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    Boyhood: el tiempo pasa

    Lo más grande de Boyhood es, paradójicamente, su pequeñez: doce años en la vida de una persona, con sus penas y alegrías, siempre llena de interrogantes.

    MARTES AUTOR José de Segovia 23 DE SEPTIEMBRE DE 2014 10:24 h
    boyhood La película sigue la vida de un niño hasta su juventud, desde los 6 a los 18 años.

    El paso del tiempo provoca en el ser humano una cierta melancolía. “No creo que exista un solo ser humano al que no le parta el corazón ver cómo han pasado los años”, observa el actor Ethan Hawke, al presentar la película “Boyhood (Momentos de una vida)”. Esta impresionante obra del director de la serie “Antes de…” Richard Linklater, rodada a lo largo de doce años, es una excepcional meditación sobre el paso del tiempo.



    La mayoría de las películas intentan mostrar el transcurrir del tiempo en los rostros de los actores, o utilizando distintos interpretes para representar las diferentes etapas de la vida. Lo que pasa es que da igual el maquillaje que lleven encima, o el parecido del que le suceda, uno no se acaba de creer que sea la misma persona, después de esos años. Es cuando somos testigos de los cambios físicos del niño protagonista, que empezamos a pensar que esta narración podría plasmar la vida, tal cual es.



    “Boyhood” no es un documental. Es una ficción con los mismos actores, a lo largo de más de una década. Sigue la infancia y adolescencia de un chico, Mason (Ellar Coltrane), desde los 6 años en 2002, hasta los 18, que entra en la universidad. Tiene una hermana, Samantha –que interpreta la hija del director–. Y viven con su madre –Patricia Arquette, llamada simplemente Mamá–, que se divorcia al principio de la película, entre las idas y venidas de un padre algo irresponsable, pero empeñado en no perder el contacto –Ethan Hawke, que los chicos llaman simplemente Papá–.



     



    Ethan Hawke es un padre algo irresponsable, pero empeñado en mantener el contacto con sus hijos.



    UNA VIDA COMO LA NUESTRA



    Los padres tienen diferentes relaciones, hasta volverse a casar. Consiguen trabajo y lo pierden. Los hijos van al colegio y se pelean. Se hacen mayores, van al instituto. Luego, a la universidad. Se mudan de casa, y encuentran nuevos amigos. Conocen el amor y el desengaño. Una vida, como la nuestra. En ocasiones, idílica; muchas veces, tumultuosa; y casi siempre, confusa. Su perspectiva es la que tenemos la mayor parte del tiempo, nosotros, más preocupados por lo que ocurre con nuestra vida personal, que con los grandes temas del mundo.



    Se tratan asuntos serios, como el divorcio, cada vez más presente en el cine, desde el punto de vista de los hijos que nos cuentan cómo lo han vivido ellos. Hasta ahora es como si los adultos hubieran dominado el discurso, con sus sueños de felicidad frustrados y anhelos de nueva vida. Ha llegado el momento en que la generación del divorcio nos revele su amargura. Hay temas como la violencia doméstica, el alcoholismo y la crisis económica, pero sobre todo, la extraña manera cómo la vida continua, a pesar de todo. A los que han nacido este milenio, les recordará su infancia y adolescencia, el paso inevitable del tiempo…



    Si les digo que la película dura casi tres horas, pensarán que estamos ante el típico ejercicio de cine francés de ver cómo crece la hierba –según la conocida frase del detective que interpreta Gene Hackman en “La noche se mueve” (1977) de Arthur Penn, ¡aunque en realidad, diga en inglés, “ver la pintura secar”!–. Lo cierto es que se te pasan dos horas, sin darte cuenta. Fluye con una naturalidad desbordante. Termina un plano, o secuencia, y en la siguiente estamos años después, sin que nada chirríe, ni nadie necesite una explicación. Estos momentos son más que retazos. Nos hablan de la vida misma.



     



    La película nos habla del primer amor y el dolor del desengaño.



    EL TRANSCURSO DE LOS AÑOS



    Son doce años en la vida de una persona, con sus penas y alegrías, siempre llena de interrogantes. El director tejano es alguien interesado en registrar el paso del tiempo, como demostró en la historia de la pareja de Jesse y Celine en el tríptico “Antes de…”, a lo largo de sus sucesivos encuentros, un solo día, tres ocasiones en dieciocho años. Vemos modificarse el rostro de los actores, en el transcurso del tiempo. Ya que lo más grande de “Boyhood” es, paradójicamente, su pequeñez. Carece de la solemnidad del gran cine. Las historias son meros retazos anodinos de una vida que parece discurrir en su desarmante sencillez, aleatoriamente, cuando allí está el secreto de su trascendencia.



    A través de la historia de Mason, seguimos también los acontecimientos de una época de Estados Unidos, como ha sido la era Bush y la victoria de Obama. El paso de los años se hace evidente en el papel de la música, al sonar algunas de las canciones más memorables de estos años –desde el “Yellow” de Coldplay hasta el “Deep Blue” de Arcade Fire, pasando por clásicos de los Beatles, o Bob Dylan, que la juventud no ha dejado de lado–. Se leen las novelas de Harry Potter y se habla de las precuelas de “Star Wars”, todo un marco generacional, donde la tecnología de videojuegos y “teléfonos inteligentes” juega un papel fundamental.



    Desde el plano inicial en que Mason observa cómo pasan las nubes, tirado sobre el césped, hasta sus últimas palabras, vemos que la vida “es constante, momentos, como si siempre fuera ahora mismo”. El tiempo pasa con la fugacidad por la que la madre se asombra cuando su hijo se va a la universidad, diciendo: “¿qué viene después?... ¡mi funeral!”. Ya en su segunda película –“Movida del 76” –, Linklater pone en la boca de una de las adolescentes, el deseo de que nos “gustaría dejar de pensar en el presente, en el ahora mismo, como un pequeño, insignificante preámbulo de otra cosa”.



     



    Mason vive con su madre divorciada, que le lee las historias de Harry Potter.



    CARPE DIEM



    “Boyhood” no alienta la nostalgia, porque no se rebela contra el tiempo. Como el director advirtió en “Antes del amanecer” –por medio del poeta Auden–: “no puedes dominar el tiempo”. Ya que como observa Reviriego, tiene un “argumento invisible”. Es lo que los cristianos llamamos el misterio de la Providencia. Frente a él, nace el principio latino de “carpe diem”, aprovechar el presente, pero la Biblia nos ofrece una mejor perspectiva…



    A partir de los años sesenta, se empezó a popularizar en el cine el uso de la pantalla dividida, que vemos en algunas series actuales de televisión. La imagen nos muestra así dos perspectivas diferentes, que podemos comparar simultáneamente. La narrativa bíblica se puede leer así desde dos puntos de vista: el humano y el divino. Podemos ver los “accidentes” de la historia y la actividad del Dios soberano. Así Daniel al principio (1:1.2), contrasta la conquista de Nabucodonosor con los propósitos del Señor. El hombre propone, pero Dios dispone.



    El problema es que los participantes del drama, tienen poco, o ningún conocimiento de lo que Dios está haciendo, en y por medio, de su vidas. No pueden ver el final desde el principio. Ya que no tenemos acceso directo a la mente de Dios, ni conocemos los detalles de su plan y propósito. El narrador de la Escritura sabe lo que Dios está haciendo, porque puede mirar hacia atrás, con la ventaja de conocer el final de la Historia. Ve sus invisibles huellas en el desarrollo de lo que Dios está haciendo para cumplir su propósito. Es así como los cristianos leemos el Antiguo Testamento.



     



    Pocas veces el cine nos muestra con un mismo actor el transcurso del tiempo.



    LA MANO INVISIBLE



    La Escritura ilumina la oscuridad de nuestra vida, no porque seamos capaces de interpretar los movimientos de Dios, sino porque su Palabra nos da sabiduría. Es lámpara a nuestros píes (Salmo 119:105). Aunque nos veamos en tinieblas, palpando en la oscuridad, sabemos que está ahí su Mano Invisible. No la vemos, ni podemos trazar su diseño, o discernir su propósito, pero sabemos que está ahí, y lo que es aún más importante: quién es Él, el Dios de Abraham y Jacob, los patriarcas y apóstoles, el Padre de nuestro Señor Jesucristo.



    Jesús dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). La vida pasa, pero Cristo nos da esa vida plena, que Juan llama “vida eterna”. Hay muchas cosas que pasan en nuestra vida, que parecen por casualidad. No las entendemos ahora, ni quizás después, a este lado de la eternidad. Es por eso que el puritano John Flavel decía que las providencias de Dios son como el hebreo: sólo se puede leer hacía atrás.



    Vemos nuestras vidas como en una pantalla partida, donde actúa tanto la soberanía de Dios sobre cada detalle de nuestra vida, como los contingentes e impredecibles sucesos del mundo en que vivimos. Desde el punto de vista humano, todo podría ser diferente de lo que es. Pero al mismo tiempo, reconocemos que en medio de nuestra confusión, las circunstancias y sorpresas de la vida, hay un Dios soberano en el cielo, cuya Mano está sobre cada momento del día.



    El Dios que reina sobre cada pulgada del universo, nos asegura que nada ocurre por casualidad. “Ni un pajarillo cae a tierra sin que lo permita el Padre” (Mateo 10:29). Aquellos que tienen a Dios como Padre y le aman, saben que “todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28). No, porque sepan exactamente lo que Dios está haciendo en este impredecible mundo, sino porque lo que es impredecible para nosotros, está ya predicho por Él. Ha escrito el propósito de nuestra vida y contado nuestros días, incluso antes de que vengamos a este mundo (Salmo 139:16). ¡En Él podemos confiar!


     

     


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