El contexto religioso de los Evangelios (VII)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había"/> El contexto religioso de los Evangelios (VII)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había"/> El contexto religioso de los Evangelios (VII)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había"/> El contexto religioso de los Evangelios (VII)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había"/>
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Los zelotes

El contexto religioso de los Evangelios (VII)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había
LA VOZ AUTOR César Vidal Manzanares 13 DE ENERO DE 2006

En este capítulo nos acercaremos a la segunda de las diferentes escuelas religiosas (o sectas) judías para examinar lo que tenían de distintivo y en qué medida se podían relacionar con el movimiento originado en Jesús de Nazaret.

Así, tras haber comenzado por los escribas, fariseos y saduceos (que aparecen en las páginas del Nuevo Testamento); tratamos a los esenios, para pasar ahora a los zelotes y los apocalípticos, para concluir con una referencia a los judeo-cristianos.

LOS ZELOTES
La palabra "zelote" o "zelota" es una trascripción del griego "zelotai" que significa, únicamente, "celosos". A su vez, este término helénico no era sino la traducción de la autodenominación que se daban los componentes de este colectivo: "qannaim" (celosos, en hebreo) o "qananayya" (celosos, en arameo). El nombre implicaba un celo religioso destinado a preservar el honor del Dios de Israel contra cualquier persona, cosa o situación que, a juicio de los zelotes, lo menoscabara.

Los zelotes tenían como modelo a Fineés, un nieto de Aarón, que no había dudado, llevado por el celo de Dios, en traspasar de una lanzada a un israelita y a una pagana mientras se encontraban fornicando (Números 25, 7-13).

Con este predecente, no debería extrañarnos que los zelotes mataran a los judíos que se casaban con no-judías sin ningún tipo de proceso previo (Sanhedrín 9, 6).

La primera referencia histórica a los zelotes como partido articulado se nos da en relación con los secuaces de Menahem que, en el año 66 d. de C., intentaron hacerse con el control de la guerra contra Roma (Guerra II, 441). El término es utilizado también por Josefo para hacer referencia a los rebeldes jerosilimitanos del invierno del 66-67 d. de C. (Guerra II, 651) y a los seguidores de Juan de Giscala que se hicieron con el área del Templo en el 67 d. de C.

De la misma manera, las fuentes rabínicas sitúan las actividades de los zelotes en el periodo de la guerra contra Roma (Abot de Rabbi Nathan 6, 8). Estas noticias son evidentemente correctas porque, como ya vimos en su momento, desde la revuelta de Judas el Galileo (que debió de tener lugar durante la infancia de Jesús), los judíos intentaron tratar las tensiones con Roma pacíficamente y, como mucho, recurriendo a lo que ahora denominaríamos "acciones no-violentas".

Fue sólo la política de los últimos procuradores romanos y el estallido del conflicto final contra Roma lo que provocó el nacimiento de los zelotes. Los mismos, por lo tanto, no existieron en vida de Jesús (salvo el caso de Judas el Galileo al que nos referiremos enseguida) y esa circunstancia por si sola - pero a la que se pueden unir muchas más - imposibilita la adscripción del mismo a ese movimiento.

Con todo, la historia de este colectivo ha venido opacada por una referencia contenida en Josefo (Guerra II, 118; Ant XVII, 9, 23) en el sentido de que Judas el galileo, que se sublevó contra los romanos hacia el 6 d. de C., fue el fundador de la "cuarta filosofía", la de los zelotes. Dado que Josefo acostumbra a denominar a los zelotes, "bandidos" y términos similares, algunos autores han intentado trazar una línea ininterrumpida de existencia de los zelotes desde el año 6 d. de C., hasta la toma de Masada.

Como ya pudimos ver en la primera parte de esta obra, tal posibilidad no se puede mantener. La muerte de Judas el galileo significó el final de su movimiento (Hechos 5, 37) y no tenemos noticias de nada similar - con la excepción de la sublevación del "engañador egipcio" que, no obstante, no parece haber sido un zelote - hasta el año 66 d. de C. en el que, correctamente, Josefo habla de ellos. Intentar inter­pretar como zelotes a todos los bandoleros – calificados como tal por Josefo - que parecieron durante los sesenta años intermedios no resulta de recibo como ha demostrado recientemente un autor hispano (H. Guevara).

En cierta medida, y si se nos permite trazar el paralelo histórico salvando las distancias, con los zelotes sucedió algo similar al caso del sandinismo en Nicaragua. Surgió a principios de este siglo con Augusto Sandino pero desapareció con su muerte para no volver a emerger hasta los años 70. De ello, sin embargo, no se podría deducir una existencia ininterrumpida de sandinistas durante las décadas en que no se produjo tal fenómeno. Hoy por hoy, por lo tanto, no creemos que se pueda afirmar que existieran zelotes en el periodo que va de la muerte de Judas el galileo a los primeros años posteriores a la muerte de Jesús y, muy probablemente, al 66 d. de C.

La teología específica de los zelotes no parece haber sido distinta de la de los fariseos pero, a diferencia de éstos, ellos se manifestaron partidarios de iniciar una acción armada contra Roma que, pensaban, sería respaldada por Dios. Precisamente por ello, eran contrarios al pago del tributo al emperador y a los matrimonios mixtos. Su postura sólo se diferenciaba empero de la de otros judíos en su disposición a usar la violencia.

Parece también claro que a su uso de la fuerza armada ligaron aspectos típicos de la violencia revolucionaria como quemar los registros de propiedad, asesinar a miembros de la clase alta, etc.

Su postura llevó finalmente a la nación a la ruina (y, en este sentido, es comprensible la postura contraria que adopta Josefo), pero tanto la incapacidad de la clase gobernante judía como la rapacidad romana habían abierto las puertas a que sus posturas radicales (hoy quizá diríamos "fundamentalistas") fueran aceptadas por buena parte de la población.

Se ha relacionado el término "sicario" (el que lleva la "sica" o puñal) con los zelotes. La palabra, en su sentido estricto, parece haberse referido propia­mente a asesinos y extorsionadores no impulsados necesariamente por razones políticas. Seguramente eso explica que Josefo la refiera a los zelotes, sin duda, por su contenido denigratorio. De nuevo, la palabra no puede ser identificada, sin más, con los zelotes.



Artículos anteriores de esta serie:
Los escribas
Los fariseos (1)
Los fariseos (2)
Los fariseos (3)
Los saduceos
Los esenios
 

 


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