un propósito religioso, sino para anunciar el Evangelio de la libre gracia” de Dios.


     

     


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