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    Hacernos un paraíso en la tierra

    Al incluir a la iglesia perseguida y a los refugiados en la cosmovisión, la iglesia cristiana en Europa puede encontrar un punto de apoyo desde el que resurgir.

    AMOR Y CONTEXTO AUTOR Noa Alarcón Melchor 28 DE NOVIEMBRE DE 2016 16:47 h
    Una calle de París.

    Aunque estoy (felizmente) rodeada de una iglesia, unos amigos y hermanos en Cristo, que tenemos tendencia a plantearnos cuestiones difíciles todo el tiempo, a menudo no encontramos respuestas. Unas veces por falta de consenso, otras porque nos faltan datos, o porque no podemos ver bien la realidad desde donde estamos.



    Una de esas preguntas que permanecían sin respuesta (o cuya abundancia de respuestas hacía imposible entenderlo bien, que también ocurre) era por qué Europa estaba perdiendo su fe cristiana.



    Europa, como continente, como conjunto de países, no puede ser o no ser cristiana, porque el adjetivo cristiano solo puede pertenecer a las personas (en solitario o en grupo, como familias o iglesias), y no a entidades, conceptos, naciones o productos. Este es otro tema, pero pretender que una nación sea cristiana es lo que llevó a los Reyes Católicos a expulsar a los judíos, lo que provocó las represalias de la Contrarreforma (como la Inquisición) e hizo que en muchos lugares de Europa la Reforma protestante fuese un festín de males, daños y muertes. A lo que me refiero es al hecho de que los europeos nacidos de familias tradicionalmente cristianas, que tenían a su alcance el mensaje del evangelio prácticamente como parte de su cultura, que tenían el mayor acceso de la historia a Biblias impresas y a recursos devocionales, hayan decidido no seguir el camino de Cristo. Más fácil, y más accesible, y más a su alcance no podía estar, después del esfuerzo de generaciones por abrir el campo a la libertad de expresión y a la libertad religiosa. Pero algo debía estar ocurriendo por otro lado, porque en medio de todas las facilidades, más que crecer, la iglesia disminuía.



    He hablado de este tema en los últimos años con mucha gente, y desde diferentes perspectivas. Por un lado están los que se duelen de que los jóvenes de una generación entera (la mía y la un poco anterior a la mía), hijos de creyentes, tanto en España como en otros países, hayan dejado de lado la fe de sus padres. Por otro lado también está el desapego y la indiferencia de los que se consideran nominalmente cristianos (por tradición, por familia, por cultura, o incluso voluntariamente), pero no encuentran el modo de aplicar las realidades del evangelio a su vida real y no se diferencian de ninguna manera positiva de la gente que no es cristiana en su entorno. También está la ineficacia de hacer evangelismo en un entorno de supuesta tolerancia; no va a venir la policía a encerrarte por ello, como en otros países. Nadie va a denunciarte por poseer una Biblia. Y aunque hay cosas en cuanto a políticas particulares que mejorar, prácticamente cualquier grupo de creyentes puede alquilar un local y montar su iglesia.



    El desapego, pues, no se trata tanto de una incapacidad física o de falta de recursos. Todo lo contrario.



    A lo largo de los años se ha hablado de muchas razones, y creo que no hay una única respuesta a esta pregunta. Hoy vengo a hablar de una de esas respuestas.



    La clave está en un pequeño post de Facebook. Puertas Abiertas es una organización internacional de apoyo físico y espiritual a la iglesia perseguida en el mundo. Y como iglesia perseguida nos referimos a esa parte de la comunidad de cristianos en ciertos países del mundo que no pueden vivir públicamente su fe con libertad, o que debido a su fe sufren agravios, abusos y discriminación. En su campaña por promocionar un día de oración unida, explicaban qué pedían los cristianos de esos países en oración. Los cristianos que viven en un entorno hostil a su fe no piden que acaben los problemas, que termine el sufrimiento; ellos piden oración para que cuando vengan a golpearlos, a encarcelarnos o a torturarlos, sean capaces de resistir y de no renunciar a Cristo. Ese es su mayor anhelo.



    Y para mí, en el momento en que leí este poderoso mensaje, estuvo la clave de lo que sucede en Europa.



    En realidad no es complicado de entender. El tema de los refugiados nos ha golpeado de una manera que, en cierto modo, necesitábamos. En los últimos años cientos de miles de personas han salido de sus hogares en dirección al sueño europeo, una especie de sucedáneo del sueño americano, pero más cercano geográficamente, donde se encuentra la paz, el bienestar y la seguridad que no tienen en sus países de origen. Tanto los refugiados de Oriente Medio como las pateras que provienen del África subsahariana están señalando en la misma dirección: vienen buscando lo que tanto les hemos vendido: que aquí en Europa hemos conseguido crear un paraíso en la tierra. No hace falta ser refugiado para percibir esa publicidad subliminal. Constantemente nos insisten en lo bien que hacen las cosas en los países nórdicos, en lo limpias que están las calles de Oslo, lo guapos que son los niños de Estocolmo y lo educados que son los de Helsinki. Y sí, hacen cosas buenas, y las hacen bien. Pero nos hemos llegado a creer, de alguna manera, que esa es la solución al mal en el mundo.



    Europa no es ningún paraíso en la tierra; ni siquiera aunque se llegase a “fabricar” ese paraíso sería un paraíso, porque eso implicaría que hay un infierno en algún otro lado. Ciertamente, así es. Para que exista el bienestar europeo, aunque sea en realidad una pose y esconda muchas realidad negativas, debe existir explotación de mano de obra barata en otros lugares del mundo, abusos laborales, ecológicos y políticos que permitan el nivel de vida de esos europeos ideales. La basura que se limpia de las calles europeas debe ser llevada a algún vertedero, que existe en algún lugar, solo que fuera de la vista de los que pasean por las calles limpias.



    Y ese es el problema: que para mantener esa limpieza, el vertedero debe ser cada vez más grande. Y el espacio limpio es cada vez más pequeño. Y muchos europeos, además, perciben que no quieren que sus calles limpias se llenen de gente que proviene del vertedero que nosotros mismos hemos provocado. Quieren que se queden allí, lejos, donde no podamos escuchar sus lamentos ni percibir su suciedad, para que nosotros podamos seguir cómodos aquí. Pero cuanto más cómodos estemos aquí, aun a su pesar, más querrán venir.



    Y es lógico. No se les puede culpar. Cristianamente hablando, no hay forma de defender nuestro estado del bienestar a costa de los recursos planetarios si eso provoca dolor, muerte y conflicto en otras partes del mundo, directa o indirectamente. Pero los cristianos europeos, en general, sobre todo estos descafeinados de los que hablaba al principio del artículo, prefieren no saberlo.



    La realidad que revela esta situación, para mí, es que necesitábamos que los refugiados y los hermanos de la iglesia perseguida vinieran a decirnos la verdad. No existen los paraísos en la tierra, y quien pretenda formarse uno a su medida (ya sea un ermitaño en la montaña o un compendio de naciones como Europa) se está engañando, en el mejor de los casos; y, en el peor de los casos, está forzando que el resto del mundo se llene de la basura que él genera. Una cosa es perseguir la verdad y la justicia para el país en el que vives; pero otra diferente es pretender que ya se ha logrado.



    Para mí, una de las respuestas de la pérdida de interés en el evangelio en Europa está en que, al pretender formar ese paraíso en la tierra que suple todas nuestras necesidades, nos hemos olvidado del infierno que quedaba al otro lado de los muros y que, en gran medida, hemos provocado nosotros. Nos hemos olvidado del sufrimiento, de la perseverancia y de la santidad sin la cual nadie verá a Dios. Hemos sustituido el evangelio por el estado del bienestar para acabar, décadas después, ante la realidad de que tampoco ha funcionado. Mientras eso perduró, la gente se fue quedando en el camino.



    El evangelio no solo prospera en la adversidad, sino que existe porque no se puede evitar ni disimular esa adversidad en el mundo. Siempre va a haber mal y sufrimiento. Pero cuanto más ha insistido el estado en que todo va bien, y cuanto más se ha transformado la cultura en una uniformidad conformista, como ocurrió en Europa, más difícil nos resultaba ver una realidad que no había disminuido en absoluto.



    Sé que estamos acostumbrados en pensar en la iglesia perseguida con cierto tono paternalista, y agradezco al Señor la oportunidad de descolgarme de eso. En el fondo, he de reconocer, doy gracias a la iglesia perseguida porque son ejemplo de fe. Porque me recuerdan que yo no me merezco la libertad con la que vivo, y mucho menos me merezco malgastarla. No me merezco la seguridad y la tranquilidad de tener un techo seguro en un mundo que vive atravesado por el pecado, la corrupción de lo existente y la muerte. La congoja y el emocionalismo, el sentir lástima o compasión por ellos desde mi burbuja de limpieza y comodidad, o sentir un miedo paralizante o culpabilidad, sirve de poco. Mi deber es servirme de mis privilegios, que no me merezco, para hacer crecer el reino de Dios.



    Al incluir a la iglesia perseguida y a los refugiados (que son dos partes de una misma realidad) en la cosmovisión, la iglesia cristiana en Europa puede encontrar un punto de apoyo desde el que resurgir. De hecho, en muchos lugares lo hace.



    ¿No clamaban en oración cientos de iglesias moribundas para que el Señor trajese nuevos convertidos, para que aumentase los números de cristianos entre sus filas? Dios, en su infinita sabiduría, también tiene un sentido del humor poderoso, y ahí respondió a su oración: les trajo a los refugiados, que se están convirtiendo a miles, para llenar sus filas. ¿Hace falta, sin embargo, que los propios europeos conozcan a Cristo? Por supuesto. Pero intuyo que eso se conseguirá, de nuevo, a través de los marginados, los rechazados, los más desfavorecidos; los cristianos pobres de la iglesia perseguida, los refugiados que nos llegan ahora. Ellos serán los que traigan de nuevo el evangelio auténtico, el de verdad, el de siempre, a estas fronteras. Nosotros los europeos, que nos vanagloriábamos de haber llevado el evangelio al mundo, recibimos ahora el evangelio de ellos, a los que (aunque fuera inconscientemente) despreciábamos como inferiores. Ellos son ahora nuestro ejemplo de fe y perseverancia.



    Precisamente, muchos lo verán, eso es una marca infalsificable de la mano de Dios. Bíblicamente, desde siempre, ha sido así. Gloria a Dios por ello.  


     

     


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