El contexto religioso de los Evangelios (V)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había re"/> El contexto religioso de los Evangelios (V)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había re"/> El contexto religioso de los Evangelios (V)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había re"/> El contexto religioso de los Evangelios (V)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había re"/>
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Los saduceos

El contexto religioso de los Evangelios (V)

Acostumbrado a las definiciones dogmáticas que caracterizan a las religiones que conoce, más o menos superficialmente, el hombre de nuestro tiempo difícilmente puede hacerse una idea de la enorme flexibilidad doctrinal que caracterizaba al judaísmo que antecedió la época de Jesús y que existió, al menos, hasta la destrucción del Templo en el año 70 d. de C. Salvo la creencia en un Dios único que se había re
LA VOZ AUTOR César Vidal Manzanares 09 DE DICIEMBRE DE 2005

Tras escribas, fariseos y saduceos (que aparecen en las páginas del Nuevo Testamento) en los siguientes capítulos haremos mención de los esenios y la secta de Qumrán, los zelotes y los apocalípticos, para concluir con una referencia a los judeo-cristianos.

Al igual que sucede con los fariseos, contamos con noticias relativas a esta secta procedentes de los escritos de Josefo, de los neotestamentarios y de los rabínicos. Sin embargo, los datos con que contamos resultan mucho más limitados.

LOS SADUCEOS EN TEXTOS EXTRABÍBLICOS
Josefo los menciona, por primera vez, junto a los fariseos, en un pasaje al que ya hemos hecho referencia relacionado con Juan Hircano (Ant 13, 10, 5-6). Según el historiador judío, Juan Hircano había sido originalmente simpatizante de los fariseos pero los saduceos consiguieron convertirse en asesores suyos y que se enfrentara con aquellos.

Aparte de este pasaje, Josefo recoge en sus obras cuatro descripciones breves de los saduceos:
• "El partido saduceo... sostiene que sólo aquellas regulaciones que están escritas deberían ser considera­das como válidas, y que aquellas que han sido transmiti­das por las anteriores generaciones no tienen que ser observadas. Respecto a estos asuntos, los dos partidos (fariseos y saduceos) tienen controversias y serias diferencias, contando los saduceos con la confianza de los poderosos sólo pero sin que los siga el pueblo, mientras que los fariseos cuentan con el apoyo de las masas" (Ant 13, 10, 6).
• "Los saduceos sostienen que el alma perece junto con el cuerpo. No observan nada salvo las leyes y, de hecho, consideran como virtud el discutir con los maestros del camino de sabiduría que siguen. Son pocos los hombres a los que se ha dado a conocer esta doctri­na, pero los mismos pertenecen a una posición elevada." (Ant 18, 1, 4).
• "Los saduceos, el segundo de los partidos, también rechazan el destino y apartan de Dios no sólo la comisión, sino la misma visión del mal. Mantienen que el hombre cuenta con una voluntad libre para elegir entre el bien y el mal, y que depende de la voluntad del hombre si sigue uno u otro. En cuanto a la persistencia del alma después de la muerte, las penas en el infierno, y las recompensas, no creen en ninguna de estas cosas... Los saduceos,..., son, incluso entre si mismos, bastante ásperos en su comportamiento y, en su conducta con sus iguales son tan distantes como en la que observan con los extraños." (Guerra 2, 8, 14).
• "Pero los saduceos niegan el destino, sosteniendo que no existe tal cosa y que las acciones humanas no se realizan de acuerdo a su decreto, sino que todas las cosas están en nuestro poder, de manera que nosotros mismos somos responsables de nuestro bienestar, mientras que si sufrimos la desgracia, ésta se debe a nuestra propia falta de razón." (Ant, 13, 5, 9).


De los detalles suministrados por Flavio Josefo pueden deducirse las siguientes características relacionadas con este grupo:
1. Sólo creían en la Ley de Moisés como Escritura canónica.
2. Rechazaban las tradiciones humanas como vinculantes y, especialmente, las de los fariseos.
3. No creían en la inmortalidad del alma, ni en la resurrección ni en el infierno.
4. Sostenían la existencia de un libre albedrío y de una responsabilidad del hombre por lo que le aconteciera.
5. Estaban constituidos fundamentalmente por gente de clase alta, lo que eliminaba considerablemente la solidaridad entre ellos.

En cuanto a la literatura rabínica es muy parca en sus descripciones de los saduceos. Siempre aparecen opuestos a los fariseos en cuestiones relacionadas con regulaciones de pureza y, por supuesto, son presentados de manera negativa, pero poco obtenemos sobre su historia.

Los saduceos existieron como grupo organizado hasta algun tiempo después de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70 d. de C. Tras este desastre, se vieron desplazados de la vida espiritual por los fariseos y debieron desaparecer como colectivo quizá antes del final del s. I d. de C.

LOS SADUCEOS EN EL NUEVO TESTAMENTO
El Nuevo Testamento confirma el retrato de los saduceos que nos ha llegado a través de Josefo. En Hechos 23, 6-8, se dice expresamente que "los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; mientras que los fariseos creen en la existencia de estos tres".

Tanto en el Evangelio de Marcos como en el de Lucas, la única vez que aparecen los saduceos con una posición teológica concreta es para enfrentarse con Jesús porque él sí creía en la resurrección (Marcos 12, 18; Lucas 20, 27).

El libro de los Hechos nos ha transmitido asimismo la noticia de cómo los saduceos mantenían una fuerte relación con el control del Templo (4, 1; 5, 17). Muy posiblemente, no todos eran sacerdotes pero sí habían sometido a su voluntad el sistema sacerdotal

Esta vinculación de los saduceos con la vida del Templo así como su pertenencia a la clase alta explica con facilidad su actitud hacia Jesús y sus seguidores. El primero no sólo se diferenciaba de ellos en creencias como las de la inmortalidad del alma, la resurrección o el infierno, sino que además disminuía el papel espiritual del Templo en la vida de Israel. Al igual que otros judíos de la época, Jesús previó que el Templo terminaría siendo arrasado (Lucas 13, 34-5, Marcos 13, Mateo 24, Lucas 21) pero vinculó tal catástrofe al hecho de que sus compatriotas lo habían rechazado. Al ser el Templo una de las claves del poder saduceo, seguramente la más importante, Jesús no podía ser visto con buenos ojos.

Pero además, el movimiento de Jesús parecía estar hallando eco en una zona como Galilea, preñada de una historia de revueltas. ¿Quién podía saber exactamente lo que pretendía? ¿Acaso no podía levantar aquello las sospechas del ocupante romano hasta el punto de llevarle a intervenir en un conflicto donde no sólo se corría el riesgo de que fuera destruido el Templo sino de que también quedara arruinado el "status" de los saduceos?

Prescindiendo de lo que pensara o no Jesús, constituía una amenaza en potencia que había que yugular cuanto antes. La iniciativa de tal medida en las altas esferas contó con un respaldo innegable (quizá decisivo) de los saduceos.

El Evangelio de Juan recoge un testimonio que refleja, sin duda, una situación real:
"Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: `¿Qué vamos a hacer? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; Y VENDRAN LOS ROMANOS, Y DESTRUIRAN NUESTRO LUGAR SANTO Y NUESTRA NACION'. Entonces Caifás, uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: `Vosotros no sabeis nada; ni pensais que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca'". (Juan 11, 47-50) (Las mayúsculas son nuestras).

El hecho de que Jesús procediera además a crear un alboroto en el Templo volcando las mesas de los cambistas (Juan 2, 13 ss; Mateo 21, 12 ss y par.) sólo sirvió para precipitar lo inevitable de su muerte.




Artículos anteriores de esta serie:
Los escribas
Los fariseos (1)
Los fariseos (2)
Los fariseos (3)
 

 


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