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    Estudios bíblicos (XCV)
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    Antioco IV, profanador del Templo de Jerusalén

    Libros proféticos (XXVIII): Daniel (VII): el rey del norte y el rey del sur (II). Antioco IV hizo cesar en el templo de Jerusalén el sacrificio perpetuo y lo profanó con una imagen de Júpiter, la “abominación desoladora”.

    LA VOZ AUTOR César Vidal 21 DE DICIEMBRE DE 2016 17:00 h
    Templo Jerusalén

    Como hemos tenido ocasión de ver en estudios previos, Daniel, lejos de ser motivo para perderse en la especulación, es un ejemplo claro de la existencia de profecías ya cumplidas que nos enseñan profundas verdades espirituales. Semejante circunstancia se repite en el texto relativo a los reyes del norte y del sur que no son otros que los monarcas de las dinastías seleucida y lágida respectivamente.



    El v. 20 del capítulo 11 señala lo que sucedería tras la derrota de Antíoco III a manos de Roma. Su sucesor, Seleuco IV Filopator, enviaría a Heliodoro a Jerusalén para apoderarse del tesoro del templo. La razón era intentar tapar el agujero que le había provocado la victoria de Roma. Sin embargo, aquel hombre que buscaba quedarse con el dinero de otros – una circunstancia que provoca un juicio no precisamente positivo del ángel que habla con Daniel – no conseguiría su objetivo. De hecho, Seleuco IV fue vencido no en batalla sino envenenado.



    Llegaría entonces al poder un hombre despreciable (v. 21) que no sería otro que Antíoco IV al que ya se había referido previamente Daniel.



    Antíoco IV era hermano de Seleuco IV y había sido enviado a Roma como rehén. Sin embargo, Seleuco IV lo acabó sustituyendo en esa función por su propio hijo Demetrio. Al morir inesperadamente Seleuco IV, tal y como había sido profetizado en el libro de Daniel, Antíoco IV se hizo con el trono. Al poco tiempo de convertirse en rey, invadió Judá y destituyó al príncipe del pacto (v. 22), el sumo sacerdote Onías III. Éste se exiliaría, pero resultaría asesinado en Dafne.



    Frente a Antíoco IV se alzaron las tropas de Heliodoro como un torrente, pero se hundieron ante él (v. 22). Antíoco IV llevó a cabo además un plan de helenización de los judíos que hubiera significado el final de ellos como pueblo ya que implicaba la eliminación de las Escrituras y su sustitución por, al menos, un sincretismo pagano.



    Inicialmente, los judíos convencidos por Antíoco IV fueron pocos (v. 23), pero fueron aumentando gracias a las dádivas que les fue otorgando (v. 24).



    El siguiente objetivo de Antíoco IV (v. 25-26) fue el rey del Sur, Ptolomeo VI Filometor, al que derrotó en Pelusio reduciéndolo a cautividad. La causa estuvo en los malos consejeros del rey del sur –los que comen su pan– y aunque se intentó llegar a una paz lo cierto es que en la misma conferencia para conseguirla ambos monarcas pensaban en eliminarse mutuamente (v. 27).



    Al final, los planes de Antíoco IV fracasaron y no pudo someter Egipto aunque sí regresó cargado de riquezas (v. 28) a su reino. En el viaje de retorno mostró su hostilidad al pacto saqueando el templo de Jerusalén (v. 28). No deja de ser significativo que, a pesar de los expolios, Antíoco IV no tuviera bastante dada la manera en que gastaba esos fondos en satisfacer a la gente que le era cercana.



    Antíoco IV volvería a atacar Egipto un año después (v. 29), pero Roma envió a Popilio Lenas exigiéndole que evacuara el territorio egipcio. El rey del norte quiso ganar tiempo, pero entonces el romano trazó un círculo alrededor de él y le dijo que no podría salir hasta que no anunciara su última resolución. Se trataba de una humillación terrible, pero Antíoco IV no tuvo más remedio que retirarse de Egipto.



    En el camino de retirada, volvió a atacar a los judíos. No a todos porque no era propiamente un antisemita sino el partidario de una helenización forzosa, hoy diríamos que de una globalización de la cultura.



    A los judíos dispuestos a ella los trató con generosidad. Sobre los que deseaban ser fieles a las Escrituras, al pacto con Dios, descargó su cólera (v. 30). De hecho, logró que cesara en el templo de Jerusalén el sacrificio perpetuo y lo profanó colocando una imagen de Júpiter Olímpico, la “abominación de la desolación” (v. 31). El trauma que estos hechos causaría en los judíos sería tan grande que la expresión se convirtió en proverbial y fue empleada en relación con distintas profanaciones de especial gravedad.



    Jesús, por ejemplo, trazaría un paralelo entre ese hecho terrible y la nueva profanación del templo que tendría lugar en el año 70 d. de C. (Mateo 24: 15). Dicho sea de paso, que se pasen por alto la enorme relevancia que tiene en la Biblia las acciones de Antíoco IV y –todavía más– la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70 d. de C., para debatir sobre una reconstrucción futura de ese Templo no deja de ser un ejercicio lamentable de abandono de la Biblia y entrega a la especulación provista de fundamento.



    Lo que sucedió entonces fue un empeoramiento de lo sucedido poco antes y cuenta con paralelos que obligan a la reflexión a lo largo de la Historia. Hubo judíos que aceptaron el plan de Antíoco IV. La cercanía con el poder, los beneficios económicos, la sensación de ir siguiendo el soplo de la Historia los arrastraron aunque, en realidad, significara negarse a si mismos.



    Para ser sinceros, judíos y cristianos han repetido conductas semejantes en multitud de ocasiones. Pero también –como en otros momentos de la Historia– se produjo la resistencia de aquellos que demostraron la firmeza de sus convicciones porque conocían a Dios (v. 32).



    Históricamente, sabemos que los hijos del sacerdote Matatías, conocidos como los Macabeos, se alzaron contra Antíoco IV. Sin embargo –y es bien significativo– la profecía de Daniel no cree que esa resistencia armada llegara ser lo más importante de aquella época dramática. Por el contrario, lo esencial sería que habría gente que, siendo sabia, enseñaría a las masas.



    Es cierto que serían víctimas de una persecución feroz en la que muchos perderían la vida, la libertad y los bienes (v. 33). No es menos cierto que contarían con poca ayuda externa y que incluso algunos de sus seguidores en realidad serían infiltrados (v. 34). Sin embargo, aquella persecución terrible purificaría a los sabios hasta que llegara el fin porque, sin duda, Dios tendría marcado el momento en que concluiría aquella terrible tragedia (v. 35).



    La Biblia –piense lo que piense el ser humano– cree que la pluma es más poderosa que la espada y este pasaje es una buena prueba de ello. Ante Dios, aquellos que seguían enseñando las Escrituras al pueblo eran mucho más importantes que los guerreros Macabeos.



    En esa época pavorosa, Antíoco IV haría lo que le complaciera y en su inmensa soberbia se vería como un dios e incluso se permitiría blasfemar contra el Dios único. Seguiría triunfante en sus propósitos, pero sólo hasta el momento que Dios habría decretado porque Dios es soberano y controla la Historia. Al fin y a la postre, los decretos de Dios se cumplen siempre de manera inexorable (v. 36).



    Antíoco IV, en su endiosamiento, se colocaría por encima del dios de sus padres –una referencia a Apolo al que habían tenido como dios predilecto los Seleucidas– al que llegó a sustituir en sus monedas por un Zeus Olímpico con el que se identificaba (v. 37). Tampoco respetaría a Adonis-Tammuz, la delicia de las mujeres, y, a decir verdad, seguiría esa conducta frente a buena parte del panteón helénico. Su dios sería el dios de las fortalezas (v. 38), el Zeus olímpico con el que, como ya hemos señalado, se sentía identificado. A este dios –cuyo culto pudo adoptar como Júpiter cuando era rehén en Roma- le dedicó un templo en Antioquía y distintas fortalezas y plazas fuertes (v. 39) en Dura-Europos, Beisán y Gerasa. Como hemos visto, pretendió hacer lo mismo en el templo de Jerusalén y benefició enormemente a los que aceptaron la situación (v. 39). Sin embargo, esos tiempos tendrían un fin. No se perpetuarían indefinidamente ni tampoco concluirían con el triunfo del mal (v. 40).



    El que había sido un azote constante del pueblo de Dios se vio derrotado de manera terrible. Señales de que todo acabaría mal para él las habría. Por ejemplo, en medio del despliegue de su fuerza y de la invasión de la tierra de Judá no sería capaz de someter a Edom, Moab o Amón (v. 40-41). Mientras saqueara y acumulara victorias, tampoco podría evitar el temor ante las malas noticias procedentes de Roma (v. 44).



    Si uno se detiene en las afirmaciones, ¿acaso no recuerda esa descripción las trayectorias de Felipe II, de Napoleón o de Hitler? Todos ellos asaltaron los cielos y pareció en algún momento que los alcanzarían, pero para el observador agudo era obvio que, tarde o temprano, acabarían fracasando.



    El final concreto de Antíoco IV tendría lugar en un sitio ubicado entre el mar y el monte Sión y nadie podría ayudarlo para escapar de él (v. 45). Efectivamente así fue. Armenios y partos se sublevaron y Antíoco IV se dirigió hacia oriente con la intención de sofocar la revuelta. Decidió saquear el templo de Elimaida, pero no sólo le resultó imposible por la oposición popular sino que además, allí supo que Judas Macabeo, el jefe de la resistencia armada judía, había derrotado a sus tropas. Encolerizado, Antíoco IV decidió dirigirse a Judea y aplastar a los rebeldes. No lo consiguió. Cayó enfermo en Tabae, Susa, un lugar situado entre el mar y la tierra santa, y nadie pudo evitar su muerte. No era un dios sino un simple mortal y como tal concluyó su inicua existencia.



    Cuando se reflexiona sobre estos capítulos no son pocas las lecciones espirituales que se desprenden de ellos. En primer lugar, Dios advierte siempre por adelantado a Su pueblo a través de los profetas. Naturalmente, el falso profeta es aquel que anuncia que Dios le ha comunicado que sucederá algo que no sucede. Da lo mismo como lo vocee o lo proclame. Esa regla enunciada en Deuteronomio 18: 22 permitiría dejar de escuchar a multitud de personajes con predicamento espiritual, pero sin el menor respaldo de Dios. Dios advierte y el profeta lo comunica a pesar de que el mensaje muchas veces no es complaciente y le cause profundo dolor. De hecho, Daniel tuvo que contemplar cómo el templo cuya primera destrucción había marcado su primera vida, volvería a ser profanado de una manera más cruel si cabía, pero no ocultó lo que había recibido sino que lo comunicó.



    En segundo lugar, Dios siempre controla el tiempo. Es verdad que, generalmente, esa circunstancia es pasada por alto y, sobre todo, resulta difícil de asimilar, pero El actúa siempre de acuerdo con un plan y ese plan no se retrasará ni siquiera un segundo. Aunque todo parezca indicar lo contrario, el juicio de Dios se impondrá.



    En tercer lugar, las situaciones de crisis y de persecución suelen poner de manifiesto quién forma parte verdaderamente del Reino de Dios. A los predicadores del Evangelio de la prosperidad –deberían decir de la codicia- les complace anunciar que los creyentes no tendrán problema alguno si tienen fe. No se puede decir apenas algo más contrario a la enseñanza de la Biblia. Como señala Pablo en 2 Timoteo 3: 12, TODOS –y todos es todos– los que deseen vivir piadosamente en Cristo padecerán persecución. En determinadas situaciones, los que aparentan ser el pueblo de Dios siempre se han dividido. A un lado, han quedado siempre los que deseaban disfrutar de la cercanía del poder y al otro, los que ansiaban servir a Dios fueran cuales fueran las consecuencias. Controlando medios, recompensas, órganos de poder, los primeros pueden presentarse como los verdaderos cristianos de la misma manera que en la época de Antíoco IV se presentaban como los verdaderos judíos o, mientras arrojaban a las hogueras de la Inquisición a los que amaban la Biblia, también se presentaban como los verdaderos cristianos. Sin embargo, Dios purifica a los sabios perseguidos a través de la persecución, los utiliza para arrojar luz sobre las gentes y, llegado el momento, permitirá a muchos de ellos ver la derrota del mal. Lo importante no es ni de lejos recibir el aplauso de las gentes o el calor del poder. Lo auténticamente relevante es ser fieles a Dios y a Su palabra.



    Finalmente, que nadie lo dude: el mal será derrotado de manera absoluta y Dios cumplirá Sus propósitos hasta el menor detalle. Siempre ha sido así a lo largo de la Historia y cuando ésta llegue a su final quedará de manifiesto de una manera que nadie, absolutamente nadie, podrá negar.



    Es posible que algunos piensen que especular con un futuro que sólo Dios conoce es más interesante que descubrir las verdades que hay en Su Palabra y modelar la vida de acuerdo con ellas. Espero que los estudios previos sobre Daniel hayan dejado de manifiesto hasta qué punto esa conducta es errónea y Dios desea algo mucho mejor para nosotros.



     



    Continuará


     

     


    1
    COMENTARIOS

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    Jose
    22/12/2016
    13:57 h
    1
     
    ¡Hermoso artículo, gracias por publicarlo! Yo agregaría unas palabras (las pongo en mayúscula) a las líneas finales del antepenúltimo párrafo, donde se lee: Lo importante no es ni de lejos recibir el aplauso de las gentes o el calor del poder, NI HABITAR EN LA ZONA DE CONFORT NI EN LA COMODIDAD. Lo auténticamente relevante es ser fieles a Dios y a Su palabra. Bendiciones.
     



     
     
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