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    Noa Alarcón
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    La maternidad esclava

    La maternidad, a veces, se convierte en un ídolo al que rendir culto; y como todo culto, tiene fanáticos y detractores.

    AMOR Y CONTEXTO AUTOR Noa Alarcón Melchor 06 DE MARZO DE 2017 11:35 h

    Siempre que pienso en este tema se me viene una imagen a la cabeza. Es un piso de Madrid, muy cerca del centro, muy agradable, pequeño, decorado con gusto y bien reformado en una finca de esas señoriales que tiene casi cien años. Le pertenece a una mujer moderna, que se viste con un estilo propio, que tiene un trabajo importante y creativo que le encanta. Supera los treinta y cinco. Tiene un grupo de amigos variopinto. Viaja, va a museos todos los domingos, pasea por Lavapiés, lee libros, sabe de muchas cosas.



    Invita a amigos y a gente conocida a su casa a cenar asiduamente; al terminar, se sientan en los cómodos sofás y sirve un té exótico que ha comprado en una exclusiva tienda de Malasaña. La conversación deriva y acaban hablando de los padres y de los hijos.



    - A veces lo pienso -dice la mujer-, cómo sería ser madre. Cómo sería tener a alguien en tu vida que te ame incondicionalmente.



    Lo dice y queda dicho. Flota un rato en el ambiente y después la conversación vuelve a mutar.



    Nadie comenta nada por respeto, porque los que están ahí saben lo mucho que le cuesta a esta mujer conservar una pareja. Ha tenido multitud de relaciones, y en todas acaba surgiendo un problema irresoluble para la convivencia. Ella, de hecho, después de muchos disgustos, después de muchas sesiones de ese amor dolido que solo puede sobrevivir en base a la resignación, ha acabado abandonando la idea de tener pareja estable. Y con ella la idea de tener una familia propia.



    Al cabo de un tiempo corre la noticia de que se ha quedado embarazada. Está feliz de haber tomado la decisión y de forma no oficial se va sabiendo que fue a un banco de esperma y se sometió a tratamientos de fertilidad durante unos cuantos meses. Los cuarenta se le acercan y no podía esperar más. 



    Ella y su hijo, que resultó ser un niño, pasan a vivir en su piso del centro de Madrid. Todo parece perfecto. Pero tiempo después, ante otra de esas conversaciones informales de fin de velada, cuando el nene ya se ha ido a dormir, vuelven a hablar de padres e hijos.



    - Al final tener un hijo no era la experiencia trascendental que pensaba. Le quiero mucho, pero echo de menos la libertad que tenía antes.



    Tampoco en esta ocasión ninguno de sus amigos dice nada. Porque no saben qué decir. Ninguno de ellos ha pasado por ello. Ninguno de ellos sabe lo que significa la paternidad. De hecho, ni siquiera la propia madre tiene claro lo que es; simplemente intenta salir adelante con la sensación de que, por mucho que se intente preparar, no hace más que improvisar.



    Pasan los años y, cuando el hijo roza la adolescencia y la madre puede retomar la libertad que echaba de menos, se da cuenta de que lo que ha perdido en el camino es el amor incondicional que anhelaba. Su hijo ahora se distancia, se queja, le echa cosas en cara, porque los adolescentes tienen que deconstruir su mundo para poder vivir en él, y eso empieza por las relaciones que tienen más cerca. Pero ella no entiende cómo ha podido ocurrir. Con su hijo ha acabado teniendo una de las fallidas relaciones de las que huía: el amor duele, se resigna y no satisface. Se le rompe el corazón de nuevo.



    Sé que esta mujer recuerda mucho a Samanta Villar y a sus declaraciones sobre la maternidad que en las últimas semanas la han hecho muy famosa y han provocado cierta polémica. Pero lo cierto es que no es la historia de una u otra; ni siquiera es la historia de centenares de ellas en el mundo occidental: es la historia de sus hijos.



    Tiene razón Samanta Villar en que la maternidad puede ser una experiencia completamente decepcionante… cuando todo lo que respecta a ella se basa en la experiencia de la madre.



    Se dicen muchas mentiras. La maternidad, a veces, se convierte en un ídolo al que rendir culto; y como todo culto, tiene fanáticos y detractores. Están las mujeres que creen que ser madres es lo único que dará razón y sentido a sus vidas, y se equivocan tanto como las que creen que los hijos son una carga inútil que te arruina la vida. Y se equivocan porque el centro siguen siendo ellas: lo que creen o lo que no creen, lo que viven o lo que no viven. A veces el hijo debe convivir con la convicción de que su existencia es un accesorio de la vida de su madre, o un impedimento a la libertad de su madre, en el otro extremo. Y desde cualquiera de los dos lados se vulnera la verdad bíblica: que todas las vidas importan, que son dignas en sí mismas por el hecho de existir, independientemente de los factores que las rodeen. 



    Como madre, hay veces que, sencillamente, no sabes; y ese no saber es la puerta abierta a una culpabilidad perpetua que se te instala desde la sociedad ya solo por ser mujer; no digamos por ser mujer y madre. La búsqueda de la maternidad perfecta, la experiencia completa, satisfactoria y reveladora para la vida entera se convierte en un peso insoportable de cargar. 



    Aquella mujer de la que os contaba acertaba al admitir finalmente que ninguna relación de pareja sería un amor ideal, pero se equivocaba al pensar que ese amor incondicional que anhelaba provendría de un bebé recién nacido. Confundió la necesidad con el amor, y en esas andamos todos siempre. Sin embargo, en aquella ocasión nadie pudo decirle lo equivocada que estaba, porque ninguno se percató de la mentira. Lejos de Dios es imposible experimentar ninguna clase de amor verdadero.



    No tengo ni idea de cómo he sobrevivido yo como madre, y a la hora de escribir este artículo me he planteado qué sé y qué he aprendido. ¿Cómo puede ninguna mujer someterse a sí misma a la exigencia de cuidar y criar con amor a otro ser humano que depende tantísimo de ella sin poner en jaque su propia identidad? La maternidad puede ser desafiante en ese extremo. Muchísimo. Y así lo vemos, que el norte se pierde con demasiada facilidad; cuando no es la madre el centro de la experiencia lo acaban siendo los hijos, que se convierten en tiranos sobre los que giran todas las actividades y todos los pensamientos de la familia. Aun superando la obsesión de tener una experiencia de la maternidad perfectamente satisfactoria, es muy fácil caer inmediatamente en la obsesión de que tus hijos tengan una experiencia de su infancia completamente inolvidable y feliz. 



    Pero eso para otro día.



    Me acuerdo de un día especialmente en el que la situación se volvió muy difícil e insostenible. Aquel día el Señor me golpeó con este versículo: “Al vivir la verdad con amor, creceremos hasta ser en todo como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo” (Efesios 4:15). De hecho, este versículo ni siquiera se refiere a madres o hijos. Sin embargo, apunta a una verdad trascendental: ya seas madre o no lo seas, tu condición como hija de Dios no ha cambiado. Tu camino hacia arriba y hacia delante no ha cambiado. El centro sigue siendo Cristo, y el objetivo es ser como él en medio de todo lo que vives.



    Aun así, ¿merece la pena ser madre? En la medida en que merece la pena que esa nueva vida exista, siempre. Tu vida quizá cambie de condición y de actividades, pero la que experimentará un cambio trascendental no será la tuya, en definitiva, sino la de tu hijo, que pasará de la no existencia a la existencia. La mejor madre, al final, es la que sabe que esto es cierto y se toma las cosas con calma. Pero yo, sinceramente, no creo que esto se pueda hacer bien sin Dios. 



    La verdad del evangelio nos dice que el centro de nuestra identidad ya no cae en lo que hacemos, en la experiencia ni la actividad concreta, sino en lo más profundo de nuestra relación con nuestro Padre. Y esta es otra de tantas cosas que o bien creemos o bien no creemos, pero no podemos quedarnos creyendo a medias. Para una mujer que es madre, esta verdad se traduce en no olvidarte de ti misma, en ser consciente de que, al final, lo mejor que puedes hacer por tu hijo es tener un espacio para tu salud emocional, física y espiritual con el Señor, y tu hijo será feliz siempre que lo incluyas dentro de esa vida de fe en los años que comparta contigo. Y esto, para la sociedad sin norte, suena a egoísmo. Es verdad. Pero, de nuevo, no se puede entender lo justo y sano que es si no permaneces en el Señor. 



    Ninguna experiencia puede significar nada por sí misma. Ninguna te va a cambiar la vida. Vivir con la obsesión de que lo único que merece la pena de la existencia es acumular recuerdos de actividades o situaciones se puede llegar a convertir en una esclavitud idiota. Es lo que ha llevado a estas mujeres a creer en la necesidad de ser madres y a quedarse defraudadas después. Aunque esas experiencias sean tan trascendentales como la maternidad, en sí mismas no aportan un gran significado a la vida. Llegan, se viven y se van. Y corremos el riesgo de perder el norte si dejamos que se conviertan en el centro de todo.


     

     


    2
    COMENTARIOS

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    Earendil
    11/06/2017
    03:20 h
    2
     
    Como padre de dos hijos, sólo puedo agradecer a Dios la bendición de serlo. Pero al final de mi vida, efectivamente, está Dios, esa perspectiva y el anhelo de conocerle cada día más, es lo que puede hacer de mi un buen padre...de meter la pata ya me encargo yo solito. Buen artículo. Podemos hacer de todo un ídolo, incluido de una bendición como los hijos. Felicidades, Noa.
     

    JulioCA
    07/03/2017
    20:06 h
    1
     
    Como no comprendemos la magnitud del amor de Dios hacia nosotros, así no conoce el que no tiene hijos el amor de los padres hacia sus hijos, no pueden comprender que la vida es incompleta y ególatra hasta que se tienen los hijos. Pero no todos los que tienen hijos gozan de lo que es ser padre. Puede que el egoísmo a su persona le aborte el amor a los hijos y poder desarrollar un plano del ser humano maravillosos, pleno, completo. Los hijos se van y es una de las grandes alegrías: verlos crecer.
     



     
     
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