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    Jacqueline Alencar
    5
     

    Refugiados, cristianos y multiculturalidad

    Toda esta problemática no es de fácil solución. Significa compartir, reorganizar lo que estaba bien ordenado. Y surge el temor; y del temor puede originarse la xenofobia, la intolerancia, el rechazo.

    ACTUALIDAD AUTOR Jacqueline Alencar 03 DE SEPTIEMBRE DE 2015 12:26 h
    refugiados UNHCR Refugiados e inmigrantes desembarcan en Augusta, tras pasar 30 horas en alta mar. / © UNHCR/Fabio Bucciarelli

    Seguimos asistiendo al drama de los refugiados. A las cifras imparables de personas que intentan sobrevivir un día más; o que solo aspiran a algo tan simple como "dormir una noche sin bombas, sin violencia". Lo peor es que toda esta problemática no es de fácil solución, pues es una situación muy compleja. Significa compartir, reorganizar lo que estaba bien ordenado. Perder nuestra privacidad favoreciendo a otros con los que no tenemos nada en común. Y surge el temor; y del temor puede originarse la xenofobia, la intolerancia, el rechazo.



    Asistimos perplejos a distintos focos de barbarie en el mundo. Y es que a todo lo anterior, tenemos que añadirle el éxodo de los colombianos que actualmente son empujados por la fuerza a abandonar Venezuela, la tierra que por mucho tiempo había sido su casa de acogida. Un drama más. Hacia el norte, la xenofobia asoma nuevamente en Estados Unidos contra los mexicanos y los inmigrantes de origen hispano. Y lo que más asusta es que viene de parte de uno de los candidatos republicanos a la presidencia de este país.



    Y reflexionando sobre esta situación que nos conmueve a todos, pensé en la multiculturalidad, en el encuentro que muchas veces se torna en desencuentro cuando las culturas chocan como dos placas tectónicas que propician los seísmos. Y de pronto vemos en la sociedad cómo uno u otro bando se imponen la aculturización, que no es ni más ni menos que “acoger una cultura que no es la propia, desintegrando la suya, pero no por voluntad propia”. No obstante, la diversidad, lo diferente, debería ser un factor que mejore, enriquezca, madure entre los unos y los otros.



    La experiencia española respecto a la inmigración, tan considerable hace algunos años, demostró que la multiculturalidad necesitaba de la interculturalidad, que significa el respeto e igualdad entre los diferentes. Implica diálogo, comprensión, paciencia, ceder, compartir el espacio por partes iguales. Cada uno percibiendo la realidad a su manera, pero tolerándose en un plano de igualdad.



    Algunas organizaciones trabajaron para planificar una sociedad más justa, solidaria, con valores… lo cual era tarea de todos. Todos deberíamos arrimar el hombro porque lo que sucede en ella nos va a afectar. Dentro de mis cuatro paredes todo puede ser perfecto, incontaminado, pero alguna vez voy a tener que salir y me daré un encontronazo con la realidad, el día a día de ahí fuera. Me daré de cara con la intolerancia, con mi irresponsabilidad social por no salir de mi gueto particular. Por lo tanto, conviene trabajar para que alcancemos una convivencia pacífica, y facilitar el entendimiento entre culturas, propiciando la comunicación, el aprendizaje, el respeto entre ellas.



    ¿Debemos inmiscuirnos los cristianos de estos temas? Si leemos la Biblia con sinceridad, por ejemplo el mensaje de los profetas, no podemos negar que Dios nos incita a preocuparnos por la realidad en la que estamos insertos. Y que debemos participar en la búsqueda de una sociedad mejor, pero sin olvidar que, como dice una autor que releo estos días: "... la respuesta principal y más poderosa a las necesidades sociales y políticas del hombre, a su búsqueda de libertad, justicia y realización, está dada por Jesús en su propia obra y en la iglesia". Es necesario una nueva comunidad transformada por él, que tendrá una nueva actitud hacia el poder y su ejercicio, hacia las barreras y los prejuicios humanos, la justicia...



    Hay mensajes que no necesitan palabras. Sólo basta el ejemplo, el reflejo de Cristo en nosotros. Diferentes, pero por eso. Basta con dejar caer unas gavillas para que el que es diferente las recoja. ¿Acaso no lo mandó Dios a su pueblo escogido?: “Cuando recojas la cosecha de tu campo y olvides una gavilla, no vuelvas por ella. Déjala para el extranjero, el huérfano y la viuda. Así el Señor tu Dios bendecirá todo el trabajo de tus manos”. […] Cuando coseches las uvas de tu viña, no repases las ramas; los racimos que queden, déjalos para el inmigrante, el huérfano y la viuda. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto. Por eso te ordeno que actúes con justicia” (Deut. 24:19-21) NVI.



    “Ya he retirado de mi casa la porción consagrada a ti, y se la he dado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda… conforme a todo lo que tú me mandaste…”, debían decirle a Dios en signo de obediencia. Dios había diseñado los caminos que propiciaban una convivencia basada en la obediencia a sus mandamientos, donde los excluidos tenían cabida en medio de su pueblo. Compartían de las bendiciones recibidas en la tierra que les había dado. Era un gesto voluntario. Reverente. Como vemos, la hospitalidad no era una asignatura optativa. A nadie le debía de faltar el sustento, ni los derechos ni las obligaciones. Cuánto cuidado tenía Dios por los diferentes, por los que se habían acogido bajo sus alas. Como Rut, la moabita, que no era judía entre las judías, no obstante, llegó a formar parte de la genealogía del mismísimo Jesús, el Hijo de Dios. Y lo sigue teniendo. No dijo que eso era para una determinada época.



    Quizás nosotros no hemos venido de otro país, de los bajos fondos de la exclusión social, de la marginación, pero sí hemos sido esclavos en Egipto, y liberados por pura gracia. Y ahora podemos decir que hemos sido blanco de la mirada amorosa de Jesús, de su gracia que nos ha salvado. Un regalo, decimos. ¿Seremos capaces de darlo a otros? Quien recibe de gracia debe dar de gracia. ¿Facilitaré el proceso de la interculturalidad en mi casa, en la iglesia, en la sociedad?



    Abro la Biblia nuevamente, me dirijo al Antiguo Testamento y no necesito buscar mucho para encontrar, en los textos legales, nuevas pautas sobre el trato a los inmigrantes: “Cuando algún extranjero se establezca en el país de ustedes, no lo traten mal. Al contrario, trátenlo como si fuera uno de ustedes. Ámenlo como a ustedes mismos… Lev. 19.33-34. La directriz es que tuvieran derecho a la situación de bienestar de la que gozaban los israelitas. Estamos hablando de justicia social. De legalidad. De amor. Claro, ¿acaso puedo dudar de tener un Dios que es Juez justo? Y el Hijo, nada más iniciar su ministerio, señaló que seguiría la estela de su Padre. No necesitamos repetir lo que dijo, otra vez, su forma práctica de hacerlo lo dice claramente. Su Amor por los pobres de espíritu, por los cautivos… por los que necesitaban de la hospitalidad en la casa del Señor, donde hay mesa aderezada, donde la copa está rebozando… Él mismo iría a preparar morada, se adelantaría para recibirnos a lo grande.



    Cada vez me adentro más en estas reflexiones y siento que no tengo escapatoria en esto de amar como Él ama. No digo que lo haya alcanzado ya, pero lo tengo presente. Basta sólo con mirar a nuestro alrededor para percibir la hospitalidad de Dios. Cómo ha preparado cada detalle para que podamos vivir con comodidad en este mundo. Cómo da muestra de tanta generosidad a pesar de lo que somos. Cómo nos acoge bajo sus alas pues “ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3.28).



    Ante tanta facilidad, ¿por lo menos no he de intentar seguir este paradigma que Dios me muestra? Acogiendo, siendo hospitalarios… estaremos sirviendo a Dios. “El que presta algún servicio, hágalo como quien tiene el poder de Dios… Así Dios será en todo alabado…”. Así estaremos mostrando la Esperanza que hay en nosotros.


     

     


    5
    COMENTARIOS

        Si quieres comentar o

     

    CASIAN
    06/09/2015
    10:56 h
    5
     
    No cabe duda que Dios quiere que amemos al prójimo. He visto un vínculo a este artículo en una página donde no me lo esperaba. Qué bueno que los cristianos evangélicos -nuestras palabras, nuestras acciones- ayuden y animen a otros a seguir el ejemplo de Jesús. Pero tengamos cuidado con la “justificación” (basess bíblicas) del por qué a la hora de ayudar. Multiculturalidad dentro de la Iglesia, sí! (ni judío, ni griego).Multireligión, no! EN la Igelsia, no es lo mismo con EN Europa. Amar a todos
     

    EZEQUIEL JOB
    04/09/2015
    18:14 h
    4
     
    Hay gran bendición cuando se ayuda al pobre, y muchas maldiciones si no hacemos nada (Prov28:27)(Prov19:17). Si vamos a pensar en las dificultades, no haremos nada (Ec11:4). Oremos pidiendo ayuda, fortaleza y guía al Señor Jesús (Stg1:1-6), solo Dios produce en nosotros el querer como el hacer (Fil2:12-14). España, es tu gran oportunidad, si haces lo que Dios quiere, tus hijos serán ahora para bendición (Sal37:25-26). Si amamos a Dios haremos lo que manda en su palabra (Jn14:21-23). Dios nos ayu
     

    quim
    04/09/2015
    17:43 h
    3
     
    Comparto la magnífica reflexión, sólo una puntualización ¿Podríamos asumir el concepto de interculturalidad más que el de multiculturalidad? Saludos.
     

    De Familia a Familia Sevilla
    04/09/2015
    11:25 h
    2
     
    Una reflexión y una realidad en nuestros días en la que como iglesia somos llamados a responder a la necesidad de nuestro prójimo. saludos.
     

    Samir
    03/09/2015
    17:54 h
    1
     
    Exelente reflexión. Muy pertienente...
     



     
     
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