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Los esenios

El contexto religioso de los Evangelios (VI)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había r
LA VOZ AUTOR César Vidal Manzanares 16 DE DICIEMBRE DE 2005

En este capítulo nos acercaremos a primera de las diferentes escuelas religiosas (o sectas) judías para examinar lo que tenían de distintivo y en qué medida se podían relacionar con el movimiento originado en Jesús de Nazaret.

Así, tras haber comenzado por los escribas, fariseos y saduceos (que aparecen en las páginas del Nuevo Testamento) ahora trataremos a los esenios y la secta de Qumrán, para pasar luego a los zelotes y los apocalípticos, para concluir con una referencia a los judeo-cristianos.

LOS ESENIOS
Junto a los fariseos y los saduceos existió una secta en la Judea de la época que, aunque desprovista de la importancia de estas dos, presenta rasgos de cierto interés para la historia del periodo y del cristianismo primitivo. Me estoy refiriendo a los esenios.

Dónde pudo originarse el nombre es algo sometido todavía a controversia. Para algunos, el mismo no es sino la forma griega de "jasya" (piadoso, santo) mientras que otros lo han relacionado con "'asya" (sanador), lo que podría encajar con su identificación con los "Zerapeute" (sanadores), una comunidad de vida aislada a la que se refiere Filón (De vida contemplativa, 2 ss) como "adoradores" de Dios.

Las referencias que tenemos a los esenios aparecen en una pluralidad de fuentes.

Plinio
nos da noticia de ellos en su Historia Natural 5, 73 (escrita entre el 73 y el 79 d. de C.), al hacer referencia al Mar Muerto. De ellos nos dice que "En el lado oeste (del Mar Muerto)... viven los esenios... Viven sin mujeres (porque han renunciado a toda vida sexual), viven sin dinero, y sin ninguna compañía salvo la de las palme­ras".

El hecho de que Plinio parezca además situar en su pasaje Engadi al sur del enclave esenio ha llevado a algunos autores a identificar a éste con Jirbet Qumran, lo que tiene una enorme trascendencia.

Filón de Alejandría nos ha dejado dos relatos de los esenios. Uno de ellos, el más largo, se encuentra en su obra "Todo hombre bueno es libre", y el otro, más breve, forma parte de su apología en favor de los judíos denominada Hypothetica.

En su relato más largo, Filón calcula el número de los esenios en unos cuatro mil, y los describe habitando en aldeas donde obtienen el sustento de la agricultura y dedican gran parte de su tiempo a cuestiones religiosas como la interpretación de las Escrituras. Su propiedad era comunitaria. Se abstenían de los sacrificios de animales, de hacer juramentos, de realizar el servicio militar y de la actividad comercial. No poseían escla­vos, se ocupaban de aquellos de sus miembros que ya no podían trabajar a causa de la edad o la enfermedad, y cultivaban todo género de virtudes.

En su noticia más breve, Filón añade que sólo admitían adultos en su comunidad, y que practicaban el celibato ya que las esposas y los hijos distraen la atención del hombre.

Josefo se refiere a los esenios en Guerra 2, 119 ss; Ant 18, 18 ss; y Ant 13, 171 ss. Su retrato de los esenios es más detallado que el de Filón y además se centra en testimonios que, al menos en parte, debieron ser de primera mano, ya que en su Vida 10 ss, nos habla de que conoció a los esenios cuando era joven.

Según Josefo, los esenios vivían esparcidos por todas las ciudades de Palestina (incluso en Jerusalén) y practicaban la hospitalidad entre ellos. Cabe la posibilidad de que, quizá, en las ciudades vivieran en algún tipo de fraternidad.

Creían en la predestinación y en la inmortalidad del alma. Presentaban sus sacrificios en el Templo de Jerusalén pero de acuerdo a su propia normativa. Se dedicaban totalmente a la agricultura. Tenían todas las cosas en común. No se casaban (es interesante, no obstante, señalar que, según Josefo, existía también un grupo de esenios que sí permitían el matrimonio) ni tenían esclavos, y contaban con administradores que se ocupaban de controlar los productos del campo, así como con sacerdotes que supervisaban la preparación del pan y de otros alimentos.

Cualquiera que deseara entrar en el colectivo, debía pasar por un periodo de prueba de tres años. Al final del primero se admitía al novicio a la purificación ritual con agua, pero sólo al término del trienio podía tomar parte de la comida comunitaria, tras pronunciar un conjunto de juramentos solemnes relacionados con su nuevo estado.

La pena por infringir las normas del grupo era la excomunión que implicaba, en realidad, condenar a morir de hambre al penado por cuanto no podía comer alimentos no supervisados ni recibirlos de sus antiguos compañeros.

Josefo también nos relata lo que constituía la actividad cotidiana de este colectivo. Sus miembros se levantaban antes del amanecer y oraban en dirección a oriente (algo inusual en los judíos), sin poder pronunciar palabra antes de terminar las plegarias. Después, salvo los sábados, marchaban a trabajar hasta el mediodía aproximadamente. Entonces se reunían en el centro comunitario, se bañaban y entraban en el refectorio vestidos con sus hábitos de lino. La comida era precedida y concluida por una acción de gracias pronunciada por un sacerdote y el comportamiento de los asistentes (sólo los miembros de pleno derecho) estaba presidido la sobriedad. La secta contaba con cuatro rangos diferentes y sólo se podía hablar conforme a las normas relativas a los mismos. Tras la comida, los esenios abandonaban sus hábitos blancos, volvían a vestirse con sus ropas de trabajo y continuaban en sus labores hasta la tarde. Después se reunían para otra comida en la que sí podían estar presentes los visitantes y los extraños.

No usaban el aceite por considerarlo impuro (¿quizá porque lo consideraban un artículo de lujo?), evitaban los juramentos (salvo los pronunciados en su inicia­ción), y tenían fama de interpretar a los profetas, hacer predicciones acertadas y conocer las propiedades médicas de diversos productos.

Hipólito se refiere también a los esenios en el noveno libro de su obra Refutación de todas las herejías , escrita en los primeros años del s. III. Este autor coincide con Josefo en buen número de datos pero parece haber contado con una fuente independiente de información que le permite corregir y suplementar al autor judío. Según Hipólito, los esenios se habían dividido a lo largo de su historia en cuatro partidos diferentes, uno de los cuales era el de los zelotes o sicarios. Como veremos en el próximo apartado, esta afirmación resulta discutible pero no puede negarse el que algunos esenios optaran por una postura tan opuesta a los no judíos que algunos los confundieran con los zelotes. Por otro lado, sabemos que hubo un rebelde judío en la guerra contra Roma llamado Juan, cuyo origen era zelote (Refutación 9, 21).

Los zelotes no utilizaban monedas con la efigie del emperador o de ningún otro hombre, porque consideraban que el mismo acto de ver una cosa semejante era una forma de idolatría. Sabemos por el Talmud de Jerusalén (Abodah Zarah 3, 1) que Nahum de Tiberiades, que no era zelote sino fariseo, jamás miró en su vida la imagen de una moneda, pero en la literatura rabínica tal caso es excepcional, mientras que entre los esenios parece haber sido la regla.

Resulta también interesante señalar que Hipólito afirma que los esenios creían en la resurrección además de en la inmortalidad del alma (Josefo no nos ha transmitido el primer dato).

La existencia de los esenios como colectivo no parece que pueda situarse más atrás de mediados del s. II a. de C. No hay referencias a los mismos en el Nuevo Testamento y no parece que tuvieran el más mínimo contacto con Jesús. De haber sido así, como aconteció con los fariseos, las relaciones no hubieran sido cordiales dada la enorme diferencia de perspectivas existentes entre ambos. Jesús no sólo distó de ser un asceta (de hecho, se le acusó de glotón y borracho) sino que además no parece haber tenido el más mínimo interés por recluirse en una comunidad concreta o conceder importancia al sacerdocio.

Cuestión muy debatida en las últimas décadas es la de si puede identificarse a la comunidad de Qumrán con los esenios. Analizaremos ese aspecto, pero antes tenemos que ocuparnos de otro colectivo de enorme trascendencia en los años inmediatamente anteriores a la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70 d. de C. Me estoy refiriendo a los zelotes, que estudiaremos en el próximo artículo de esta serie sobre “El contexto religioso de los Evangelios”, ya en enero del nuevo año 2006.



Artículos anteriores de esta serie:
Los escribas
Los fariseos (1)
Los fariseos (2)
Los fariseos (3)
Los saduceos
 

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