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    Congregaciones tras la Revolución 1868
     

    Palomares, médico del alma y del cuerpo

    Palomares se hizo un experto en la enfermedad de la tos-ferina, logrando una receta que aliviaba y curaba, siendo reconocida en España y que en Sevilla llamaban el “jarabe protestante”.
    ORBAYU AUTOR Manuel de León 19 DE MARZO DE 2014

    Iglesia San Basilio.


    Con parecido título Serrano en su obra tantas veces citada “Contra vientos y mareas” nos detalla toda la peripecia de Palomares para ser médico, viendo la necesidad de crear un hospital para evangélicos. Evangelizador y pedagogo, Palomares quiso ampliar su actividad social hacia los necesitados matriculándose en la Universidad de Sevilla en 1875 para estudiar medicina. Las penurias que pasó entre los estudiantes no fueron menores cuando la gente se apartaba de él como de un apestado. Pero en junio de 1882 acabó la carrera, cuando contaba con 47 y el mismo Palomares se gloriaba de ser el primer protestante que había logrado un título universitario en España, aun cuando algunos de sus profesores le desfavorecían al ser conocidos ultramontanos de la Escuela de Medicina de Sevilla. Las anécdotas que relata Serrano son todas muy sustanciosas como aquella en que un profesor en clase dijo a sus estudiantes: No digo que ustedes crean esto o aquella; aunque yo conozco a alguien que ni siquiera cree en el Papa”. Cabrera que era obispo electo el 2 de julio de 1882 y siempre habían sido buenos amigos, le escribió a Palomares sobre el dinero que necesitaba para sacar el título y la fecha, pues aunque la economía no estaba boyante haría un llamamiento para el ansiado título fuese ejercido.

    Palomares se hizo un experto en la enfermedad de la tos-ferina, logrando una receta que aliviaba y curaba, siendo reconocida en España y que en Sevilla, como ya hemos mencionado al principio llamaban el “jarabe protestante”. Llama la atención que encima de las indicaciones para ser tomado el específico, aparecía la firma de Palomares. Era tal el éxito que dice: “Aquí en esta gran ciudad de Sevilla, sin ningún aviso de mi nombre en la puerta, esta casa es universalmente conocida. Gentes de Sevilla y de las ciudades cercanas, vienen para obtener el “jarabe de los protestantes” con el que se cura la tos ferina. Y aún desde lugares distante muchos kilómetros yo he recibido peticiones para que les enviara un específico”. Estas peticiones de su jarabe era cobradas a precios de costo, cuando mandaba los envíos fuera donde les incluía una porción de la Escritura o algún tratado. Con mucha sorna andaluza, ante las acusaciones del arzobispo que le acusaba de propaganda, Palomares escribía: “Yo lo que puedo decir es que los que se reparten es por los mismos católicos romanos que vienen sin llamarlos para que les de medicinas y tengo que envolverlas, por no comprar papel para ello, en tratados con los sellos de la iglesia y horas de culto; porque la medicina la doy al costo y otras muchas por caridad. Verdad es que casi toda Sevilla viene y entra por la puerta de la iglesia y no se las puedo negar. No obstante, y a pesar de estos medios tan simpáticos, hay momentos de desmayo al ver el pueblo que es amigo y que, aborreciendo el romanismo, no acaba de inclinarse a la verdad de Cristo”.

    Sin embargo, aunque el éxito como médico fue indiscutible, su deseo y su sueño de tener un hospital aunque fuese pequeño, no logro cumplirse. Soñaba en una casa de socorro cuando los fondos recibidos fuesen suficientes. Pensaba en un antiguo edificio que había sido de la Inquisición, cercano a las congregaciones, para poner allí un dispensario. Pretendía que el mismo edificio que fue tormentos hasta la muerte de los antiguos protestantes, fuese ahora una casa de misericordia y amor.

    En las insurrecciones republicanas de 1873, -dice Noyes- la Iglesia de San Basilio fue utilizada como refugio durante los bombardeos de la ciudad. El pastor, el señor Palomares, describe así la escena sorprendente: - "Hemos pasado tres días de mayor angustia que nunca al haber tenido la experiencia de una barricada erigida en la plaza de la puerta de la iglesia de San Basilio y un cañón colocado por voluntarios en la puerta del aula. Al ver estos preparativos, donde se había izado en la iglesia la bandera inglesa y la de la Cruz Roja como hospital, invité a los vecinos sin distinción de religión o partido político a que contribuyeran con vendas, medicinas, y otros artículos necesarios para los heridos. Así lo hicieron de muy buena gana. Se formó un comité para que me ayudara en la traspaso de los heridos no sólo para nuestro propio hospital, sino también a los que se encontraban en las inmediaciones de la lucha. "Todo esto se hizo con gran riesgo para nuestras vidas, pero nuestro Señor Jesucristo estaba con nosotros en todas las ocasiones. Al mismo tiempo, me ocupé en reunir bajo el techo de San Basilio a las mujeres y los niños y los enfermos y ancianos. Esto significa, que se ofreció consuelo y refugio a más de 1.500 personas durante los tres días de peligro, que nos dejó con expresiones de gratitud. "Fue una experiencia terrible, pero salimos bien de ello, porque muchos empezaron a mirar más favorablemente a los protestantes, que mostraron estos actos de bondad para con todos, tratando sin distinción durante ese tiempo de 1873.

    EL MUSEO DE LA INQUISICIÓN DE PALOMARES

    En España hay algún museo de la Inquisición como el de Santillana del Mar, aunque no sea el mejor recuerdo que los españoles quieran guardar en su memoria histórica. Francisco Palomares logró reunir el único Museo de la Inquisicióni de entonces, llegando a poseer una importantísima colección de documentos, útiles, sellos, testimonios, cuadros, preseas y otras pertenencias del Santo Oficio. Serrano cree que su afición al macabro coleccionismo, no fue solo por la persecución o opresión que fueron sometidos los creyentes del XVI, sino porque en su iglesia, bajo sus pies estaban enterrados unos inquisidores bajo una lápida de mármol.

    Palomares en “La Luz” describía su Museo diciendo: “La antigua iglesia de San Basilio tenía una gran sacristía formada por una bóveda y diferentes arcos. Todavía se ve en ella una gran concha de mármol embutida en la pared, donde se lavarían los frailes las manos antes de celebrar la misa. Hoy tengo convertida la sacristía en un verdadero museo de la Inquisición. En él poseo, procedente de la biblioteca del convento, una Biblia, un libro de coro con preciosas miniaturas en colores y un grabado de un túmulo que levantaron en el centro de esta iglesia en los funerales del rev. P.M. Dr. Eugenio González Moreno, definidor provincial. Conservo también en este pequeño museo varios retratos auténticos de los inquisidores y de algunos de ellos la historia del santo oficio que ejercían; un estandarte del siglo XVII, que debía de usarse en los autos de fe; una espada, que debió ser de un gran inquisidor; uno de sus tinteros; un reloj de pared; una insignia de hierro, que sería llevada en las procesiones; dos veneras; un sello; cuatro libros de rezos; platos particulares y otros objetos, todo ello con las armas de la Inquisición. También figuran en la colección: bastantes libros impresos, de uno de los cuales solo existen dos copias más, una en Berlín y la otra en el Museo Británico de Londres; muchos manuscritos referentes a los autos de fe celebrados desde 1483 hasta 1819; un manuscrito que es el inventario que en 1810 hicieron los franceses de todo lo que encontraron del santo Oficio; el documento restaurando la Inquisición en 1814, en cuyo tiempo se ponían los caballeros adictos a ella una cinta de seda blanca, con una inscripción bordada en oro: Religión y Rey, esta es mi ley. De estas cintas, que los caballeros se ponían en el sombrero y las señoras en el hombro, poseo un ejemplar, que lleva en el centro el retrato de Fernando VII, en un extremo las armas de la Inquisición y en el otro las de España”.

    En otro manuscrito del pastor Enrique Calamita Vidal, yerno suyo, hacía una relación de los cuadros de los inquisidores titulado “Retratos de inquisidores y otras pinturas referentes a la Inquisición”. Aparece con el número 10 del año 1522 la abjuración, retractación y declaración de las proposiciones del doctor Egidio, copia antigua en 7 hojas de papel. También con el número 12 del año 1560 Breve noticia del auto de fe en que fueron quemados, entre otras las estatuas del Dr. Juan Gil (Egidio) y Constantino Ponce de la Fuente el 22 de diciembre de 1560 (Copia de 1804). En el número 16 de 1576 aparece la sentencia pronunciada en Roma contra Fray Bartolomé de Carranza, Arzobispo de Toledo y su causa de prisión, sentencia y muerte de dicho primado de España.

    En el diario de Sevilla “El Liberal” transcurridos unos años de la muerte de Palomares, se hacía una crónica de este museo. Decía el articulista: “Por nuestras manos han pasado interesantísimos y valiosos documentos del siglo XVI y XVII… pergaminos, joyas, preseas, armas y luego nuestros ojos han visto una colección de cuadros de figuras que en aquellos lejanos días tuvieron resonante celebridad.” El entusiasmado escritor amenazaba, visto el filón informativo, con ofrecer a sus lectores el relato de todo lo que había visto en este museo, como el asesinato del provincial de la Orden de San Agustín en 1535, la muerte violenta del prior de la Cartuja, autos de fe y otras causas del Santo Oficio. Y terminaba: “y de esta suerte brindaremos a nuestros lectores lo más sugestivo del archivo de los herederos de aquel gran médico cuyo nombre se recuerda con tanta devoción entre muchas familias humildes sevillanas y que se llamó Francisco Palomares”.

    La desaparición de dicho museo, por muchos años en manos de los herederos de Palomares, amontonados, sin espacio y de cualquier modo, conserva un cierto misterio al considerarlo algunos en una galería londinense por una posible venta y otros que se fueron deshaciendo de ellos después de la Guerra Civil española para no comprometer a la familia con tan atípicos documentos. En tiempos de Palomares el museo fue un motivo turístico pero también de testimonio pues tenían que pasar por la iglesia los visitantes y era motivo de explicación de la obra misionera, educacional y social de aquel templo. En un estudio de la profesora Doris Morenoii se cita a Palomares entre los que intercambiaron correspondencia con el autor de la voluminosa obra sobre la Inquisición, (A History of the Inquisition of Spain) de Henry Charles Lea. El pastor evangélico sevillano era también un especialista en documentos y objetos sobre Inquisición.

    APRECIACIONES SOBRE LA OBRA DE PALOMARES

    La necesidad de pastores en toda España después de la Revolución de 1868 se hizo patente, muy especialmente en los pueblos, siendo solicitados desde diferentes lugares para la administración de la Palabra. Fue el caso de la iglesia de Osuna, que se había formado por dos mujeres que habían conocido el Evangelio en San Basilio por la predicación de Palomares. Una de ellas, Juana Lobo Fernández fue la iniciadora de unas reuniones religiosas que sabiendo de un joven hebreo convertido y miembro de San Basilio, Marcos Botbol, natural de Túnez, que distribuía folletos por Osuna, lo invitó a que les diese una conferencia. Botbol así lo hizo, aunque no estaba acostumbrado a hablar en público. En la reunión había unas 80 personas que escucharon la lectura y un comentario de la Biblia y a los que le prometió la visita de Palomares. Este pudo comprobar la versión de Botbol cuando dos mujeres de Osuna pasaron por Sevilla y le contaron la realidad de su pequeña congregación y pensó visitarlas. Pensando repartir tratados, le confesó a su amigo y hermano Sr. Caldwell, el cual se le unió a la expedición.

    Relata Palomares que ya en la estación de salida habían encontrado a dos guardias civiles que regresaban a Osuna y una de ellos había sido alumno de las escuelas y el otro había visitado San Basilio en varias ocasiones. También encontró a dos señores, uno hijo de un miembro de la iglesia y otro que había asistido a la misión en la C/ Zaragoza y a las dos mujeres iniciadores de la obra. Convinieron en celebrar una reunión por la noche y dice Palomares que le sorprendió que ya se habían procurado “dos Biblias, una grande y otra pequeña, una Liturgia de nuestra iglesia y dos Himnarios” y habían esperado su visita desde que Botbol les predicara. Palomares sintió la necesidad de predicar en los pueblos cercanos como Marchena, Paradas, Arahal y Morón, pues la visita a Osuna le hacía concebir grandes esperanzas. Al frente de estas reuniones informales estaba Juana Lobo Fernández, mujer de trato afable y pronta disposición a invitar a otros a las reuniones, demostró también una gran actividad en la distribución de biblias y tratados, manteniéndose firme en la fe.

    Este movimiento evangélico en Osuna, promovido por estas mujeres Juana Lobo y Manuela Delgado, Palomares y colportores como el judío Botbol y el Sr. Cortés, activarían la atención de la iglesia católica romana que mandó un misionero. Enseguida y en colaboración con una marquesa, este envió un mensaje a Juana para que fuese a verlo, a lo cual Juana se negó alegando que ya que deseo partía de ellos, ellos fuesen los que la visitasen. Palomares visitó Osuna durante doce años hasta lograr ver abierta una iglesia, después de haber predicado en numerosas casas. Conseguidos los fondos para el salario de un pastor, en 1898 se arrendaría una casa y se establecería como ministro de la iglesia Reformada al Rev. José Joaquín Rial, que había sido ministro en Monistrol de Montserrat, que estaba por este tiempo en Sevilla de maestro dependiendo de la Ascensión.

    Esta nueva situación produjo una persecución mayor que la existente hasta entonces y los ataques fueron para eliminar la iglesia. Los puestos de trabajo de los miembros fueron quitados por ser miembros de la Iglesia Reformada, se les amenazó des los pulpitos y una turba inmensa de jóvenes de la nobleza quería arrastrar por las calles al pastor. El pastor se salvó gracias a un guardia que dominó el tumulto y disuadió a los beatos. Sin embargo el pueblo seguía agitado por las predicaciones del cura que decía “vale más que un hombre muera que no toda la nación perezca”. También decía el pastor Rial: “Se ha excitado el celo de las autoridades para que no consientan nuestras reuniones evangélicas y se han profetizado grandes calamidades que sobrevendrán a esta villa si no se extirpa a tiempo la semilla impía e irreligiosa que yo cultivo aquí. De aquí que la mitad de la población está en cantra mía y dicen que yo soy malo; la otra mitad está a i favor y dice que soy bueno”.

    El trabajo de Rial se prolongó por cinco años hasta el día de su muerte el 22 de enero de 1903. Al ser anunciada su muerte a Palomares, cogería el tren para Osuna, llegando al día siguiente a la una y media de la tarde. Palomares hizo las gestiones para el entierro del primer protestante en aquella villa y primero en el cementerio civil. No encontró las dificultades clásicas por parte del Ayuntamiento y citó el entierro para las diez de la mañana por lo que los miembros de la congregación tuvieron tiempo de velar el cadáver por la tarde y la noche. A las diez la iglesia y la casa estaba llena de gente, pero la comitiva hacia el cementerio fue de miles de personas, por lo que tuvieron mucho trabajo los municipales para ordenar el tráfico de tanta gente.

    Otro aspecto menos conocido de Palomares es su adscripción a la masonería, de la que Serrano no menciona, pero que perteneció por lo menos treinta años. En Sevilla había dos logias dirigidas por protestantes pertenecientes en su mayoría a los miembros de las dos congregaciones de la Santísima Trinidad y San Basilio. La de la Santísima Trinidad había pasado por varios dirigentes: Juan Bautista Cabrera que ejerció desde 1868 a 1874, Manrique Alonso Lallave de 1874 a 1877. Miguel Barroso de 1877 a 1894 y Emilio Carreño del Toro de 1894 hasta 1921. Serían masones al menos tres de ellos y en los años de 1930 Eliseo Mariblanca García, maestro de escuela protestante legaría a ser miembro del cuadro dirigente del Gran Oriente de España como también lo fue Juan Bautista Cabrera. Este lo cita Bastián como perteneciente a la logia Mantuana N°.1 (GONE), Knox, Madrid, Iniciado en 1888, Orador, Venerable, Gr. 33. Manrique Alonso Lallave, P, IEE, Numancia N°. 16 (GOL), Sevilla, 1886, Maestro fundador y en Numantina N°. 67 (GLSE), Sevilla, Maestro fundador. Emilio Carreño Del Toro, P, IEE, Espíritu Práctico N°. 345 (GONE), Sevilla.

    En el templo de San Basilio habían predicado José Aguilera y Francisco Palomares desde 1870 hasta 1990. Juan Cañellas hasta 1883 y por 1933 Santos Molina. Aparece Palomares como pastor de la IERE, logia Numantina N°. 61, con el nombre de Galileo, Sevilla, 1878, secretario. Desconocemos la influencia que la pertenencia a estas logias podía tener socialmente y en la propagación del Evangelio. Cita Patrocinio Ríos el caso de Cabrera y Sagasta que asistió a la ordenación del obispo Cabrera porque este lo introdujera en el Gran Oriente Dice la nota de Patrocinio Ríos: “En el número correspondiente al 4 de diciembre de 1894, El Siglo Futuro reproduce un artículo titulado "Historia masónica del seudo Obispo ex-padre Cabrera", tomándolo de La Semana Católica. Va en primera página y no lleva firma. El hecho de reproducirlo hace suponer que participaba de la explicación dada por el autor, según la cual la conducta seguida por el Gobierno al conceder finalmente el permiso de apertura se debe al parentesco masónico de Cabrera y Sagasta. Según el artículo. Cabrera contribuyó a que Sagasta llegase a ser Comendador y Gran Maestre del Gran Oriente de España. Es sabido que Cabrera llegó a alcanzar el grado 33, último y máximo de la masonería.

    ****

    i Contra vientos y mareas: los sueños de una iglesia reformada hechos realidad Volumen 2 de Colección historia de la iglesia: Iglesia contemporánea. Autor Francisco Serrano Álvarez.Editorial Clie, 2000

    ii Henry Charles Lea y su red de colaboradores Latinoamericanos: razones para estudiar el santo oficio en la segunda mitad del siglo XIX. Doris Moreno. Revista Astrolabio 11 (2013); Doris Moreno. (2012). “El primer museo de la Inquisición”. Andalucía en la Historia
     

     


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